Reflexiones sobre el siglo XX:
el estudio de los “Otros” y
de nosotros como etnomusicólogos (1)
Bruno Nettl
Universidad de Illinois at Urbana-Champaign
I.- ANTECEDENTES
¿Qué puede aportar la etnomusicología?
Al autodefinirse, los estudiosos de la materia conocida como etnomusicología
se han esforzado en establecer su campo de acción por referencia a los “otros”.
En “Die Probleme der vergleichenden Musikwissenschaft ” (“Los problemas
de la musicología comparada”) (2),
uno de los primeros artículos en el que establecieron sus métodos,
Erich M. von Hornbostel comenzaba de este modo: “Una nueva área especializada
de estudio afronta la necesidad de justificar su existencia”, y a pesar de
afirmar que sus problemas “incidirán directamente en las cuestiones
más generales, es decir, en el origen y crecimiento de la música,
y en la naturaleza de la belleza musical”, los métodos que establece
se mantienen explícitamente al margen del estudio de la música
culta occidental y popular. En 1930, Curt Sachs subtituló una de las
primeras introducciones Musik der Fremdkulturen (3),
la música “foránea”, o de los “otros”. Robert Lachmann (4) incidió en
la necesidad de tener una metodología especial para la transmisión
oral, trasladando el acento de lo universal a “lo otro”, pero en torno a la
década de los 50, la literatura insiste en el estudio del “otro" sin
más motivo que porque es de afuera. Así, Jaap Kunst declaraba
enfáticamente en 1959 que la etnomusicología es el estudio de
toda la música tradicional del mundo, incluyendo “la aculturación
musical, la influencia hibridadora”, pero “ni la música occidental ni
la popular pertenecen a tal categoría” (5).
De hecho, la etnomusicología continúa siendo fundamentalmente
el estudio del “otro” musical. Pero ahora no es tanto por la “ otredad ” de
las culturas que estudiamos sino por el hecho de que el investigador es un outsider respecto
a éstas. La literatura más reciente generada por los etnomusicólogos
de las naciones occidentales contempla el resto del mundo a partir de un examen
de la propia posición del investigador, tratando de explicar su alteridad.
La relación entre outsider e insider ha pasado de
ser una cuestión intercultural a otra de índole intracultural,
y así las cuestiones de diferencia -de género, de orientación
sexual, de desviación social, y todas las demás disparidades
respecto de cierta corriente oficial-, han encontrado también su lugar
en los estudios etnomusicológicos. Significativamente, el estudio de
la música culta occidental o clásica se ha convertido en una
de las parcelas de este campo.
Naturalmente, de toda la música del mundo, la música culta occidental
es con diferencia la más estudiada; en particular, por los musicólogos
que se autodenominan historiadores de la música, pero también
por teóricos y analistas, estetas, filósofos, psicólogos,
educadores y críticos. Entonces, ¿qué puede aportar la
etnomusicología a esta gran masa de datos e interpretaciones? Claramente,
la observación de la música occidental desde las perspectivas
que le son propias. Para identificarlas podría aventurarme en una discusión
acerca de las definiciones de etnomusicología, pero permítanme
cortocircuitar esta amenaza de pedantería remitiéndome al extenso
compendio de Alan Merriam del año 1977 (6) y
presentando una doble definición que utilizo cuando cuento a un lego
lo que es mi profesión: el estudio de toda la música del mundo
desde una perspectiva comparativa, y el estudio de todo tipo de música
desde una perspectiva antropológica. Nuestro problema aquí es
definir la “perspectiva antropológica”, para lo cual pienso que, a pesar
de los ataques a los que se halla sometido, el concepto de cultura sigue siendo
esencial. Cultura, en el sentido de Tylor (7),
entendida como los valores centrales y principios rectores de la vida en una
sociedad, así como el modo en que una sociedad se interpreta a sí misma
y a su mundo. Antropología es el estudio de los humanos, particularmente
a través de su cultura; y el estudio antropológico de la música
pone en relación el dominio de la música con los otros dominios
culturales, observando cómo los refuerza, los refleja, o incluso los
contradice.
Ciertamente esta aproximación no resulta ajena a los historiadores
tradicionales, pero si los etnomusicólogos -los antropólogos
de la música- la pueden reivindicar como contribución suya, se
debe al grado de inclusividad de su perspectiva, abarcando todos los dominios
de la cultura y todas las sociedades del mundo. La mayoría de los antropólogos
se consideran outsiders de la sociedad que estudian, e incluso cuando
se declaran insiders , inevitablemente conservan algún grado
de forastería, sencillamente porque ningún insider se
dedica al tipo de trabajo que ellos realizan. Así, los antropólogos
europeos que estudian aspectos de la cultura occidental son inevitablemente outsiders ,
y se hallan a sus anchas cuando emplean los mismos métodos desarrollados
al tratar de entender las culturas ajenas a las suyas propias.
El estudio de la música culta occidental por los etnomusicólogos
puede entonces caracterizarse por el hecho de que, aunque estudiemos nuestra
propia cultura, tratamos de hacerlo como outsiders . Cuando me embarqué en
un estudio de mi propia cultura musical -más concretamente, las escuelas
universitarias de música del Midwest norteamericano- lo hice
con la motivación de hacerme sobre mi propia cultura el mismo tipo de
preguntas que había hecho cuando trataba de comprender otras. Simulamos
ser outsiders (8).
