El
desplazamiento de los discursos de autenticidad:
Una mirada desde la música
Ana
María Ochoa
Este artículo
analiza el traslado del relato de la autenticidad. uno de los valores
de mayor importancia adscritos a la música popular hoy en día, hacia
las músicas masivas como el rock y las "músicas del mundo"
(world music). Sostiene que las formas como interactúan tecnologías,
mercados e imaginarios en torno a estos géneros musicales nos proveen
de claves sobre las relaciones de poder entre las nuevas subjetividades
y las estrucrturas de la industria y el mercado
Hay relatos que cargan con el
sentido de nuestra existencia. Uno de ellos, estrechamente ligado al
devenir de los ojos con que miramos las manifestaciones artísticas
a nuestro alrededor, ha sido el de la autenticidad, palabra que ha cobrado
renovado vigor en el mundo de las músicas populares urbanas contemporáneas.
Hablan de autenticidad los roqueros, especialmente los del llamado rock
alternativo; hablan de autenticidad los jóvenes que van a llenar
masivamente las discotecas de baile en las afueras de Londres; hablan
de autenticidad aquellos que producen y consumen las músicas
de diferentes regiones del planeta, hoy comercializadas a nivel mundial
bajo el rubro de world music y también los músicos
desconocidos de las regiones que buscan afianzar su cultura mediante
procesos políticos de recuperación cultural. Y así
la lista podría seguir. Probablemente, el valor de mayor importancia
adscrito a la música popular hoy en día, es el de la autenticidad(1).
Y lo interesante es que se hace presente como valor fundamental en manifestaciones
musicales de muy diversa índole que jamás hubiéramos
imaginado asociadas a esta noción.
Una de las dimensiones más fascinantes y complejas
de la globalización es la manera como se entrelazan viejos y
nuevos modos de habitar el mundo. Es aquí donde observamos que
lejos de haber un relato lineal que nos lleva del mundo tradicional
al moderno contemporáneo, o del canto comunitario del ritual
al masivo del rock, lo que encontramos es una polifonía de voces
y saberes mediados por las nuevas tecnologías y ofrecidas al
público, en la mayoría de los casos, por las estructuras
de la industria cultural. Lo interesante del traslado del relato de
la autenticidad -históricamente ligado al folklore o a las músicas
eruditas- hacia las músicas masivas, es precisamente el modo
como interactúan tecnologías, mercados e imaginarios de
tal manera que estos géneros musicales nos proveen claves sobre
las relaciones de poder entre nuevas subjetividades y estructuras de
la industria y el mercado.
Voy a escoger sólo dos de los relatos de lo auténtico
para tomarlos como punto de partida para pensar la relación entre
subjetividades y mercado: el que nace desde el rock y el de las «músicas
del mundo» (world music). Empiezo con el primero.
Cada época en la historia del rock ha traído
consigo su propio relato de autenticidad(2).
Desde el rhythm and blues, pasando por el inicio de los Rolling
Stones que se posicionaron rápidamente como una imagen más
rebelde que la que ofrecían los Beatles, al movimiento Punk,
al rock alternativo de finales de los ochenta y el rock en español
de la actualidad, se habla -según los términos históricos
que caractericen el momento- de los diferentes elementos que componen
lo que ha llegado a constituirse en la mitología de la autenticidad
en el rock. Estos elementos son sorprendentemente similares a los que
históricamente se asociaban con la autenticidad en el folklore.
No es casual que a finales de los sesenta, el rock fuera llamado «la
musita folklórica de nuestro tiempo» (3).
Los argumentos que movilizan tanto los consumidores como
la industria y los artistas para sustentar la autenticidad del rock
son: primero, es una música que crea comunidad: en este caso,
la comunidad de jóvenes. Esta comunidad se define no tanto por
su relación cara a cara sino por compartir una serie de gustos
y sensibilidades. Segundo, es una música que alude a una experiencia
definida como verdadera en donde aspectos tales como la espontaneidad,
la verdad de los sentimientos (frente a la falsedad que ellos ven en
la música pop, por ejemplo) y la intensidad de la experiencia
vivida en la relación entre artistas y público son esenciales.
