La etnomusicología en tiempos de canibalismo musical.
Una
reflexión a partir de las tradiciones musicales afroamericanas
José Jorge de Carvalho
Dpto. de Antropología. Universidad de Brasília
Este Congreso de la SIbE es para mí una excelente oportunidad
para compartir con ustedes algunas preocupaciones por la situación
presente de las tradiciones musicales afroamericanas, entendidas aquí como
el mundo musical afro-americano del Nuevo Mundo, brasileño y
latino-americano en general. Presentaré, de un modo no muy sistemático
sinó más bien como un collage, algunos temas
que se articulan alrededor de los nuevos procesos de transformación
de esos circuitos musicales afroamericanos (1).
Ello conduce, por la propia naturaleza del tema, a una necesidad también
de reconceptualizar y reformular los propios parámetros (o por
lo menos algunos de ellos) de la etnomusicología académica
que practicamos. Ya pasaron más de dos décadas desde
el momento de crisis de un cierto modelo, sobre todo anglosajón,
de etnomusicología. Si tomamos una definición muy sencilla
de la etnomusicología, entendida como el estudio de la música
en la cultura y de las dimensiones culturales de las expresiones musicales,
es mucho más común que, en general, imaginemos esa actividad
todavía en un momento anterior a una crisis de la representación
en los estudios de la cultura. Lo que hemos vivido a lo largo de los últimos
treinta años es una profunda crisis de representación
en el estudio mismo de las formas culturales. Esa crisis afectó a
muchas disciplinas simultáneamente - la historia, la literatura,
la musicología, la antropología, la sociología,
los estudios de comunicación... Pienso que debemos retomar ahora
en la Etnomusicología la crisis de la Antropología de
los años ochenta, porque ésta no había asimilado,
en sus teorías de la cultura, la dimensión del poder
constitutiva de los procesos culturales, entre los cuales se incluyen
los procesos de producción y expresión musicales.
Las definiciones y los acercamientos antropológicos hasta fecha
muy recientes -sean funcionalistas, estructural-funcionalistas, estructuralistas,
hermenéuticos, interpretativistas, semiológicos, entre
tantos posibles - de un modo u otro dejaron un poco de lado la cuestión
del poder. Tanto es así que una nueva disciplina se presenta
ahora como un reto a la antropología: los Estudios Culturales.
Como estos se enfrentan más fácilmente a los medios de
comunicación, es decir, al circuito simbólico creado
como mercancía -video, el video-clip, cine, revistas, periódicos,
internet, softwares, web designing-, y al entero universo de la producción
cultural mediática, la cuestión del poder se vuelve mucho
más crucial y evidente. Mi primera idea es que tendremos que
volver a la base antropológica de la etnomusicología
e introducir, para el caso específico del área de estudios
de la música, la dimensión del poder, interno y externo
al grupo o a la red de practicantes y productores musicales.
Una de las consecuencias de esta crisis en los últimos veinte
años fue la discusión del etnógrafo como autor:
evaluar en qué medida el interés del que estudia ya afectó el
propio estudio por él realizado. Por supuesto, una parte de
ello son las presiones provocadas por el propio objeto de estudio.
No se trata de una discusión meramente teórico-conceptual,
como si la teoría fuese una esfera autónoma de expresión:
es consecuencia de los procesos de la práctica etnográfica
o etnomusicológica y de la complejidad que estos adquirieron.
La dimensión del poder me interesa particularmente porque ya
estaba también presente en mi propio objeto de estudio. Al estudiar
la música de tradiciones sagradas, es decir, de tradiciones
rituales iniciáticas, como los cultos xangô y candomblé (los
cuales son equivalentes brasileños de la santería cubana),
uno se enfrenta con el poder de la comunidad sobre la música,
sobre sus producciones simbólicas. Por un lado está el
intento de la comunidad por ejercer su poder de control sobre su música
sagrada; y por otro lado está también el poder de esa
música sagrada sobre la comunidad que la preserva. Porque, en
la medida en que se trata de un grandioso legado de sus ancestros,
hay que conservarlo. Allí se manifestaría, entonces,
el poder de la música misma sobre la comunidad en que es practicada.
Reafirmo entonces que la dimensión del poder es constitutiva
misma del intento de las comunidades afro-americanas de preservar ese
legado de la música africana, de los rituales africanos en América,
en una estructura que sería, en realidad, de contra-poder. La
motivación básica es evidentemente deshacer el proyecto
colonial de cristianizar definitivamente, desde el punto de vista religioso
y cultural, a todos los esclavos (lo que nunca ocurrió, afortunadamente)
y convertirlos exclusivamente a la música europea. Hay que subrayar
ya de salida, que la música afro-brasileña y la música
afro-americana en general es una música de descendientes de
esclavos, o sea, son, todavía hoy, las comunidades más
pobres del Nuevo Mundo. Ésa es una dimensión histórica
de la cultura que muy fácilmente se olvida, básicamente
porque hay un imaginario que asocia la música de origen africano
con la fiesta, el baile, la corporalidad, la alegría. Y la suma
de todos esos estereotipos hace que las personas se olviden de que
la base comunitaria de esas tradiciones musicales es muy pobre.