Pero hay también otro aspecto en el que la relación insider/outsider juega
un papel en el estudio etnomusicológico de la “propia” música:
la misma etnomusicología ha sido -o más importante, se ha visto
a sí misma- como una especie de outsider entre las disciplinas
humanísticas. Formulado más radicalmente, es una disciplina consagrada
a la música -en muchos sentidos la "desviada" de entre las
artes de la cultura occidental- que algunas personas asocian además
con los desviados de la sociedad; a menudo se centra también en aquella
música que más se desvía de las normas y perspectivas
culturalmente dominantes. De ahí que, para los etnomusicólogos,
el estudio de la música culta de Occidente sea un acto de invitación
a la revolución, de igual forma que la etnomusicología como un
todo representa un aspecto revolucionario de la cultura musical occidental.
Tradiciones de estudio
Una buena parte de los que se hacen llamar etnomusicólogos proviene
del campo de la antropología, y son ellos fundamentalmente los que han
dado a esta ciencia ese carácter de estudio de lo de “afuera”, o de
estudio desde el punto de vista de un outsider cultural o disciplinario.
Pero ¿qué hay del papel de la música en el pensamiento
de aquellos antropólogos no especializados en música pero que
desean presentar la interrelación entre los dominios de la cultura,
incluida la música, dentro de “ese todo complejo”? Al enfrentarse a
la música, muchos de ellos se olvidan de la visión del "otro" para
adoptar la típica visión del músico clásico de
occidente, según la cual uno no puede ni siquiera hablar de música
si no está al corriente de determinados conceptos y vocabulario, y tal
vez sintiendo también que la observación de cualquier música,
incluida la propia, proporciona ya de por sí suficiente “otredad”. En
todo caso, si revisamos los libros de texto académicos escritos como
introducción a la antropología para estudiantes norteamericanos,
veremos que se presta muy poca atención a la música -mucha más
a las artes visuales y verbales-, y allí donde se menciona la música,
las muestras suelen proceder de la música culta occidental o del jazz (9).
El presente ensayo atiende a la música clásica occidental desde
la perspectiva de la antropología, pero por supuesto, otras tradiciones
académicas o ciencias sociales han mostrado el camino y proporcionado
influencias significativas. Les recuerdo algunas figuras relevantes: Theodor
W. Adorno, Pierre Bourdieu, Kurt Blaukopf, Elias Canetti, Jacques Attali (10).
Una corriente europea de estudios, etiquetada como sociológica en
un sentido amplio, atendió a la incidencia de la cultura musical cultivada
en la sociedad occidental contemporánea bastante antes de que los etnomusicólogos
entraran en escena. La diferencia entre estos etnomusicólogos y los
teóricos sociales europeos del citado grupo es que la investigación
de los primeros se halla informada por el estudio de lo “foráneo” -típicamente,
de las culturas y sistemas musicales no occidentales-, y por tanto por las
cuestiones fundamentales propias de nuestra disciplina.
El campo de una actividad académica como la etnomusicología
se define por las cuestiones fundamentales que ésta explora y trata
de resolver. ¿Cómo han formulado los etnomusicólogos tales
cuestiones en sus manuales y en su literatura? En 1905, Hornbostel mencionaba
el “origen y desarrollo de la música” (11).
No creo que Alan P. Merriam tratara nunca de resumir la acotación del
campo de estudio en un único aspecto, pero sin duda pensaba en ello
como el estudio de la música en la cultura (posteriormente estudio de
la música “como cultura”), entendiendo "cultura" al modo Tyloriano
-en otros términos: entender la música en sus interrelaciones
con otros dominios de la vida social. Efectivamente, Merriam nos proporcionó,
a modo de guía, un modelo en tres partes -ideas, comportamiento, sonido-
todas ellas interrelacionadas entre sí (12).
Esta formulación sugiere los dominios básicos de la música,
y también su interrelación como un aspecto fundamental. De hecho,
recuerdo una conversación en la que formulaba explícitamente
que las “relaciones entre dominios” son lo central de cualquier antropología.
Yo traté de identificar cuál era para mí la pregunta central
en nuestro campo, llegando a la siguiente: “¿qué es lo que determina
el estilo musical que una sociedad escoge como propio?” Ésta fue la
primera cuestión que se me presentó cuando era estudiante; estaba
fascinado por la inmensa diversidad de músicas del mundo -me preocupaban
poco los “universales”- y pensaba que nuestro trabajo era explicarlas todas.
Esta cuestión también parece estar en la base del estudio de
Alan Lomax denominado cantometrics , de modo que Lomax nos brindó una
respuesta provisional al problema que es bien conocida: “el estilo de canto
preferido por una cultura refleja y refuerza aquel tipo de comportamiento acorde
con su principal esfuerzo de supervivencia y con sus instituciones centrales
de control social" (13).
John Blacking dio una respuesta parecida: “debe existir una relación
entre los patrones de organización humana y los patrones de sonido producidos
como resultado de las interacciones humanas” (14).
Pero Blacking se sentía menos impresionado por la diversidad que por
los universales, como lo indica la pregunta que dio título a su libro How
musical is man? (¿Cuán músico es el ser humano?),
sugiriendo que todos los humanos poseen un mínimo sustancial de musicalidad
cuya exploración es nuestra tarea. Wolfgang Suppan proporciona tres
tesis que aportan la motivación fundamental para la investigación:
la música como comportamiento humano (más que como un conjunto
de productos), como parte del universo simbólico humano, y como utensilio (15).
Timothy Rice también ha formulado la cuestión fundamental de
la etnomusicología: “¿cómo la gente construye históricamente,
mantiene socialmente, y crea y experimenta individualmente la música?” (16).
Con ello da continuidad a una tradición de planteamientos tripartitos;
aunque Rice también ofrece una pregunta más sencilla como objetivo
de la etnomusicología: "¿Cómo hace música
la gente?". Una cuestión aparentemente simple, pero tras la cual
emergen gran cantidad de supuestos básicos.