El rock siempre ha sido un género que se define
en contra del orden establecido. Su historia aparece como una secuencia
continua de «nuevos» retos contestatarios. Como bien dice
Simon Frith, «el rock and roll, los rhythm and blues
y el punk fueron vividos y experimentados sucesivamente, como
formas más verdaderas que las formas del pop contra las cuales
se definieron»(4). Este nacimiento
contestatario de los géneros que componen el rock frecuentemente
está seguido de denuncias agresivas de «vendidos»
a los grupos que componen estas tendencias cuando se integran al mercado
masivo. La historia del rock aparece como un vaivén entre el
surgimiento de grupos contestatarios y su conflictivo ingreso al mercado
masivo; movimiento que es visto como una traición al sentimiento
de autenticidad. Es, tal vez hoy, el rostro cambiante del movimiento
del rock en español, a medida que sus discos se posicionan estratégicamente
en el mercado global y en MTV.
Entre su ideología rebelde, su intensidad de sentimiento
y su presencia masiva y millonaria en el mercado, el rock tiene una
paradoja permanente, fuente de no pocas angustias para creadores y consumidores
y de mucho dinero para la industria musical: aquí la rebeldía
rápidamente se convierte en fetiche.
El otro elemento contra el cual históricamente
se ha posicionado el rock es, paradójicamente, la tecnología,
definida en muchos casos como la responsable de la sensación
de alienación. Así, uno de los grandes valores en la historia
del rock es la presencia del cantante en vivo, su teatralidad. Las denuncias
son contra aquellos espectáculos que se han vuelto excesivos
en su utilización de tecnología. Estas denuncias prevalecieron
entre las décadas del 50 al 80, pero han ido
Cediendo en algunos casos a medida que el estudio de grabación
se vuelve una fuente de creación cada vez más central
para las músicas populares urbanas. Sín embargo un programa
como Unplugged, que busca presentar a los cantantes sin intermediación
de lo tecnológico, se revierte precisamente a esta ideología.
Lo paradójico es que los efectos musicales que
se utilizan para construir el guaje emotivo de la música popular,
clave de su afianzamiento como espacio construcción de nuevas
identidades, frecuentemente se hacen posibles gracias a las nuevas tecnologías.
El micrófono, por ejemplo, ha jugado un papel decisivo en la
construcción de una carga afectiva en el canto popular al hacer
susurro erótico y privado un ingrediente del espectáculo
masivo. Y más recientemente, son las nuevas tecnologías
de grabación las que le han abierto las puertas al surgimiento
de grupos independientes y de nuevos géneros musicales como el
de rock en español, el rap y otras músicas.
Debido a su carga afectiva y a su posición contestataria,
el rock se define como generador de una sensación de libertad
que se construye sobre la acentúan de lo emocional y de lo físico
como elementos claves de interacción y de concepción musical.
El rock es vivido como algo genuino, verdadero, espontáneo, intenso
y lo es desde las emociones y desde el cuerpo. Por ello, el objeto de
culto no es el objeto de arte sino el artista mismo que adquiere el
aura de representatividad de esa autenticidad frente a los consumidores.
El «impulso racionalizador del espacio urbano» contrasta
notoriamente con la construcción afectiva, profundamente mitológica,
de la más urbana de las músicas. Walter Benjamin esperaba
que la «reproducción mecánica emanciparía
el objeto de arte de su dependencia parasitaria en el ritual»(5).
Lo que Benjamin tal vez no alcanzó a experimentar fue las formas
como los viejos relatos de culto y de ritual se incorporan a los nuevos
relatos de producción y de consumo artístico, aunque sí
advirtió el peligroso traslado del objeto de culto de la obra
de arte al ídolo(6).