Como una introducción a ese tema, que puede parecer en algún
momento muy apocalíptico, dos conclusiones se pueden sacar de
la magnífica exposición de Bruno Nettl realizadas en
este congreso, sobre las escuelas de música y los departamentos
de música de las universidades del mid-west de los Estados Unidos.
La primera conclusión es que la evaluación estética
en esas instituciones es dada autoritariamente. Entre Brahms, Mozart
y Beethoven se impone, a través de las intervenciones de una
amplia cantidad de expertos (críticos, maestros, periodistas,
directivos de fundaciones, entre otros) que funcionan como un decreto,
el hecho de que la música de Mozart es la mejor de todas. No
cuestiono la alta calidad de la música de Mozart, solamente
quiero decir que, en la estructura de la cosmovisión de las
escuelas, se decreta para aquél que entra, autoritariamente
(porque nunca es puesto en discusión), que ésta es la
jerarquía estética que debe seguirse y reproducirse.
En ese caso, el poder está en la sociedad antes que en la música,
porque se trata de un repertorio congelado. Una vez catalogado y definido
el repertorio de Mozart y seleccionadas las obras definidas como más
importantes, se empezaron a desarrollar mecanismos de fijación
de sus partituras para congelar las composiciones y así preservar
el estilo musical mozartiano. Después de logrados todos esos
procedimientos de construcción de un canon musical, se decretó (obviamente,
a posteriori) una determinada jerarquía estética. Ello
indica que la dimensión del poder está firmemente incrustada
en la estructura misma de esa tradición de la música
clásica occidental. Dicho en términos de psicología
constructivista, los niños absorben una estructura de jerarquía
estética musical a la que aprenden a responder afectivamente:
elementos idiosincrásicos de la técnica de composición
de Mozart son fijados en el lugar privilegiado de su imaginario, y
es a esos elementos formales a los que en la fase adulta responderán
como estímulos definidos como de alta calidad musical.
Muchos de ustedes ciertamente conocen la crisis, provocada en la Musicología
por estudios como los de Richard Leppert y Susan McClary, con sus relecturas
de los valores musicales de la era Bach, de Schubert, del lugar de
las terminaciones “femeninas” y los estereotipos de género,
raza y clase implícitos en la forma musical clásica.
Igualmente provocadores son los ensayos del libro En Travesti (1995),
sobre una lectura de algunas óperas desde la perspectiva de
una Musicología practicada por académicas lesbianas.
Paradigmático, entre tantos, es el ensayo de Judith Peraino
en el que defiende que Dido y Aeneas de Henry Purcell es
una ópera lesbiana. Esas lecturas, técnicamente competentes
a pesar de su aparente desencaje en el interior de la disciplina musicológica,
muestran la complejidad de los muchos intentos por recuperar para la
Musicología, de un modo creativo, lo que estoy llamando crisis
de la representación de las Humanidades en los años ochenta.
Eso es básicamente una especie de telón de fondo que
presento como introducción a este tema.
El primer punto en esa tentativa de rehacer el acercamiento etnomusicológico
a esas tradiciones musicales afroamericanas es la localización
del sujeto que analiza. Podemos estar observando los mismos procesos
musicales, pero los vemos desde nuestros lugares respectivos y puede
incluso suceder (como ha sugerido Costa en este congreso) que nosotros
no veamos jamás el mismo objeto, porque cada uno de nosotros
construimos el objeto a partir de nuestras miradas discursivas específicas.
De ahí que el objeto que me propuse construir - la música
afro-brasileña, o afro-americana - lo estoy construyendo desde
el Brasil y puede ser que ustedes ni siquiera lo identifiquen como
tal y puedan hasta reaccionar negativamente, al entrar en contacto
con las tradiciones musicales del Nuevo Mundo, como si ese objeto no
existiera. Llegaríamos así cerca de una especie de inconmensurabilidad
metodológica.
Por todo ello, intento ofrecer un panorama más general, una
lectura de esos procesos en una escala más amplia, como es el
caso de las transformaciones de la música afro-americana. El
primer punto a considerar sobre el momento de las tradiciones musicales
afro-americanas es el hecho de que existe un movimiento de fetichización
específico de esa música: la música afro entra
en el mundo occidental ahora como un fetiche cultural. No sé cuánto
tiempo puede durar, pero por el momento es lo que se ve y se oye. Se
asocia un cierto clima afro a la espontaneidad, la corporalidad, la
sensualidad, a una cierta idea de alegría, de cuerpo libre y
placentero, y esto es un juego de miradas que van y vienen de Brasil
o de Cuba para los países ricos de Europa y los Estados Unidos.
Van y vienen del Nuevo Mundo para el mundo occidental que consume y
exige que se le presenten de nuevo de ese mismo modo. Y esa mirada
de afuera es revertida en el interior de la comunidad, que también
se ve entonces a partir de ese punto de vista fetichista. Eso es lo
que lleva entonces a que muchas de las tradiciones musicales que habían
sido conservadas, mantenidas como un cristal (parecidas a las escuelas
de música, el equivalente del Mozart y del Beethoven en el interior
de esas comunidades), con su jerarquía propia, debe rehacerse
a partir de esas nuevas miradas, de esas nuevas audiciones de dichas
tradiciones. La recepción de esa música está teñida
de presupuestos y expectativas de relaciones raciales y de género:
el músico negro, la bailarina negra.