Ahora bien, ninguna de estas formulaciones parece hacer distingos entre la
música culta occidental y el resto del mundo musical. Los antropólogos
siempre incluyeron, por principio, el estudio de dicha música en sus
libros de texto y en sus declaraciones programáticas, de modo que ¿por
qué les ha llevado tanto tiempo ocuparse de ella de una forma directa?
Organizando “ese todo complejo” que es la música
Seguramente existan muchos motivos, pero uno de los que debe mencionarse es
la complejidad del sistema cultural occidental. Podemos debatir en qué medida
las culturas de sociedades tribales o campesinas son realmente simples -al
margen de su menor tamaño de población-, aunque sin duda ese
parece haber sido el presupuesto de musicólogos y científicos
sociales en el pasado. Su preferencia por las que ellos consideraron culturas
más "simples” no se debió tanto, creo yo, a una creencia
en el valor de los orígenes, como al concepto de antropología
en su cualidad de estudio de “ese todo complejo” de la cultura; y en el caso
de los etnomusicólogos de mediados del siglo veinte en adelante, por
el deseo de comprender en su totalidad los sistemas musicales -abarcando todos
los aspectos de la música y de la vida musical de una sociedad-. En
pocas ocasiones lo lograron, pero por los títulos de muchos libros y
artículos se ve claramente que éste era su propósito.
Es incuestionable que incluso una sociedad pequeña es un organismo
tremendamente complejo, y así los etnomusicólogos han caminado
en dos direcciones, tal vez convenientemente etiquetables como macro y microcósmica.
Una trata de ser comprehensiva, tomando todo en cuenta, inspeccionando de forma
extensiva; la segunda se centra en algún aspecto de la cultura musical
que se presta a la comprensión del todo, posiblemente como reflejo,
reproduciendo como un microcosmos los principios que organizan la totalidad.
Debido a la necesidad de una organización ingeniosa y un control de
infinidad de datos, pocos investigadores han tratado con algún éxito
de realizar la aproximación comprehensiva “macro”. El más destacado
entre ellos es Alan P. Merriam, cuya Ethnomusicology of the Flathead Indians (Etnomusicología
de los indios Flathead) (17) proporciona
un modelo. Vie musical d'un village (Vida musical de un pueblo),
de Constantin Brailoiu, también trata de atender a todas las canciones
y todos los cantores, individualmente y en grupo, de una misma cultura (18).
Un problema en estos casos es el supuesto de que la cultura musical propiamente
dicha abarca tan sólo la musica llamada "tradicional". Merriam,
por ejemplo, ignoró la familiaridad y el uso por parte de los Flathead de
la música popular, de iglesia, escolar y clásica .
Por contraste, hay gran cantidad de estudios que ejemplifican la aproximación
microcósmica. Entre los más destacados está Sound
and Sentiment (Sonido y sentimiento) de Steven Feld (19),
que toma como punto de partida la taxonomía del paisaje sonoro Kaluli
y un único mito significativo, al estilo de Lévi-Strauss. Anthony
Seeger en Why Suyá Sing (¿Por qué cantan los
Suyá?) (20) traza el retrato de toda
la cultura musical a partir de un examen detallado de la llamada “ceremonia
del ratón”. Éste y otros estudios nos muestran hasta qué punto,
incluso en las sociedades más pequeñas, la cultura musical no
resulta fácil de acotar. Claramente, la aplicación de estos procedimientos
de aproximación a la música culta occidental (la cual, como la
de los Flathead, sólo vive en su contexto), respresenta un desafío
considerable. Pero desde los años setenta hemos empezado a estar preparados
para ello, apareciendo algunos estudios que constituyen hitos en ese sentido.
The Hidden Musicians (Los músicos escondidos) de Ruth Finnegan (21) se
acerca a la aproximación “macrocósmica” del estudio de Merriam
sobre los Flathead. Es comprehensiva, aunque contiene un énfasis en
aquello que viene de la tradición clásica -música de concierto
profesional, dedicación amateur y escolar, práctica
musical informal- en una pequeña ciudad inglesa. No obstante, difiere
en su inclusión de la experiencia musical total de la comunidad. Merece
el status de trabajo etnomusicológico de primer orden, entre
otras cosas porque a través de su narrativa es capaz de hilvanar las
actividades musicales de todo tipo que tienen lugar más allá de
las interpretaciones formales de los profesionales de la música.
El libro Music, Talent, and Performance (Música, talento e
interpretación) de Henry Kingsbury (22) define
la cultura de la música culta occidental mediante el examen de lo que él
considera una institución vertebral -un conservatorio anónimo
en el Este norteamericano-, y se concentra en el valor central del talento,
seña característica de esta institución por el énfasis
que en él se pone y porque gobierna las actividades del conservatorio
a todos los niveles. La noción de que para cada cultura existe un concepto
culturalmente específico y omniabarcante que define esa cultura musical
particular, tal vez parecería contradecir el credo etnomusicológico
ampliamente difundido de la comparabilidad transcultural; pero bien podemos
encontrar un paralelo con los estudios de la música de Oriente Medio
de Lorraine Sakata y John Baily (23), según
los cuales la ambivalencia fundamentalista ante la música resulta un
rasgo crucial para entender la vida musical islámica en su conjunto.
El estudio de Philip Bohlman (24) sobre
la cultura musical de la comunidad de inmigrantes germano y checoparlantes
de Israel hace un análisis de la definición e integración
de una comunidad a través de un repertorio musical particular. Bohlman
muestra un grupo que, hallándose completamente integrado en su vida
cotidiana en la sociedad media israelí, simbolizaba no obstante su origen
común mediante conciertos de cámara en el espacio privado -mediante
su adhesión a la tradición de Bach, Mozart y Schubert, sin que
estos representaran necesariamente los puntos de referencia en los países
de origen. Al igual que Merriam, Bohlman no examina las actividades musicales
en las que se pueden implicar los miembros en otros contextos (p.e. en la música
popular), sino que se fija en escenarios, procesos e instituciones derivados
de este repertorio clásico.