Los diferentes ingredientes que constituyen la noción
de autenticidad que se desprenden del rock nos remiten inevitablemente
a dos relatos históricos de lo auténtico. El primero,
aquel construido por los folkloristas desde el siglo XVIII y en el cual
se valoran dos elementos fundamentales. Uno social: el folklore como
experiencia de comunidad que contrasta con el individualismo alienante
de la sociedad ilustrada y detezrci~nada por la noción de progreso.
Otro subjetivo: la espontaneidad y la emotividad -a diferencia de la
racionalidad letrada- como garantía de la experiencia de verdad
que contrastaba con el entonces creciente mundo racional y desencantado
de la sociedad industrial. Desde el folklore, además, siempre
se dio una lucha de oposición entre tradición y modernidad
como elemento fundamental de su autenticidad, lucha que viene a posicionarse
paradójicamente en el relato roquero en su crítica y rechazo
a la industria masiva y a la tecnología como garantías
de presencia de lo genuino. A su vez, este relato de lo genuino nos
remite además a la originalidad como valor fundamental, relato
que se construyó fundamentalmente desde el romanticismo en relación
con las músicas eruditas(7).
De esta noción de autenticidad generada por los
roqueros quiero señalar dos aspectos. El primero es que las paradojas
que se desvelan en la deconstrucción de este relato, sobretodo
las relacionadas con la industria masiva y la tecnología, son
profundamente significativas. Deconstruídas y a la luz del día,
parecen cargadas de ingenuidad. Pero lo que hay aquí no es una
simple ceguera ante la realidad por parte de los consumidores, tal como
analizan algunos críticos del rock como Theodore Gracyk al colocar
ejemplo tras ejemplo de cómo la industria discográfica
no sólo ha explotado comercialmente la imagen de rebeldía
y alienación del rock, sino que además ha participado
en su construcción(8). Lo que
hay, más bien, es una búsqueda profunda de sentido de
vida, una necesidad de «reencantamiento del mundo»(9)
mediada por el gran aparato de la industria masiva y la tecnología.
El poder de lo político reside aquí de manera conflictiva
en los modos como se movilizan los procesos de identificación
al ritmo de las grandes transnacionales: es esta presencia en el mercado
la que ha constituido al rock en un relato mundial de diferencia construido
desde los jóvenes; es esta misma presencia la que generalmente
desmiente ese relato. Así, este espacio de autenticidad se constituye
desde la profunda paradoja que frecuentemente nos presenta la música:
la de ubicar el terreno de las identificaciones en el terreno de lo
comercial. Aquí el mercado es «un [conflictivo] lugar de
reconocimiento»(10).
Pero ¿qué pasa con otros relatos de autenticidad?
Tomaré el de la world music (las músicas del
mundo) con el objetivo de generar contraste y complementar la visión
de autenticidad que nos dan los roqueros. A diferencia del rock, que
se define desde su contradictoria relación con la industria masiva,
la música del mundo se define desde el espacio-mundo o desde
el espacio global, tal como su mismo nombre indica. Los discos y discográficas
producidos bajo este rubro nos invitan a un «paseo por los sonidos
del planeta» y los nombres de los conciertos y de las producciones
nos hablan de esta imaginación planetaria: Está el proyecto
Planet Drum, (Planeta Tambor) dirigido por Micky Hart; o Global
Spirit (Espíritu Global) el título de uno de los
conciertos que organiza WOMAD, la organización que dirige Peter
Gabriel, sigla que a su vez corresponde a las palabras «Mundo
de la Música, el Arte y la Danza». Está el nombre
mismo de las disqueras: Globestyle (Estilo global), Earthworks
(Trabajos de la Tierra), Realworld (Mundo Verdadero) (11).
Este contraste entre el rock y las músicas del
mundo nos señala una diferencia del momento histórico
en que ambos géneros musicales ingresan al mercado. Si el rock
es eminentemente el producto de la ciudad industrial y de la consolidación
de la industria musical a través de la tecnología de posguerra
en los años 50, la música del mundo lo es de la imaginación
y tecnologías que caracterizan a la modernidad-mundo y a las
nuevas relaciones entre procesos de globalización y regionalización.