La exposición de Judith Cohen me ha hecho recordar el texto
de Alan Lomax, crítico y aún actual, una especie de manifiesto
llamado “Appeal for Cultural Equity”, escrito ya hace tres décadas
y que ha estado un tanto olvidado últimamente. El texto de Lomax
expresó muy bien la preocupación por las consecuencias
de la desigualdad en el caso de las músicas de la periferia
del mundo. Su manifiesto fue un esfuerzo de alguien localizado en el
centro del imperio, como decía el propio Lomax, hablando de
la necesidad de una ecuanimidad cultural. Es posible resignificar lo
que es ecuanimidad desde la perspectiva de quien vive en otro punto
del mundo, o, como pueden decir ustedes, en otro punto del Tercer Mundo,
como es mi caso. Pero lo importante es que cada uno sea capaz de formular,
desde su lugar, una idea de lo que sería la ecuanimidad de expresiones
musicales en una escala amplia.
La cuestión de entender hoy en día las tradiciones musicales
pasa no solamente por una discusión de formas y géneros,
sino también por una cuestión de geopolítica estética.
Estamos hablando de tradiciones que son trasladadas de una parte del
mundo a otras a través de circuitos intensos de músicos,
productores y mediadores. A ello se añade una política
específica de identidades, que algunas veces es local, otras
es regional, en muchos casos es nacional y en ciertos casos llega a
atravesar fronteras internacionales a través de la música
(como es el caso de la controvertida hipótesis de una música
del Atlántico Negro, sugerida por Paul Gilroy en su libro The
Black Atlantic ). Obviamente, hay cuestiones similares que se
plantean en las artes plásticas, el cine, la literatura, el
teatro, etc. Entonces, si existe esa política de identidades
y se presenta con un papel tan poderoso, hasta el punto de solicitar
productores y mediadores todo el tiempo, ello significa que también
hay una dimensión, superpuesta a la dimensión estética,
de geopolítica. Toda teoría, en el fondo, es también
una posición política. Más aún, ya es difícil
imaginar un campo unificado hoy día, tal como podíamos
hacerlo cuarenta años atrás, cuando teníamos una
definición antropológica de cultura menos confrontada
por esas dimensiones de poder. En aquel entonces era más fácil
tener el mismo acercamiento antropológico en Madrid, Londres
y Brasilia. Ahora, cuarenta años después, ya no es tan
fácil tener esa perspectiva unificada claramente, porque las
posiciones de localización del sujeto se volvieron cruciales.
No es que no se pueda, pero me parece que sería mejor explicitar
cada una de las posiciones desde las que uno habla, para facilitar
así el diálogo a partir de esos lugares.
Hay que construir a cada momento las relaciones entre los sujetos
y no considerarlas como si todos estuviéramos hablando desde
el mismo lugar. Soy consciente de que eso se complica especialmente
porque los músicos (y la mayoría de los etnomusicólogos
son también músicos en alguna medida) suelen absorber
esa ideología del arte occidental post-iluminista afirmando
para el mundo entero que la música (su música) es un
lenguaje universal que habla por sí sola. Por supuesto que es
posible defender esa posición, pero no olvidemos que hay una
dimensión inconmensurable en la recepción musical.
II.
El primer punto sobre la música afro-americana que quería
comentar es que se trata de una música en la que hay todavía
un intento muy fuerte por parte de las comunidades de mantener sus
circuitos propios musicales (quizás no muy distinto de lo que
ocurre en España, donde las diversas naciones se esfuerzan por
promover y preservar sus tradiciones musicales de referencia); o sea,
por mantener un control sobre su entrada en el mundo amplio. Ello es
particularmente relevante en el caso de la música afroamericana
porque es producida en el interior de naciones que fueron formadas
bajo el régimen de la esclavitud y que existen desde hace poco
más de dos siglos, es decir, no más de cinco generaciones
de ex-esclavos, las cuales conservan sus tradiciones musicales, siempre
en condiciones extremadamente difíciles. Y una transformación
social profunda que haya roto con la formación colonialista
y explotadora generada desde los días de la colonia esclavista,
hasta ahora sólo la ha habido, entre todos los países
que componen Afroamérica, en Cuba.
Resumiendo lo dicho hasta ahora, nuestros países todavía
están viviendo, también en el terreno de la música,
una realidad post-esclavista. Muchas comunidades se mantienen con sus
tradiciones rituales, sean sincréticas con el catolicismo, o
sean todavía derivadas exclusivamente de las tradiciones africanas.