Los estudios que acabamos de mencionar definen su objeto en función
de una sociedad, un grupo concreto de gente, explorando aquella música
que resulta central para ese grupo. Por contraste, el estudio de Shelemay sobre
el "movimiento pro música antigua (anterior a 1600)" en Boston (25),
examina lo que podemos describir como un proceso en el que participan unos
pocos miembros de la ya de por sí especializada sociedad de la “música
clásica”. A diferencia del estudio de Bohlman sobre una sociedad con
orígenes étnicos comunes que escoge un repertorio musical como
emblema, Shelemay presenta una sociedad que no existe de hecho más que
en virtud de su adhesión a un repertorio musical.
Lo distintivo de estos estudios sobre música culta occidental realizados
por investigadores que se identifican a sí mismos como etnomusicólogos
es el hecho de que se hallan informados y orientados por un corpus de literatura
extraído del estudio de las músicas no occidentales y, en todo
caso, de investigaciones realizadas sobre el “otro”.
II.- LAS ESCUELAS DE MÚSICA:
UN ESTUDIO
DE CASO EN EL MEDIO OESTE NORTEAMERICANO
Me tomaré la libertad de presentar algunas observaciones acerca de
la cultura musical en la que he vivido durante más de cincuenta años
-la de las escuelas universitarias de música del medio oeste norteamericano-,
revisando lo dicho en algunas presentaciones previas y concentrándome
en diversas visiones de la estructura, la cual puede interpretarse por referencia
a los sistemas políticos, económicos y religiosos (26).
La aproximación es del tipo que he descrito como microcósmica,
basada en la creencia de que las estructuras del dominio individual y sus subdivisiones
reflejan las del todo en términos de poder, influencia y control.
En comparación con los departamentos universitarios típicos,
las escuelas de música son, en diversos aspectos, instituciones autoritarias.
En el contexto de un seminario, los estudiantes pueden discrepar con sus profesores,
pero uno no discute con su profesor de violín, ni con el director de
la orquesta, y por extensión, tampoco con el director de la escuela
ni con el decano. Pero aún más que por los maestros vivos, las
escuelas se rigen por los grandes compositores, cuyos nombres están
grabados en los muros de los edificios y dentro de las salas de concierto como
valores permanentes y principios orientadores. Son presentados ante la población
viva de la escuela como una especie de panteón, o tal vez como una corte
real, con su mitología, sus escrituras y textos sagrados, su sacerdocio
y conceptos análogos a los del demonio y el pecado.
La estructura de los mitos
Al igual que el mito Kaluli del “niño que se volvió pájaro” expuesto
por Feld, hay mitos que presentan los valores fundamentales de nuestras escuelas
de música; y como buenos mitos, explican nuestro comportamiento en el
presente y hacia el pasado, si bien pueden tener muy poco que ver con la historia
real. Lo que tales mitos hacen es exponer valores por lo que, según
cambian las actitudes de nuestra sociedad hacia los repertorios y prácticas
musicales, también lo hacen los mitos correspondientes. Al tratar de
interpretar la relación entre música y cultura entre los Blackfoot,
encontré un mito en el que un hombre-castor de la era originaria seduce
a una mujer casada que le sigue hasta el agua, para reemerger a los cuatro
días con un niño que será bien atendido por ella y su
marido. El hombre-castor visita al marido, un cazador que guarda en su tienda
pieles de toda la fauna local, y le recompensa dándole un poder sobrenatural
para las pieles. Esa transferencia de poder es simbolizada por medio de la
enseñanza de canciones. De este modo, los Blackfoot recibieron al mismo
tiempo la humanidad, la música y la importante ceremonia del castor (27).
El mito sirve para explicar un conjunto de cosas: el origen sobrenatural y
el poder de la música; el reflejo del sistema cultural en el sistema
musical; el concepto de que las canciones sean aprendidas de los animales,
mediante visiones, y memorizadas tras escucharlas una sola vez.
En mi época de estudiante en una escuela de música norteamericana,
tuve que vérmelas con diversos relatos explicativos referidos a nuestras
jerarquías y a nuestra tendencia a ver el mundo en términos de
dualidades y triángulos. Dicha mitología giraba en torno a los
compositores como unidades básicas de pensamiento musical: por ejemplo,
J. S. Bach como un superintelectual e imagen paterna del mundo de la música
culta tal como lo conocemos. Las trinidades también eran importantes
-los clásicos vieneses Haydn-Mozart-Beethoven, las tres bes Bach-Beethoven-Brahms,
la Segunda Escuela de Viena Schoenberg-Berg-Webern. Por contraste, el mundo
de la música era también una expresión de dualidades (derivada
naturalmente de las escalas mayor-menor), y se presentaba en forma de parejas
de compositores: Leonin/Perotin de la Edad Media parisina, Ockeghem/Obrecht,
Palestrina/di Lasso, Cesti/Cavalli y otras parejas anteriores a 1700, Bach/Haëndel,
Haydn/Mozart, Beethoven/Schubert, Schubert/Schumann, Chopin/Liszt, Brahms/Wagner,
Smetana/Dvorak, y muchos más, cada cual con algunos aspectos comunes
significativos pero también con sus contradicciones. La díada
Bach/Haëndel servía para representar el juego entre recogimiento
y show ; Brahms/Wagner, entre conservadurismo y rebeldía; Beethoven/Schubert,
una pareja cuyos diferentes tipos de musicalidad se han representado (por Sir
George Grove) (28) mediante conceptos de
masculino/femenino, como representativos del intelecto frente a la sensualidad,
lo armónico y la invención formal frente a lo melódico
y, finalmente, la fuerza y la energía frente a la suavidad. Nadie que
examine la música de Schubert dejará de encontrar en ella todas
estas cualidades. Más bien lo que parece es que, para presentar al mundo
y a los estudiantes las interrelaciones entre las cualidades y el valor en
música, se desarrollaron mitos a partir de personajes, para lo cual
los compositores resultaban adecuados.