De hecho, una categoría como estas depende exclusivamente de
los modos como las nuevas tecnologías han posibilitado el posicionamiento
de las regiones a nivel global.
La categoría de «músicas del mundo»
nace oficialmente en la industria musical en 1991. La creación
de esta categoría respondía a una necesidad comercial:
a los almacenes de música del norte europeo estaban llegando
discos que no se podían vender como folklore ni tampoco cabían
dentro de otras categorías comerciales.
La música del mundo, entonces, se refiere a todo
tipo de música que no sea de origen europeo o norteamericano,
o que pertenezca a las minorías étnicas residentes en
cualquier parte del mundo. También encontramos el término
world beat (pulso mundial) que se refiere más específicamente
a las hibridaciones entre el pop y las músicas locales bailables,
en especial las de origen africano o afro-americano(12).
Estas categorías a veces se cruzan con otras de la industria
discográfica como la de Latin Music.
La música del mundo nace en un momento de redefinición
estratégica de la industria musical en los años 80. Durante
esta época se comienzan a consolidar las grandes multinacionales
de música tales como Sony, BMG y Polygram, con sede en Estados
Unidos, Europa y Japón.
Simultáneamente, las transformaciones tecnológicas
y el abaratamiento relativo de los costos de los estudios de grabación,
hacen que comiencen a surgir a nivel mundial compañías
de grabación independientes que se dedican, en su mayoría,
a grabar fenómenos de músicas locales a los cuales la
industria musical no estaba prestando atención entonces. Todavía,
hoy en día, es esa la función principal de estos estudios
independientes. Lentamente estas producciones se fueron posicionando
en el mercado, hasta el punto de que, para 1991, las multinacionales
y la industria masiva del disco comienzan a prestar atención
seria a esta música. Surge entonces la categoría de «músicas
del mundo» como una categoría oficial de la industria musical
con datos de producción y consumo y listados de Top Ten.
Eventualmente, las multinacionales comienzan a generar sus propias compañías
independientes: esto es, compañías que son una rama de
la multinacional, pero que funcionan a la manera de las independientes:
llegando a mercados locales. Tenemos, entonces, un movimiento simultáneo
de transnacionalización y de regionalización de la industria
discográfica.
El surgimiento de las músicas del mundo como fenómeno
masivo de producción ha tenido una particularidad: ha estado
mediado por grandes figuras del pop europeo y norteamericano tales como
Paul Simon, Peter Gabriel, Micky Hart o David Byrne, por mencionar sólo
algunos, quienes han creado sus propias empresas discográficas
alrededor de estas expresiones y, simultáneamente, han renovado
sus carreras artísticas mediante la hibridación de sus
estilos con músicos y músicas de diferentes regiones del
mundo. El imaginario de autenticidad que se construye desde esta categoría
se hace en gran parte mediado por esta estructura comercial de interacción
entre lo regional y lo global y por los modos de mediación que
establecen estos grandes ídolos de la canción pop. ¿Cuáles
son los elementos que lo constituyen?
El primero es el de la construcción global de la
región sobre un topos ecológico descontextualizado. En
las músicas del mundo elementos tales como el respeto a la naturaleza,
la espiritualidad, el vínculo con las verdaderas raíces
del ser interior se despliegan como valores fundamentales, colocando
la categoría peligrosamente cerca de la de las músicas
de la «nueva era» (new age). El ser que da acceso
a ese mundo interior es obviamente el otro descontextualizado: Africa,
Asia, América Latina y Australia, pero sin la opacidad de sus
conflictos. Así, en las páginas de Internet de estas discográficas
o en los modos de hacer la publicidad de estos discos en los países
del norte, se ofrece la posibilidad de un viaje (con todos los elementos
de descubrimiento propio que se supone indica lo exótico) sin
la necesidad de salir de la propia casa, y sin la molestia de los conflictos
de lo local.