En otro ensayo he intentado comprender en qué medida la música
popular brasileña surgió en contigüidad y como consecuencia
de ese circuito oral tradicional post-esclavista (Carvalho 2000). Más
tarde, se conectó con el circuito musical urbano comercial (como
fue el caso de la samba en Rio de Janeiro) que surgió de formas
del siglo diecinueve que eran también parcialmente sagradas;
y después se secularizó al volverse una música
popular comercial capaz de transmitir un elemento nuevo de identidad
(a través de un proceso de negociación y cooptación
estético-político con la clase blanca dominante), más
allá de las comunidades tradicionales de donde surgió,
pudiendo entonces hablar para la nación como un todo. Se trata
de un proceso de grados o niveles expresivos, de salida del mundo comunitario
de la tradición oral hacia circuitos urbanos abiertos, con otros
tipos de mediación, tales como la radio y el disco y, más
recientemente, la televisión. Y en este momento actual, como
dije anteriormente, pasa a ser un fetiche: no solamente es valorada
nacionalmente sino que juega también otro papel en un circuito
internacional. La música de origen africano en América
y el Caribe pasó en un siglo de ser totalmente rechazada, censurada,
prohibida, ridiculizada y estigmatizada por la élite blanca,
a ser consumida ávidamente hoy día como un producto capaz
de transmitir goce y sentido de pertenencia a naciones y sociedades
que se autodefinen como multiculturales.
Y acá el primer punto teórico importante es que se separa
la cultura de la sociedad. Han surgido varios estudios etnomusicológicos
en los cuales se habla de la música, de la cultura, de los músicos,
pero no se habla de los dilemas de la sociedad. ¿Por qué?
Porque nos interesa la música afro, pero no nos interesamos
por la pobreza de los músicos afro-americanos. La situación
de carencia y explotación sufrida por las comunidades que producen
esa música no nos conmueve y el asunto no está en la
pauta de los que estudian y/o consumen comercialmente esas tradiciones
musicales. O sea, éste ya no es un problema para el capital,
que no tiene preocupaciones éticas más allá de
la obediencia a la lógica de la plusvalía. Para el capital,
tanto la música como el músico, sus imágenes y
sus reproducciones audiovisuales, son solamente mercancías y
la mercancía no posee subjetividad. La mercancía no sufre:
solamente se rompe, se agota o cae de precio. Una mercancía
no es ni pobre ni rica, ni es enferma ni es sana, ni es auténtica
ni es copiada. A menos que esas cualidades puedan ser capturadas también
como una nueva mercancía que se relaciona con las mercancías
ya establecidas – por ejemplo, la música afroamericana o el
músico afroamericano, resignificados en un momento y contexto
dados para abrir nuevos frentes de seducción para el consumo.
Por otro lado, ése es un problema para los estudiosos: ¿de
qué lado estamos nosotros, al observar la mediación de
esa música expropiada para fuera? Sintetizo acá algunos
ejemplos que discutí sobre la llamada world music. D esde
los años ochenta, uno de los modos de expansión del imaginario
de la música popular comercial occidental (sobre todo del mundo
anglosajón, que es el más poderoso), fue establecer vínculos
con las tradiciones africanas a través de estructuras empresariales
de cooperación muy desiguales y específicas.
Un ejemplo que me gustaría presentar es el de la grabación
que hizo Paul Simon con el grupo de percusión y danza Olodum,
de Bahia, en la cual, de repente se cruzaron dos universos muy distintos
de intereses estéticos, políticos, económicos
e ideológicos. Busqué ver las consecuencias, para la
tradición musical afro-brasileña de ese encuentro de
Paul Simon con Olodum. Para recordar muy brevemente ese episodio, Paul
Simon primero hizo Graceland , un disco en homenaje a la música
de África del Sur, y que puede ser considerado un marco dentro
de una cierta estructura geopolítica de lucha artística
contra el apartheid . Algunos años después,
fue a Bahia para rehacer ese mismo proyecto con la música afrobrasileña. ¿Por
qué escogió Salvador? Porque en Bahia florecía
un gran movimiento que había surgido también conectado
al movimiento de África del Sur, de lucha por la autoestima
de los negros. Bahia, desde el punto de vista de la cultura afro, es
el estado más poderoso y con la mayor población afro
en el Brasil, pero también es uno de los estados más
miserables, con una de las peores condiciones de vida de las comunidades
de origen africano. Olodum era uno de esos grupos musicales de acción
comunitaria de Salvador, cuyo imaginario está muy relacionado
con Jamaica, con los negros norteamericanos, con Nelson Mandela y su
lucha antiapartheid, como inspiradores de la lucha antirracista específica
de Brasil.
Tanto el repertorio percusivo como el de las letras de Olodum estaban
construidos dentro del imaginario de una música de resistencia.
De ahí que ese movimiento musical no estuviera necesariamente,
en aquel momento, fetichizado como una música popular transnacional
o de interés puramente de entretenimiento. Tenía una
base en la comunidad afrobahiana, era un portavoz de la resistencia
negra local - creativa, por supuesto, experimental hasta cierto punto,
pero vinculada al afoxé , que es una de las raíces
sagradas de la música africana en Salvador. Con esa base ritual,
Olodum podía hablar en un idioma político construido
para la hegemonía en el espacio público.
