Estéticas
de la opacidad y la transparencia.
Música, mito y ritual en el culto shangó y en la tradición erudita occidental.
RESUMEN
El presente trabajo propone, en principio, una interpretación de un
aspecto del repertorio de cantos rituales de los cultos shangós de Recife.
Basado en ese análisis de una tradición musical específica, intentaré
también discutir algunas cuestiones más generales de método y teoría
relacionadas con la actividad musicológica en general. Para ello, pretendo
establecer algunas comparaciones entre el acercamiento teórico apropiado
para hacer una interpretación de un sistema musical tradicional (como
lo es el del shangó) y discusiones sobre la música erudita occidental
(sobre todo a partir de Richard Wagner) que buscan comprender su racionalización
cada vez más exacerbada en los procedimientos técnicos y estéticos de
composición musical. Quizás sea posible, utilizando justamente las posibilidades
de una comparación adecuada, trascender, así sea momentáneamente, las
fronteras disciplinares que todavía impulsan, por un lado, el desarrollo
de la etnomusicología, y por otro, el de la musicología, entendida como
el conjunto de teorizaciones más internas sobre la música occidental
moderna.
Características generales del culto
El culto shangó de Recife pertenece
al típico patrón afroamericano de cultos de posesión
y puede ser considerado un equivalente de la santería
cubana y del santería haitiano. En el Brasil, sus equivalentes
más cercanos serían el candomblé de Bahia, el tambor
de mina de Sao Luís y el batuque de Porto Alegre.
La tradición africana predominante en el shangó
es la Nación Nagô, la cual, muy próxima de la Nación
Kêtu de los candombléc de Bahía, constituye básicamente
una reorganización de la tradición religiosa de los Yoruba
de Nigeria. Descripciones clásicas de esa tradición pueden
encontrarse en los trabajos de Herckovitc (1966), Baccom (1972), Simpcon
(1978) y Bastide (1969). Una información más detallada
sobre la organización social, el sistema de creencia y el mundo
ritual de los cultos shangóc en particular puede encontrarse
en los trabajos de Segato (1984), Carvalho (1984 y 1989) y Carvalho
y Segato (1986 y 1987). Sin embargo, a los fines de la discusión
musical que haré enseguida, presentaré muy sintéticamente
las características más fundamentales del culto. El sistema
de creencia del shangó está constituido por tres
categorías principales de seres sobrenaturales, con los cuales
los adeptos buscan entrar en contacto a través de la practica
ritual: los «santos» u orishas, que son
divinidades de la naturaleza; el ori o cabeza, una especie de principio
vital individual; y los eguns o ancestros.
Los orishas funcionan básicamente
como intermediarios entre un dios abstracto (hoy día prácticamente
asimilado al dios católico) y los hombres. Son llamados «santos»
justamente por jugar ese papel intermediario, a partir del cual se estableció
el fenómeno del sincretismo o equivalencia simbólica entre
las divinidades africanas y algunos de los santos católicos más
venerados en el país(1). El
culto a los orishas representa la parte más
popular y festiva de las religiones afro-brasileñas y es lo que
las hace atractivas para la población en general, al punto de
ser llamadas, a veces, «religión de los orishas».
El ori es una entidad que puede ser asimilada al ángel
guardián. Literalmente ori significa «cabeza» y,
mientras el orixá remite a una dimensión intemporal
(ya que se trata de una divinidad), el on es la dimensión sobrenatural
de la vida temporal.
Los eguns son las almas de los muertos que
intervienen en la vida de los humanos y pueden incluso aparecer ante
los vivos bajo la forma de espectros o entidades perturbadoras. El culto
a los eguns es, con mucho, la parte más secreta de la
vida del shangó: es responsabilidad exclusiva de los
hombres de confianza del grupo, permitiéndose apenas a las mujeres
responder a sus cantos en el momento estricto del ritual. Dicha separación
de los eguns se hace notar hasta musicalmente, en la medida
en que su música preserva rasgos muy idiosincráticos con
relación a los otros repertorios de música ritual.
En cuanto a la vida ritual del culto, está centrada
en tres grandes áreas, de actividades: a) los sacrificios de
animales y las ofrendas para los orishas, para el
on y para los eguns, b) los rituales relacionados especialmente
con el proceso de iniciación; c) las grandes fiestas públicas,
o toques, incluyendo aquí tanto aquéllas que
cierran el proceso de iniciación como las celebraciones dedicadas
a los orishas, generalmente ligadas al calendario
católico.
De la misma manera que es propio etiquetar al shangó
como «culto de posesión» (pues el trance es sin duda
la principal vía mística ofrecida al adepto), sería
también adecuado llamarlo «religión de sacrificio».
Los tres principales rituales de sacrificio y ofrenda del shangó
son:
a) Obrigação, o sacrificio y ofrenda
para alimentar a los orishas. Es la actividad más
prominente y frecuente en cualquier casa de santo. Articula
varios y elaborados sistemas simbólicos (tales como colores,
comidas, canciones, objetos materiales, invocaciones, etc.), plasmados
en una secuencia generalmente muy compleja de actos rituales. En la
práctica, la Obrigação se desdobla en varios
ritos, interdependientes en ejecución y significado, lo que hace
que una determinada Obrigação pueda llegar a durar
hasta semanas. Por ejemplo, tres días después de la Obrigação
principal, ocurren dos rituales complementarios que nos interesan especialmente
por su material musical. Son: la Salida del ebó, también
llamada despacho, rito muy importante en la tradición
afro-brasileña y que consiste en la retirada y eliminación
de la comida preparada y de las partes de los animales que fueron dejadas
a los pies de los orishas durante el sacrificio; y
el amarre de las hojas, rito bastante secreto, y muy rico musicalmente,
centrado básicamente en las figuras de dos orishas,
Eshu y Osanyin y que cierra el ciclo de ofrendas.
b) Obori, ú ofrenda de comida para
la cabeza. Sacrificio destinado a fortalecer el on de la persona, preparándola
para soportar la posesión por su orisha, al mismo tiempo
que volverla más saludable en general. Según los adeptos,
de entre todos los rituales el Obori es uno de los más
bellos, especialmente por su música.
c) Obrigação (o sacrificio) de balé,
ú Obrigação para los eguns. Por lo menos una vez al
año se sacrifican animales y se ofrece comida para los eguns
más importantes de un templo de shangó.