Asimismo, como en el rock, la noción de autenticidad
de esta música se define como liberadora, ya que permite el contacto
con las verdaderas emociones y sentimientos genuinos. Pero aquí
la noción de liberación no se amalgama al sentimiento
de alienación y soledad, como en el rock, sino que invita a la
superación de esta alienación mediante los nuevos ambientes
que ofrece el mundo globalizado: el vínculo con las raíces
verdaderas sin salir de la casa. Aquí la tecnología no
se menciona: aparece sublimada en la experiencia de acceso a lo exótico
desde la distancia.
El otro, como en el relato del viajero o de la antropología
hasta hace muy poco, permanece en un tiempo sin historia y se representa
miméticamente a través de los medios o en presentaciones
en vivo lejos de sus lugares de origen. Al centro le importan, primordialmente
aunque no exclusivamente, aquellos aspectos de su diferencia que son
mercadeables. Como bien señala Veit Erlmann:
Las músicas del mundo crean su experiencia
de autenticidad a través de medios simbólicos cuya diferenciación
depende vitalmente de una construcción en la cual se borren las
diferencias originales (...). En este escenario las fuerzas y procesos
de producción cultural se dispersan y se rompen sus referencias
a cualquier tiempo y lugar, aun si precisamente son la tradición
local y la autenticidad el principal producto que está vendiendo
la industria del entretenimiento global. Así, desde esta lectura,
world music aparece como el paisaje sonoro de un universo que
bajo toda la retórica de raíces, ha olvidado su propia
génesis: las culturas locales.»(13)
A través del prisma del multiculturalismo se niega
la diferencia. Por ello no todas las músicas regionales tienen
cabida en este nuevo mercado global: solo aquellas que se ajustan al
imaginario desplegado por la industria.
Pero el problema no es tan sencillo. Si en el rock la
contradicción se plantea entre la rebelión y la fetichización
de esa rebelión, en las músicas del mundo la contradicción
que se plantea es desde la emergencia de lo local en el mercado global
o, en otras palabras, en los nuevos modos que están definiendo
las relaciones de poder entre centro y periferia. Aquí es lo
local lo que se convierte en fetiche «que disfraza las fuerzas
dispersas de producción global»(14).
Pero, simultáneamente, es esta industria la que ha abierto las
puertas a artistas como Totó «La Momposina» en Colombia,
o Ladysmith Black Mambazo en Suráfrica o Youssou N'Dour
en Senegal, afianzando sus carreras, no sólo en este espacio
global, sino en sus propios lugares de origen, resignificando profundamente
los modos como se simbolizan las tradiciones a nivel local. En ocasiones,
esto se une a proyectos internacionales de derechos humanos, tal como
los megaconciertos contra el apartheid. Esta relación entre representaciones
globales y representaciones regionales de un mismo artista o de un mismo
género musical varía enormemente de un lugar a otro, hasta
el punto de que es casi imposible generalizar. Los conflictos que se
le presentan a un artista como Youssou N' Dour son diferentes a los
que se le presentan a Toto «La Momposina» o a Ladysmith
Black Mambazo porque, a este nivel, la especificidad de lo local
sí juega un papel importante. Lo que quiero señalar es
que la anulación de la diferencia a nivel transnacional para
el mercadeo de estos artistas, no necesariamente implica la negación
de lo local. Como dice Renato Ortiz, «una cultura mundializada
atraviesa las realidades de diversos países de manera diferenciada»(15).
Pero esto se une con otro elemento.
En el rock, la transformación musical muchas veces
se vive como el paso de lo alternativo a lo comercial y entonces se
habla de «deformaciones» de un estilo, de grupos vendidos,
etc.. Hay un enorme miedo a la transformación, no por lo que
pueda implicar en sí, sino por la manera como puede estar comprometida
con el aparato comercial de la industria musical. En cambio, un gran
porcentaje de las músicas del mundo toman como punto de partida
los procesos de hibridación actuales que se están haciendo
desde las músicas locales.
Ya que la relación de las músicas del mundo
con el mercado no depende tanto de lo local como de lo transnacional,
su globalización implica asumir como auténticos y originales
sonidos que en el lugar de origen se viven como versiones nuevas de
los géneros musicales tradicionales; esto es, y según
el ojo con que se lo mire, como deformaciones de la autenticidad; aquella
autenticidad patrimonial identificada con el folklore y la nación.