Cuando Paul Simon hizo el convenio que le posibilitó incluir
la música de Olodun en su disco Rhythm of the Saints ,
lo que hizo fue despolitizar la escena política del Olodum en
Salvador. De varios modos (doy apenas un resumen de un tema muy complejo)
y en varios planos, alteró la escena económica y también
la escena estética de ese movimiento político-musical.
Primero, la música de Olodum entró en el disco de Paul
Simon como un cristal autónomo, al cual él recurrió en
cierto momento y lo utilizo en un cierto punto de su arreglo: de hecho,
una citación de un bloque percusivo sin mezclas con las demás
partes de canción. Algo que, si hubiera querido, solamente con
un botón podría haberlo eliminado de la grabación,
porque entró en una de las cuarenta o sesenta pistas que pueden
usarse en una grabación. Eso ya indica algo: Simon escuchó Olodun
y lo incorporó como un bloque. O sea, hay una estética
que es propia de la música del cantautor (que es el origen musical
de Simon) y en un cierto momento él añade a esa estética
establecida un bloque afro que está ahí, que aparece
entonces exactamente como un fetiche, como un emblema, como un icono
que expresa el tipo de conexión que Paul Simon y su público
desean mantener con la música de origen africano. Pero en ese
acuerdo que alcanzó con Olodum, Simon le devolvió la
mirada eurocéntrica colonialista. Olodum pasó a verse
a sí mismo de otro modo, después de que el poderoso super
star blanco norteamericano va y hace ese acuerdo con ellos. Hasta
aquel momento, los músicos de Olodun básicamente luchaban
para mejorar el auto-estima del negro brasileño, pero en esa
relación con Paul Simon ellos de nuevo se pusieron en una posición
subalterna frente a un músico blanco. Simon les quitó el
protagonismo simbólico y la trayectoria de Olodum será muy
distinta a partir de ahí, a consecuencia de esa nueva pérdida
de protagonismo. ¿Por qué? Porque otros productores querían
ahora proyectar giras internacionales con la música de Olodun.
Pero cada vez más, las giras van obligando a que la presentación
sea una presentación digerible por un público que ya
no está luchando por las comunidades negras; ellos quieren solamente
una música de entretenimiento. Entonces, cuando van a Alemania,
Francia y demás países occidentales, se transforma el
sentido estético de esa música. Ello se puede ver también
en las grabaciones. Las letras se van volviendo menos políticas
y más románticas, de placer común: vamos a bailar
y a ser felices, etc. Asimismo crece el fetiche de la corporalidad.
Su mensaje pasa a ser una invitación mucho más para turistas
y ello se puede ver en el momento en que su música dejó de
ampliarse en el campo de la experimentación estética.
III.
Creo que es posible psicoanalizar muchas veces ciertas tradiciones
musicales, por lo menos en un sentido metafórico, y señalar
en ellas el equivalente sonoro del chiste ( Witz ) freudiano.
Muchas veces, cuando ocurren esos cambios políticos e ideológicos
tan fuertes, algo del signo musical también cambia y es posible
quizás detectarlo o quizás confirmar una hipótesis
que uno ya tenía -es el propio sistema musical el que denuncia
que está cambiando. Hay una letra de Olodum, de tono irónico,
tres discos después del de Paul Simon, que dice: “Olodum tá hip/Olodum
tá rock/ Olodum tá reggae/ Olodum tá hop/ Olodun
pirou de vez...” Traducido: "Olodum está hip, está rock,
está reggae, está pop, Olodum enloqueció de una
vez por todas!". Puede parecer un chiste pero describe bien lo
que pasó: el grupo musical perdió el rumbo, ya no sabía
si era de resistencia afro o si era mero pop comercial. Cualquiera
de los compositores de Olodum pudo haber compuesto esta frase, pero
la veo reveladora como si fuera el famoso lapso freudiano que cambia
una palabra por otra y revela los procesos profundos de cambios negados
por la conciencia en su intento de controlar la auto-imagen ante el
público. La marcha acrobática también, el propio
ritmo afro-reggae aparecerá ahora más congelado. La corporalidad
de los tamboreros y bailarines, antes asociada a una música
medio guerrera, tenía la forma de una marcha de protesta, inspirada
en las luchas de Nelson Mandela, Bob Marley, con el espíritu
del reggae, o del rap, básicamente de resistencia. De repente,
la gestualidad de los brazos que tocan el tambor aumenta demasiado,
la sonrisa es menos desafiadora y Olodum empieza a asumir un aspecto
de producción cultural ya no exclusivamente dedicada a la protesta
anti-racista sino destinada también al entretenimiento de los
turistas que invaden el centro histórico de Bahia.
Creo no estar hablando de una caricatura, pienso que se pueden ver
esas transformaciones en muchos géneros musicales. Es algo parecido
al efecto producido por John Lennon cuando dijo “The dream is over”.
El día en que pronunció esa frase para un periodista,
Lennon decretó el final de la ideología de protesta del
rock'n'roll. John Lennon estaba diciendo implícitamente con
esa frase: el sueño de esa música revolucionaria que
podría cambiar las estructuras se acabó, porque ahora
soy un multimillonario que vive en el super exclusivo edificio Dakota.