La mitología incluía también dos visiones contrastantes
de la historia, relatada así en términos muy sencillos: 1) La
música fue perfeccionándose hasta la época de Mozart y
Beethoven y a partir de entonces comenzó a declinar, habiendo venido
decayendo pese a ocasionales repuntes, por lo que al mirar atrás añoramos
las cumbres inalcanzables de los clásicos. 2) Lo más importante
de la historia de la música es el continuo cambio de estilo. Toda innovación
significa ipso facto una mejora, aunque el precio a pagar sea la
creciente dificultad de la audiencia para comprender la música -por
eso, cuanto mejor es la música, menos gente la puede apreciar-.
El panteón
El discurso de la escuela acerca del repertorio, la interpretación,
la historia de la música, la práctica y los ensayos, se articula
en torno a nombres de compositores, quienes se hallan representados como una
jerarquía -quizás a la manera de los antiguos panteones europeos-,
encabezada en casi todas partes por Bach, Beethoven y Mozart; incluyendo también
a Haydn, Haëndel, Schubert, Wagner; a veces algún maestro de la “música
antigua” como Palestrina; raramente ninguno posterior a Brahms; y más
rara vez (en los Estados Unidos) nadie que no sea alemán. Estudiantes,
profesores y oyentes hablan de ellos con reverencia, y cuanto más alto
se sitúa un compositor en esta jerarquía, menos se tolera una
crítica. Un oyente que se queje de lo aburrida que es una obra de Beethoven
se arriesga a ser etiquetado de traidor, y los compositores “segundones” son
evaluados comúnmente con aseveraciones del tipo: “sin duda no es un
Mozart”.
Con sus nombres grabados en placas, en las colecciones de textos y en la estructura
de los curricula , los compositores -todos varones- aparecen como
una suerte de familia. A la cabeza están Mozart y Beethoven, los más
interpretados, más a salvo de crítica y más explícitamente
mitologizados, presentando entre ellos tanto continuidad como contraste. Bach
está ahí, sin duda, pero en el papel de padre de otras divinidades
más vigorosas, una especie de Zeus o Wotan en el cual todos buscan guía
(uno ha de aprender sus “48” y el estilo de su armonía), y que se anda
metiendo en los asuntos de todo el mundo (uno debe emular su evitación
de quintas paralelas y, no importa lo vanguardista que te creas, si pretendes
que te tomen en serio ¡debes componer una fuga!). Las figuras situadas
un poco más en segundo plano -Schubert, Haydn, Haëndel, Wagner-
rodean a la pareja central, y así se suma a este casting familiar
la percepción del carácter musical masculino/femenino, como el
que representan respectivamente Beethoven y Schubert. Hay compositores que
pese a ser claramente “grandes” en cierto modo no pertenecen a ella -Wagner
y tal vez Liszt son ilustrativos-, funcionando como una especie de villanos.
En todos los casos, esta mitología mantiene alguna relación con
la historia, aunque a veces ésta resulta muy tenue. Así, Wagner
puede verse en ciertos aspectos de su vida como un auténtico villano,
pero el que su música sea villana, eso es ya una cuestión estrictamente
de interpretación.
Débil en su calidad de historia, pero tal vez por ello más significativo
en tanto que indicador del rol del arte, es el mito fundamental de la música
culta occidental que a mi juicio representa la díada Mozart/Beethoven.
Ambos eran presentados como los dos más grandes compositores, con el
propósito pedagógico de representar el encuentro entre factores
humanos y sobrenaturales en el arte. A pesar de que el historiador serio podría
describir perfectamente a estos dos compositores en similares términos
-ambos supremamente dotados y talentosos, ambos adictos al trabajo, ambos creadores
de una música de una elevadísima complejidad y capaces de resolver
problemas significativos- la forma en que se presenta a Mozart y Beethoven
a los estudiantes y el público lego muestra contrastes significativos.
Mozart, con una inspiración sobrenatural, componía a enorme
velocidad, sin esfuerzo. A cada frase le sigue la que parece ser su consecuente
obligado. Fue un niño prodigio, podía memorizar e improvisar
de manera increíble, pero no fue valorado y murió trágicamente
a una edad temprana. Su fallecimiento, anunciado por quien le encargó su “Réquiem”,
vino marcado por una tremenda angustia. Su estilo musical permaneció esencialmente
invariable a lo largo de toda su vida. Sus logros fueron el resultado de una
suerte de fuerza sobrenatural; por eso las causas de su misterioso fallecimiento
llaman tanto la atención. Lo principal es que nació genio,
una noción europea, emparentada históricamente con la inmovilidad
social y la fe en las élites. En sus primeras lecciones se habla a los
niños de Mozart; se suele pensar que es un compositor que podrán
comprender, un hombre que compuso cuando era niño y a quien nunca le
abandonó su espíritu infantil.
En esta descripción del saber convencional, la contrapartida de Mozart
es Beethoven. Otro tipo de persona; como su música, complejo, de difícil
trato. En varios sentidos, totalmente lo contrario de Mozart. Al igual que
un misterio envuelve las circunstancias de la muerte de Mozart, hay otro en
torno a las del nacimiento de Beethoven, tanto en lo concerniente a la fecha
como a su origen. Tenía una oscura y turbia mirada, sufrió enormemente,
a menudo se sintió defraudado y, por supuesto, está la tragedia
de su sordera. Su música no brotaba con facilidad, se podría
decir que tenía que trabajar duramente para escribirla, igual que uno
tiene que esforzarse para escucharla, es más adecuada para los adultos.