Lo que implica que desde un mismo género musical se pueden construir
versiones conflictivas de la autenticidad, con consecuencias a veces
bastante serias para definir espacios de participación y políticas
culturales.
Una de las realidades más contundentes de la actualidad
es cómo un mismo género musical de origen tradicional
puede existir bajo diferentes formas. Para tomar un ejemplo conocido,
está, por ejemplo, el vallenato campesino de caja, guacharaca
y acordeón; el vallenato de consumo popular urbano identificado
con cantantes como Diomedes Díaz y el Binomio de Oro y el vallenato
híbrido de Carlos Vives. En géneros como las músicas
andinas o la música llanera o inclusive en algo que consideramos
tan folklórico como por ejemplo la música que interpreta
Totó «La Momposina», también hay esta variedad
de expresiones de un mismo género musical. En Colombia estas
músicas tradicionales generalmente tienen su espacio dentro de
los festivales de música folklórica tales como el Mono
Núñez de música andina, el Festival del Porro en
San Pelayo, el de la bandola llanera en Maní, Casanare. Y cada
año se presenta la misma controversia con diferentes variantes:
quién puede participar y quién no puede participar, qué
es o no es música llanera o música andina o porro. Estas
discusiones generalmente están mediadas por los diferentes valores
a los que se asocia la autenticidad. Y muchas veces chocan fuertemente
las diferentes nociones de lo auténtico: los que se adhieren
a una noción patrimonial de la autenticidad, basada en la identificación
estrecha entre nación y folklore, generalmente no aceptan que
se presenten nuevas versiones de los mismos géneros musicales,
pero que tal vez aluden más estrechamente a imaginarios que tienen
que ver con otras formas de identificación que no son las de
nación sino las de género o edad. El problema es que una
u otra noción de autenticidad se moviliza para definir las estructuras
de participación no sólo en estos concursos, sino también
en otros espacios educativos y culturales y a veces conlleva formas
de intolerancia sorprendentes.
En las regiones, el mercado de las músicas del
mundo frecuentemente ha representado unos modos nuevos de resignificar
la memoria y las tradiciones, modos que contrastan con las definiciones
conservadoras desde las cuales se ha proyectado el folklore a nivel
nacional. En las músicas del mundo, no solo se da un proceso
de desterritorialización de esas músicas; se da, paralelamente,
un proceso de reterritorialización que puede ser conflictivo
con los modos de definir los territorios originales en los cuales se
anclaron históricamente estas tradiciones(16).
El espacio del patrimonio museificado y nacionalista no es el mismo
del de la memoria híbrida. Saberes, territorios y relatos(17)
se rearticulan generando una coexistencia difícil entre los modos
históricos y contemporáneos de vivir estos saberes. Y
es aquí, en esta resignificación de saberes y territorios,
donde las autenticidades del rock se comienzan a encontrar con las de
la música del mundo, a medida que los grupos de rock en América
Latina orientan sus estilos, cada vez más, hacia fusiones con
lo local.
El relato de la autenticidad en la música, entonces,
sirve para movilizar nuevas sensibilidades; pero al mismo tiempo se
utiliza como bandera para justificar nuevas formas de exclusión.
Lo sorprendente para mí ha sido encontrar la enorme carga afectiva
con que se defienden los territorios de lo auténtico y esto me
ha llevado a preguntarme por qué el terreno de lo musical parece
propicio para la construcción de sensibilidades tan intensas.
En la música específicamente, la tendencia a un relato
de lo auténtico, la búsqueda de lo sonoro como espacio
de la subjetividad, se da, hasta donde es posible identificar, por varias
razones. La primera descansa en las maneras en que la música
permite vivir simultáneamente experiencias desde lo racional,
lo emotivo y lo corporal. Un arte como la música estructuralmente
deconstruíble en cifras matemáticas, de una racionalidad
casi cartesiana; simultáneamente, por su naturaleza abstracta
-el sonido no es un objeto concreto- tiende a materializarse en las
propias emociones y en el sentir del cuerpo(18).