Así, en las transformaciones musicales se puede ver la geopolítica,
se pueden ver transformaciones estéticas que reflejan relaciones
entre grupos étnicos, sectores del circuito del capital, nacionalidades,
posiciones sociales, políticas, raciales, de género.
Después de Paul Simon hubo una avalancha de expropiaciones travestidas
de diálogos norte/sur en la música afro. Surgieron grandes
circuitos: Peter Gabriel hizo con Youssou N'Dour algo parecido a lo
que hizo Paul Simon: lo trajo para los grandes shows “globales”.
Lo mismo sucedió con Totó la Moposina, que el mismo Peter
Gabriel llevó desde Colombia a un festival de world music en
Toronto. Luego, Toto grabó en Londres y se proyectó a
través del sello de Gabriel. Después hubo colaboración
de Sting con Raoni, el indio brasileño. Ustedes posiblemente
supieron de ello por los medios de comunicación. Después
Sting va al Xingu, al Amazonas brasileño, también se
pinta como los indios y proyecta esas imágenes para el mundo
entero. En un cierto momento esas trayectorias tenían sentido
mediático, en un otro momento ya no, porque la carrera, la producción
y la voracidad que ese mundo de la música popular exige de los
productores del gran circuito, los forzó a que se separaran.
Sting regresó a su otra estructura del mega circuito mediático
y el interés por salvar la Amazonía se volvió obsoleto
dentro de otros proyectos. En cuanto a Raoni, el indio, volvió para
la floresta del Xingu y ahora ya no quiere saber más de los
músicos blancos.
Hay, entonces, como huellas que han quedado, como rastros que en un
cierto momento confluyen y después sus trayectorias se separan
otra vez. Y, en verdad, hablando de los últimos veinte años,
esos grandes circuitos no desafiaron la estructura racista, colonialista,
eurocéntrica (permítanme usar esas palabras, porque son
las apropiadas) que ya existía antes. Es una continuidad de
una vieja estructura de subalternidad. Y así se ha ido creando
un poderoso proceso de mitificación por parte de esa industria
musical que ahora se ha globalizado. ¿Y por qué mencioné esos
casos? Porque creo que la escala de la producción y difusión
de los fenómenos musicales es por sí misma una clave:
la escala es algo problemático porque es tan grande que su propia
desmesura la vuelve irresponsable, no hay ningún compromiso,
ninguna promesa de continuidad cuando se trata de una escala de producción
de bienes mediáticos de consumo tan grande, con tanto dinero
puesto en esa producción de discos, shows , videos,
películas, entrevistas, etc.
Doy otros ejemplos más de eso que llamo la canibalización
musical. Cuando interesa a la trayectoria de un determinado compositor
o de un grupo "exotizar" su música, siempre pueden
buscar canibalizar algo pero después su trayectoria sigue por
su propia cuenta. Esta es una vieja discusión que ya se presentaba
entre apocalípticos e integrados frente a la cultura de masa,
originalmente formulada por Umberto Eco. Cuando la música, tradicional
o sagrada, pasa a la música popular o pasa a servir a intereses
propios del campo de la música popular (tales como el interés
del turismo, el entretenimiento, el consumo ampliado) hay en esas negociaciones
un cierto momento, en todos los casos que conozco, en que la comunidad
pierde la noción de la naturaleza de las consecuencias estéticas,
ideológicas o políticas de esas negociaciones. La comunidad
entra en un universo para el cual ya no está totalmente preparada
y ya no puede saber qué está pasando exactamente. Veamos
el primer ejemplo.
Milton Nascimento, uno de nuestros principales cantantes populares,
es un negro del estado de Minas Gerais que después de dos décadas
de gran fama en el Brasil pasa a formar parte de un circuito internacional
de músicos populares, siguiendo la línea de la world
music . Comienza a circular entonces entre músicos denominados "transnacionales" y
en un cierto momento vuelve a verse a sí mismo, a partir de
una política de identidad musical norteamericana o británica,
como un negro de Minas. Luego recuerda que en Minas existe el Congado,
que es la tradición ritual negra católica, musicalmente
muy rica. Entonces lanza un disco titulado Los Tambores de Minas en
el cual se viste de rey de Congo (cosa que el aparentemente no es)
y canta unas canciones sagradas de Congado, en portugués. Ahora
los músicos de los Congados están muy sorprendidos y
aturdidos, hasta perturbados con lo que pasa, porque sus canciones
tienen un sentido esotérico, secreto, pero las cantan en portugués.
Por doscientos años su repertorio, que es muy bonito, de canciones
maravillosas, pertenecía solamente a ellos, y nunca interesó a
los productores y consumidores de la música popular escuchar
la música del Congado (también por el propio racismo
constitutivo del Brasil). Cuando, para atender a una necesidad de canibalización
de la música contemporánea, Milton Nascimento pone una
canción del Congado en su disco, muchos otros músicos,
menos famosos, pasan a imitar su gesto y también quieren apropiarse
de esas canciones para vender discos.