Su estilo evolucionó a lo largo de su vida, siendo sus primeros trabajos
completamente diferentes a los últimos. No tuvo hijos, aunque sí un
sobrino a quien dotó, pero que le decepcionó. Vivió una
vida difícil, nuestra idea de él está dominada por su
sordera. Trabajó, bosquejó sus obras durante años sin
darlas por concluídas, se le tiene por rebelde, un luchador contra muchos
tipos de ataduras. Se tomaba en serio sus responsabilidades artísticas,
dándolo todo por los aspectos espirituales de la música. Igual
que Mozart, un genio; pero que tuvo que trabajar duro para llegar a serlo (29).
Mozart es recordado por su humor (p.e. en sus cartas y en sus textos-canon
obscenos); a Beethoven se le representa siempre serio (lo cual es históricamente
falso). La facilidad con la que pensamos que Mozart compuso su música
queda reflejada en la asociación que hacemos de él con lo dulce,
como lo hace patente el mercadeo mozartiano con los chocolates Mozartkugeln ,
los licores y la infinidad de Mozartcafés y tiendas de dulces que llevan
su marca en todo el mundo. Con respecto a Beethoven, el compositor esforzado,
tan sólo he sido capaz de encontrar un restaurante de carne con patatas
y una compañía de transporte de pianos. Ello a pesar del hecho
de que él -en su vida y en su música- fue un hombre, sin lugar
a dudas, con un claro sentido del humor (30).
De modo que los asuntos importantes en el mundo de la música culta
occidental -inspiración y trabajo duro, consistencia y cambio de estilo,
seriedad y humor, etcétera- se muestran a estudiantes y aficionados
mediante el contraste legendario (si no totalmente cierto) entre estos dos
grandes compositores y su música. Significativamente, en Norteamérica
los programas de concierto incluyen casi siempre obras de Mozart y Beethoven,
pero rara vez se representan obras de ambos en una misma sesión.
Organización Social
La interrelación entre grupos de personas en la vida musical se corresponde
tanto con las reglas fundamentales de la sociedad como con las reglas del sistema
musical. En el Irán de los años sesenta, pude realizar las siguientes
observaciones acerca de la cultura musical clásica y quienes la practicaban.
Los músicos, cuyas intervenciones musicales eran fundamentalmente solistas
y evitaban el unísono estricto en las interpretaciones de conjunto,
se agrupaban en pequeñas escuelas de estilo (menores en tamaño
y más numerosas que las gharanas de la música india
descritas por Neuman) (31), y de ese modo
reflejaban la importancia del individualismo que frecuentemente destacan los
persas y los observadores de su comportamiento. Asociada al aprecio por el
comportamiento imprevisible, la música improvisada y no-métrica
(rítmicamente impredecible) tenía mayor prestigio que la música
compuesta y métrica. Como reflejo de la ambivalencia del Islam chiíta
frente la música, evitaban ser llamados músicos profesionales;
su ideal era el del aficionado erudito. Como reflejo del bajo estatus de la
música, consentían el desarrollo de un número desproporcionado
de músicos no-musulmanes y pertenecientes a minorías, y usaban
una terminología según la cual no se empleaba la palabra “música” para
aludir a aquella música vocal, textual, improvisada, no-métrica,
más próxima en sonido a la lectura del Corán (32).
De modo similar, las relaciones sociales en las escuelas de música
de Norteamérica reflejan tanto las de la sociedad como un todo, como
las de su sistema musical. Lo que se refleja en este caso es una sociedad en
la que teóricamente todos son iguales, pero en la que de hecho existe
una continua lucha por el liderazgo entre las clases y otros tipos de grupos
sociales. Algunas observaciones:
Primero, existe oposición, estereotipos mútuos y competencia
por la hegemonía y la centralidad entre pares. Los intérpretes
frente a los investigadores y compositores; músicos prácticos
frente a educadores; vocalistas frente a instrumentistas, etc.
Segundo, existe un triángulo de competencia entre los estudiantes,
los profesores y la administración -el director oculta sus alianzas-.
(Estos tres grupos se distinguen ya simplemente por su indumentaria). Así,
los estudiantes y profesores se unen para solicitar más recursos, flexibilidad
curricular y espacio; la administración y los profesores se unen para
lograr mayor nivel en el currículo y en las giras. Los estudiantes y
la administración se unen presionando al profesor para que dedique más
atención a la enseñanza y reduzca sus giras de conciertos y conferencias.
Continuamente van alternándose las alianzas entre unos y otros.
Tercero -ya mencionado-, en las universidades norteamericanas las escuelas
de música se adhieren menos a un estilo de dirección relativamente
democrático que, digamos, los departamentos de historia o antropología,
y exhiben formas más autoritarias de liderazgo, algo generalmente aceptado
por todos. El director o decano, a menudo alguien traído de fuera por
su experiencia como “administrador” y rara vez un profesor local promocionado
a tal efecto, tiende a asumir algo cercano a los poderes dictatoriales, a permanecer
en el cargo durante un buen montón de años y, cuando abandona
el puesto (o es cesado a petición general), no vuelve a la docencia
en ese mismo centro, sino que se coloca en cualquier otro lugar. Es un comportamiento
típicamente análogo al de los directores de orquesta y, de hecho,
el modelo social de tales escuelas tiene su mejor expresión en la orquesta
(o cualquier otra gran agrupación, banda de conciertos o coro) (33).