El lugar de lo sonoro, en último término es nuestro propio
cuerpo, al cual se accede desde varias instancias: la melodía,
la armonía, el timbre, el ritmo. Este modo de involucrar a la
vez varias esferas cognitivas desde una multiplicidad simultánea
de elementos sonoros, hace de la música un terreno abonado para
su vivencia como un espacio de magia. Pero además hay un segundo
elemento: la música se puede mediar de varias maneras. Podemos
escuchar una misma canción en la intimidad del walkman,
en la masificación del concierto roquero y del carnaval popular,
o en la cotidianeidad de la radio casera. Y así, esa misma canción
puede ser vivida como una experiencia de profunda intimidad o como una
experiencia de congregación masiva, permitiendo vivencias múltiples
alrededor de un mismo objeto sonoro.
No es de extrañarse entonces que, a partir de la
intensidad de experiencia que proporciona la música, se construyan
estos relatos de autenticidad y se vivan con tanta ansiedad las paradojas
que inevitablemente nacen de la relación con el mercado o con
el diseño de políticas culturales que determinan modos
de participación en el espacio público. Es precisamente
esta coyuntura la que exige enorme atención. En la actualidad,
las políticas culturales frecuentemente se definen precisamente
desde diferentes versiones de estas nociones de autenticidad: qué
grupos o tipo de trabajo cultural se apoya desde el Estado y por qué;
qué tipo de estrategias de mercado se manejan tanto desde las
discográficas independientes como desde las multinacionales;
cómo se estructuran los espacios de participación. Y aquí
se encuentran los viejos y nuevos modos de sentir y hacer el mundo:
antiguas necesidades de reconocimiento se anclan en nuevas estrategias
de mercado, o, por el contrario, se disfrazan las viejas estructuras
de poder con las palabras de moda: el multiculturalismo, la región.
Es el contraste que nos presenta el rock y las músicas del mundo
en las transacciones que se hacen entre el relato de autenticidad y
el mercado.
A la hora de movilizar masas, esta sensación de
identificación y de magia puede ser vital: fue la clave para
que la administración Peñalosa no acabara con el rock
en el parque y ha sido la clave para que estas músicas se constituyan
en movimiento. Pero, simultáneamente, a la hora de diseñar
políticas culturales, una visión acrítica y orgánica
de la autenticidad puede ser enormemente problemática. La magia
no solo libera; también atrapa.
Notas
- Ver Sarah Thornton, 1996.[§]
- Este fragmento recoge elementos presentados
por diversos textos sobre autenticidad en el rock. Ver `The magic
that can set you free:- the ideology of folk and the myth of the rock
community, En Popular Music 1, 1981: 159-168. Simon Frith, 1986: 263-79.
Theodore Gracyk, 1996 y Sarah Thronton, 1996.[§]
- Frith, 1981.[§]
- Frith, 1986.[§]
- Walter Benjamin, 1968.[§]
- En años recientes, y
debido a la creciente importancia del estudio de grabación
como espacio de creación musical, el disco ha ido adquiriendo
más valor de culto. Ver Sarah Thornton, op. cit.[§]
- Ver Regina Bendix, 1997. [§]
- Gracyk, op. cit.[§]
- Jesús Martín
Barbero, 1995: 177-192.[§]
- Renato Ortiz, Comentario a la ponencia,
Sept. 18, Bogotá.[§]
- Ver páginas de Internet de
estas discográficas.[§]
- Steven Feld, 1994: 257 -289.[§]
- Veit Erlmann, 1996: 467 -489.[§]
- Erlmann, op. cit.[§]
- Renato Ortiz, 1996: 22.[§]
- Para una discusión
sobre desterritorialización y reterritorialización ver:
Renato Ortiz, op. cit.[§]
- Jesús Martín
Barbero, 1997: 27-42.[§]
- Susan McClary, 1991.[§]
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