Hoy día se está convirtiendo en una especie de nueva
moda introducir trozos de música sagrada en la música
popular, pero el efecto en la comunidad es muy grande porque es una
música que tiene otro significado allí, y ello divide
a la comunidad. La comunidad se divide porque muchos músicos
jóvenes creen necesario expandir los horizontes de difusión
de su música mientras otros están alarmados porque no
pueden negociar su entrada en ese mundo más complejo. Hay una
especie de pérdida de significado, una pérdida de horizonte
y del propio valor estético. El poder estético de la
música cae en muchos sentidos, porque la música es un
fetiche tanto interno como también externo. Uno de los grandes
mensajes de la conferencia de Bruno Nettl fue recordar esos dos lados
del fetiche. Yo voy a dar el ejemplo de cómo es un fetiche interno,
para comparar quizás la música de Mozart y Beethoven
en tanto que expresiones de una geopolítica, con la música
del Congado. El esfuerzo del conservatorio por mantener esa tradición
es, por ejemplo, conservar la cosmovisión cristiana. Las comunidades
también intentan hacer lo mismo con sus tradiciones musicales,
pero con menos recursos: ambas son, también, modos o intentos
de reserva de mercado.
Doy ahora un ejemplo que une música clásica europea
y música popular afroamericana, comparando el presupuesto para
la música de las municipalidades de Buenos Aires y São
Paulo, ambas ciudades con diez millones de habitantes. Las dos ciudades
gastan aproximadamente el mismo montante de cien millones de dólares
por año para los proyectos musicales municipales. Sin embargo,
me han informado de que la alcaldía de Buenos Aires reserva
sesenta millones de dólares exclusivamente para la temporada
lírica del Teatro Colón y cuarenta millones para todo
lo demás. Por otro lado, São Paulo invierte la mayor
parte de ese dinero en música popular. Eso muestra que la reserva
del mercado de la música es parte de la estética musical,
o sea, los conservatorios ponen millones y millones de dólares
para que ese cristal que es la música clásica europea
no se disuelva. Podemos concluir entonces que ese tampoco es el campo
del mercado libre. La continuidad de la música clásica
es algo que trasciende a la comunidad de músicos y funciona,
de hecho, como una razón de estado. Así Argentina lucha
desesperadamente, con esa reserva de mercado musical, para seguir siendo
uno de los cinco puntos principales de la ópera del mundo. Y
permanecer en su estructura de prestigio significa no caer fuera de
ese circuito, con un costo altísimo para las demás tradiciones
musicales argentinas. Yo creo que ese caso puede ilustrar lo que dije
antes sobre la influencia del factor escala de producción musical.
Y cada vez es mayor esa lucha, porque Milán, París, New
York, Australia pueden poner más dinero. Y ¿cómo
hará Argentina para equipararse en presupuesto con esos países
riquísimos? Porque la ópera es tanto un fetiche externo
como interno.
IV.
Recordar las presiones sobre las tradiciones musicales puede ser desagradable
ya que implica restar a la música algo de lo sublime pero me
parece importante mencionarlo, porque uno piensa que es un juego libre.
Los colegas optimistas que creen que el vaso de agua está medio
lleno, todavía, dicen, ”Pero, todavía hay negociaciones,
para allá y para acá, se gana y se pierde, etc.” Sí,
pero quizás sea como el juego de España y Corea del Sur
en el pasado mundial: se supone que puede ganar cualquiera pero si
se anulan los goles españoles, mejor. Ésta es un poco
la situación de la lírica en un país periférico:
se ponen millones de dólares para mantenerla. Supuestamente
cada uno puede ir cuando quiera a la ópera, pero si se pueden
poner sesenta millones de dólares, mejor. Esa es una estructura
política y financiera montada para permitir que una determinada
estética musical permanezca viva.
Podemos ahora sacar ahora algunas conclusiones más generales
a partir de esos ejemplos. En algunos casos, las hibridizaciones resultantes
de las negociaciones han permitido una nueva línea entera de
producción y de un quehacer musical que se independiza de las
estructuras anteriores. El caso del rap y quizás del reggae
es uno de los más fuertes, pero justamente son aquellos que,
debido a la radicalidad de su política de identidades, han interesado
menos al circuito comercial hasta ahora. Así las comunidades
pueden ser más poderosas, pueden tener más espacio para
negociaciar las hibridizaciones de los géneros, ganar con ello
y seguir siendo autónomas en el ejercicio de su propia imaginación
musical. Creo que cuanto más grande es la presión del
fetichismo de la world music , las comunidades se hallan ante
una situación más compleja. Porque van a crecer las presiones
sobre ellas: los productores, los mediadores, los circuitos internacionales,
la publicidad, el turismo... Es muy complejo manejar todo eso de un
modo que permita preservar el misterio, el carácter del fetichismo
interno de su música, y que su música no se desacralice
de todo.
Termino con un interrogante, pensando en todos esos casos como si
fueran predicamentos, entre la necesidad de la negociación y
la imposición de hibridizaciones. Y aquí llegamos quizás
al último punto: si hay negociaciones para que la música
tradicional entre en un mundo más amplio, con sus circuitos
de consumo y el turismo internacional, es porque hay un reino de lo
innegociable. Si se negocia, es porque hay algo que no se va a negociar,
que es lo sagrado interno. Y una gran parte de la música producida
por las comunidades de origen africano está ligada a tradiciones
sagradas internas.