La separación entre el director y el conjunto es claramente visible
en la indumentaria, la forma de entrar, la relación con la audiencia,
y algunas otras cualidades del director pueden apreciarse también en
el director de la escuela de música. Antes de comenzar el concierto,
el concertino, una especie de capataz de plantación, tras “afinar” la
orquesta se la presenta al director, metafóricamente el propietario
ausente. Los directores de escuela de música a veces se enzarzan en
una retórica que evoca la del terrateniente. Pero la sociedad jerárquica
existe de por sí en el interior de la música misma, con su director,
su concertino, sus jefes de sección, su disposición de sillas
según rangos de solista y acompañante, y en el piano, para el
cual la mayoría de la música escrita destaca la mano derecha
solista frente al acompañamiento de la izquierda.
Cuarto, la escuela es una jerarquía de repertorios musicales y de la
gente más emparentada con ellos. Es una institución cuyos componentes
se organizan en una serie de círculos concéntricos. Bajo la apariencia
de pretender abarcar un ámbito muy amplio -enseñar todo lo referente
a toda la música-, y aunque no se admita formalmente, después
de todo se trata de una escuela dedicada esencialmente a la formación
de intérpretes de música clásica europea, y sus partes
más paradigmáticas, la orquesta sinfónica y la cultura
del piano, están situadas en su centro. Rodeando el círculo del
repertorio clásico -la música compuesta fundamentalmente entre
1700 y 1920- se sitúan la “nueva música” y la “música
antigua” (medieval, renacentista y primer barroco). El siguiente círculo
podría consistir en las bandas de viento que tocan marchas, música
ligera y arreglos, incluyendo aquéllas que desfilan uniformadas en acontecimientos
deportivos. Más distante estaría el jazz, y más aún
la música no occidental tal como el gamelán , la mbira y
agrupaciones de percusión africana o la orquesta “folk” del este de
Europa. En el círculo más alejado del centro estarían
los diferentes tipos de música popular -country y western, blues, rock-
que sólo en raras ocasiones formarían parte del aparato interpretativo
de las escuelas.
Dos observaciones sobre esta estructura:
- La taxonomía de las músicas se encuentra reforzada
por la indumentaria típica de los intérpretes (un sistema reconocidamente
en decadencia en torno a 2002) -la música “clásica” es interpretada
por hombres con esmoquin y mujeres de largo, generalmente en negro. Los conciertos
de “nuevas músicas” se caracterizan por los jerséis de cuello
de cisne, y los de "música antigua" por trajes de corte renacentista.
Los intérpretes de música no-occidental, independientemente de
su origen, lucen alguna versión de indumentaria tradicional, mientras
que las bandas de jazz universitarias visten uniformes no militares de colores
vivos. Para la música popular el requisito es que no haya dos miembros
del grupo vestidos igual. A veces parece que los grupos no-centrales reclaman
de algún modo esa centralidad interpretando su música con
una indumentaria formal.
- En Estados Unidos, la escuela de música se ha expandido en los últimos
cincuenta años desde ser una institución monocultural de música
clásica hacia abarcar una mayor multiplicidad, añadiendo repertorios
de una manera en cierto sentido colonialista. Normalmente los nuevos repertorios
vienen de la mano de la musicología y gradualmente pasan a ser integrados
en el aparato interpretativo que es, en el fondo, la esencia de tales instituciones.
Así, en los años cincuenta, la música “antigua” se enseñaba
en los cursos de historia de la música, primero de forma superficial,
y gradualmente fue entrando en la esfera de los collegia musica .
Los etnomusicólogos impartían cursos de música africana
y asiática antes de que se enseñaran en forma de ensemble .
Los gamelán , que comenzaron como “laboratorios” derivados
de los cursos de etnografía, pasaron a ser organizaciones mantenidas
fuera de la esfera académica, y ocasionalmente evolucionaron hacia un
estatus comparable con el de las orquestas europeas. La música popular
en la mayoría de las escuelas norteamericanas existe sólo como
materia de estudio teórico e histórico, no práctico. Pero
cuando las músicas no-centrales entran en la esfera del espectáculo,
lo hacen en los términos de la música clásica central.
Ignorando su contexto original, se presentan en conciertos de noventa minutos
con un intermedio, las audiencias se comportan como si estuvieran en un concierto
sinfónico, y los esfuerzos de todos se orientan a mostrar la valía
de la música no-central, haciéndola lo más comparable
posible a la central.
Repertorio como Sociedad
Antropólogos sociales como A. R. Radcliffe-Brown y S. Nadel consideraban
que el centro de “ese todo complejo” de la cultura lo constituyen la organización
y la estructura sociales, es decir, el sistema y tipo de interrelaciones entre
los miembros de una sociedad. Al hilo de este razonamiento, parece lógico
relacionar los componentes de la música con la sociedad a la que pertenece.
Esto es lo que hizo, por ejemplo, Alan Lomax, al sostener que la cualidad de
las relaciones sociales -jerárquica, igualitaria, competitiva, cooperativa-
determinaba el tipo de agrupación instrumental y vocal. Sugiero que
la música puede ser también una metáfora para la sociedad.
Así, en la música clásica del Norte de la India, las unidades
principales de pensamiento musical se clasifican como ragas , raginis , putras ( ragas masculinos,
femeninos, infantiles). El sistema de la música clásica iraní es
entendido por sus músicos como doce modos agrupados en familias de estilo
- Shur (“madre de los dastgahs ”) con sus cuatro dastgahs secundarios
o “hijos”; el Chahargah y el Segah , parcialmente análogos,
serían como “hermanos”, etc. La idea de que los doce dastgahs son
igualmente capaces de generar una ejecución musical, en contraste con
el cuadro de doce modos relacionados diferencialmente entre sí y dotados
de importancia desigual, refleja las relaciones jerárquicas de la política
iraní frente a la igualdad teórica de todos los seres humanos
en el Islam. Las relaciones entre los instrumentos del gamelán javanés
se explican a menudo en los términos de una sociedad cortesana tradicional
javanesa (34).
En la música culta occidental, una terminología procedente de
la estructura social se hace presente en las “familias” de instrumentos, y
por otra parte la importancia de las familias musicales juega un importante
papel en la historia de la música -nótese el énfasis en
las familias “musicales” de los Bach, los Mozart y los Liszt/Wagner-. Pero,
yendo más allá, sugiero que los miembros de la cultura musical
clásica, y particularmente los habitantes de las escuelas de música
de Norteamérica, puede que vean sus repertorios y obras como si de los
miembros de una sociedad se tratara. Así, parece que el repertorio musical
es una especie de sociedad basada esencialmente en la desigualdad. La importancia
-el poder- reside en el peso, por ejemplo en la intensidad, la extensión,
la complejidad; las obras principales son las grandes sinfonías, las
misas y, sobre todo, las óperas. Pocos compositores podrán obtener
el estatus de “grandes maestros” sin tener en su haber estos tres supergéneros.
En la estructura de los conciertos y recitales, se da habitualmente una jerarquía:
las obras más importantes se sitúan cerca del intermedio (antes
y después). El concepto de "plato fuerte" de una comida se
refleja así en la estructura de los conciertos. La “clase gobernante” de
la música, y de algún modo la más popular, la constituyen
aquellos géneros que muestran una mayor cantidad de niveles de autoridad
-la ópera, el concierto-. En todo caso, el concepto de una especie de “sacerdocio” de
la música, capaz de reflejar la seriedad y los valores eternos, encauzando
particularmente a las audiencias más maduras y a menudo asociado con
la práctica religiosa oficial, consiste en una música en la que
sus componentes son casi iguales entre sí, como los cuartetos de cuerda
y las obras fugadas, donde se desenvuelven en un estatus igualitario entre
tres y cinco voces y no se hace uso del principio solo-con-acompañamiento de
la mayoría de la música.
Conclusión Difícilmente puede esperarse que el estudio antropológico de
las escuelas de música como un microcosmos de la música culta
occidental vierta nuevos datos etnográficos fundamentales, como podría
suceder entre los Suyá o los Blackfoot; solamente esperamos ser útiles
aportando conexiones, relaciones e interpretaciones sugerentes. Ustedes juzgarán
si el estudio de la música del “otro” nos ayuda a comprender nuestra
propia cultura. Si la respuesta es “efectivamente, pero eso no es nada nuevo”,
entonces tendremos poco con lo que contribuir. Si por el contrario, responden “siempre
lo he sabido, pero nunca pensé en ello de esta manera concreta, especialmente
observando mi mundo musical en el contexto de un mundo de músicas”,
entonces la antropología de la música tendrá algo que
decir al estudioso de la música culta contemporánea.
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Notas:
- Texto presentado como conferencia
del profesor invitado en el VII Congreso de la SibE, celebrado en Madrid
en julio de 2002. Traducción de Rafael Martín Castilla y Francisco Cruces.
Una versión en francés y más extensa de este mismo trabajo
aparecerá próximamente en la revista L'Homme . [§]
- Erich
M. von Hornbostel, “Die Probleme
der vergleichenden Musikwissenschaft.” Zeitschrift der internationalen
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Opera Omnia. The Hague: Nijhoff, 1975, p. 245. [§]
- Curt Sachs, Vergleichende Musikwissenschaft:
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- Robert Lachmann, Die
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- Edward B. Tylor, Primitive Culture. London:
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- Véase Bruno Nettl, Heartland
Excursions , Urbana: University of Illinois Press, 1995, p. 1-9. [§]
- Véase más en detalle
en: Bruno Nettl, Encounters in Ethnomusicology . Warren, Michigan:
Harmonie Park Press, 2002. (Detroit Monographs in Musicology), p. 62-70. [§]
- Véase por ejemplo: Theodor
W. Adorno, Einleitung in die Musiksoziologie . Frankfurt: Suhrkamp,
1962; Pierre Bourdieu, La distinction: Critique sociale du jugement .
Paris: Éditions de Minuit, 1979; Kurt Blaukopf, Musik im Wandel
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Essai sur l'economie politique de la musique. Paris: Presses universitaires
de France. 1977. [§]
- Hornbostel, ibid. [§]
- Alan P. Merriam, The Anthropology
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8-34; Heartland Excursions , 1995; y “Mozart and the Ethnomusicological
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p.1-16. [§]
- En relación a la discusión
y fuentes, véase: Bruno Nettl, Blackfoot Musical Thought: Comparative
Perspectives . Kent, Ohio: Kent State University Press, 1989, p. 129-30. [§]
- Véanse las primeras ediciones
de Grove's Dictionaryof Music and Musicians , y los comentarios de
David Gramit, “Constructing a Victorian Schubert: Music, Biography, and Cultural
Values,” Nineteenth-Century Music 17, 1993, p. 65-78. [§]
- Véase más en detalle
en: Nettl, “Mozart and the Ethnomusicological Study of Western Culture”. [§]
- Véase particularmente: William
Kinderman, Beethoven . Berkeley: University of California Press, 1995,
p. 213-16, 255-58. [§]
- Daniel M. Neuman, The Life of
Music in North India . Detroit: Wayne State University Press, 1980,
p. 145-67. [§]
- Véase por ejemplo: Baily, op.
cit., p. 146-53; Lois Ibsen al-Faruqi, “Music, Musicians, and Muslim
Law,” Asian Music 17, 1985, p.3-36. [§]
- Adorno, Einleitung... , p.
104-18. [§]
- Véase: Mantle Hood, The
Ethnomusicologist , NewYork: McGraw-Hill, 1971, p. 244-45; Jaap Kunst, “Indonesia,” The
Columbia World Library of Folk and Primitive Music , vol. 8. KL-210,
1960. [§]

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