V.
Propongo reflexionar, para concluir, sobre tres tareas asumidas por
el etnomusicólogo a lo largo del desarrollo de la disciplina
en el interior de la academia. Una primera misión, de grandes
proporciones, fue registrar el objeto musical, el producto de las tradiciones
musicales de todo el mundo. En la primera fase de la etnomusicología
se defendió la idea de que aumentar el interés, la curiosidad,
el respeto y el amor por la tradiciones musicales, implicaba rescatar
la música, registrar el objeto musical. En aquel contexto, la
tarea del etnomusicólogo (por lo general, un occidental) fue
básicamente la de grabar repertorios musicales por todo el mundo
y con ellos formar archivos de música de tradición oral,
nacionales e internacionales. En un segundo momento, que podría
haber empezado con personas como Alan Lomax en los años 50,
la misión de uno sería volverse portavoz de la comunidad
de músicos en su diálogo con el mundo del etnomusicólogo,
que ciertamente siempre fue un mundo mucho más poderoso. Un
poco equivalente al segundo momento sería la misión definida
por Franz Boas para la antropología: decir la verdad al poder.
Como soy etnomusicólogo puedo situarme en una posición
de mediador: estoy más cerca de la comunidad y hablo para el
poder para que el poder pueda ejercer la ecuanimidad de que hablaba
Lomax en la relación con esa comunidad. Pero ese papel de mediador
llevó a muchos investigadores a mediar la plusvalía del
capital. ¿Por qué? Porque no habíamos introducido
demasiado la dimensión del poder como un elemento constitutivo
del análisis cultural. Así una gran parte de esa condición
de portavoz era ser portavoz también del capital. Porque la
academia también lo fue, en gran medida, pero no quiso tocar
mucho ese tema. Y eso es un verdadero terremoto ahora porque el capital
nunca ha sido tan voraz, nunca fue tan extraordinariamente poderoso,
irrespetuoso en relación a los países y a las leyes internacionales,
a los organismos que deberían proteger el patrimonio cultural
de la humanidad como la UNESCO, entre otros.
En el momento presente sabemos que es muy difícil cumplir bien
esa misión por varias razones: primero, el capital es muy autónomo
y su voracidad muy alta. Segundo, la necesidad de entretenimiento,
de fetichización, en todas las áreas, es gigantesca.
Tercero, porque hay una especie de tedio constitutivo en los consumidores
de los países ricos, los cuales necesitan en cada momento canibalizar
tradiciones culturales de cualquier parte del mundo para mantener una
sensación de vitalidad en su cotidiano desacralizado por el
orden del capital. Esa realidad puede cambiar en cinco años
o en diez años pero las consecuencias, mientras no cambie, pueden
ser desastrosas, porque la auto-imagen de muchas comunidades se puede
deshacer frente a esa canibalización tan voraz e intensa. Entonces
en ese momento, en los casos donde el etnomusicólogo estudia,
donde tiene acceso y una comprensión más completa de
todo ese panorama, quizás él deba funcionar ya no solamente
como el que registra el objeto, ni siquiera solamente como el mediador,
el portavoz. El etnomusicólogo debe actuar también como
una especie de escudo, como una barrera más de protección
contra esa explotación irresponsable, sin sentido, que resulta
de ese fetiche intenso en que se ha transformado la música de
origen africano en el mercado internacional de la música popular.
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2002.
- CARVALHO, José Jorge, Las Tradiciones Musicales Afroamericanas:
De Bienes Comunitarios a Fetiches Transnacionales . Série
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2002.
- CARVALHO, José Jorge, “Un Lugar de Descanso - y Perplejidad.
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Entrevista concedida a Francisco Cruces”, SIbE: Boletín
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No. 9, 6-8, enero de 2003, Madrid.
- CARVALHO, José Jorge , A
Tradição Musical
Iorubá no Brasil: Um Cristal que se Oculta e Revela ,
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de Brasília, 2003.
- GILROY, Paul, The Black Atlantic . Cambridge: Harvard
University Press, 1993.
- LEPPERT, Richard & Susan McClary (eds), Music and Society . The
Politics of Composition, Performance and Reception . Cambridge:
Cambridge University Press, 1987.
- LOMAX, Alan, Appeal for Cultural
Equity, Journal of Communication,
125-138, Spring 1977.
- MCCLARY, Susan, Feminine Endings : Music, Gender, and
Sexuality. Minneapolis : University of Minnesota Press, 1991.
- PERAINO, Judith, I am an opera: Identifying with Henry Purcell's
Dido and Aeneas. En: Corinne Blackmer & Patricia Juliana Smith
(eds), En Travesti.
Women, Gender, Subversion, Opera . New York: Columbia University
Press, 1995.
- Agradezco a Francisco Cruces
la gentileza de la invitación para hablar en el Congreso de
la SIbE. He optado por conservar el estilo oral del presente texto,
próximo de la conferencia que dicté en Madrid.[§]

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