Con respecto a los rituales de iniciación, los
fundamentales, más secretos o privados son: el lavado de
cabeza, acto central de la iniciación, con el cual se instala
definitivamente el orisha en el ori de la persona: la cabeza
del neófito y la piedra de su santo son lavados simultáneamente
en un líquido hecho a base de hierbas y plantas, todas con varios
poderes mágicos y pertenecientes a los diferentes orishas.
El mundo vegetal en general pertenece al dios Osanyin, y es con su planta
principal que se toca el ori del neófito en el momento
crucial del lavado. El lavado de cabeza es inmediatamente seguido
de un rito más secreto y famoso, denominado hechura del
santo o rapado de cabeza: el neófito es recluido
en un cuarto, donde se le rasura todo el cabello de la cabeza y se le
hacen, en la cabeza, en los hombros y en los brazos, cortes con una
navaja, a fin de inocular debajo de su piel algunos preparados, vegetales
y minerales, denominados ashés. El neófito permanece
en ese cuarto reservado, generalmente por todo un mes, y en ese período
aprende varias cosas sobre su santo, incluyendo las danzas y canciones
propias del orisha que ahora se apodera de su cabeza. Este
clásico esquema de rito de paso termina, como siempre en el modelo
de Van Gennep, con la fase de agregación, cuando el neófito
finalmente deja el estado de liminalidad para ser de nuevo reintegrado
a la comunidad de adeptos, ahora como un completo iniciado. Esta fase
final se realiza a través de una gran fiesta para los orishas,
en la cual el nuevo iyawo (recién iniciado) sale ritual
y triunfalmente del cuarto de reclusión, poseído por el
orisha, en medio de una multitud de fieles que lo reciben cantando
una canción exclusiva para la ocasión, llamada canto de
iyawo. Con la salida de iyawo, que puede o no ser
parte de un toque o fiesta pública, se concluye formalmente el
ciclo de iniciación en el shangó. Tendrán
lugar, posteriormente, rituales complementarios, pero sin el poder simbólico
(y también musical) de esos dos momentos máximos (el del
lavado de cabeza y la salida de iyawo).
Podría decirse que un primer contraste, dentro
de la gran división de la música del shangó,
consiste en la oposición entre el repertorio de los cantos de
alabanza a los orishas (de carácter público),
y el repertorio (de carácter privado) de los cantos que acompañan
actos rituales específicos (llamémoslos cantos funcionales).
Esta oposición se da tanto en el orden de los significados como
en el de la ejecución. Sobre los cantos a los orishas
(ver Segato, 1984) los miembros hacen muchos comentarios y apreciaciones,
definiendo la personalidad de cada uno de ellos. Particularmente en
el caso de los orishas que «bajan» a los
adeptos (como shangó, Ogun, orishalá,
Oxum, Iemanjá y Iansâ), la capacidad de proyectar significados
en los cantos es increíblemente elevada: aún cuando las
personas ya no conozcan la traducción literal de los cantos (todos
en idioma yoruba, el cual ya no se habla en Brasil), hacen sus propias
traducciones, basadas en ciertas asociaciones y coincidencias fonéticas
con la lengua portuguesa. En el caso de orishas más
abstractos (como Orumilá u Osanyin), o simplemente impedidos
de bajar en posesión (como Eshu), el perfil de los mismos se
torna menos individualizado y las interpretaciones son más generales
y homogéneas.
Por otro lado, los cantos funcionales suscitan muchos menos comentarios
o «traducciones» y de ellos sólo se discute, mayormente,
la situación y el momento precisos en que deben o no ser cantados.
Un segundo contraste entre los dos dominios musicales
se da a nivel de la ejecución. Los cantos a los orishas
están mucho más cargados de emotividad, dinámica
y energía, principalmente en las ocasiones en que hay trance,
cuando se celebra con júbilo su presencia. Mas las canciones
puramente rituales son siempre cantadas de la misma manera. Hay una
especie de indiferencia musical por parte de los adeptos en relación
con ellas y raras veces muestran alguna variación o mayor expresividad
en el modo como las cantan. Cuando se repiten, por ejemplo, su dinámica
tiende a permanecer sin cambios y ni siquiera la voz sufre alguna inflexión
especial. Dicho de otra manera, esos cantos permanecen bastante apartados
del mundo de emociones que cada ritual se propone crear. Si quiero usar
una oposición, ya clásica y muy bien adaptada por John
Blacking en How Musical is Man?, puedo decir, a grosso modo,
que los cantos para los orishas que bajan son un ejemplo
de «música para ser» y los cantos que siguen actos
rituales son «música para tener». Es a través
de los actos rituales concretos como se asegura la continuidad y el
buen camino de las fuerzas cósmicas y psíquicas puestas
en movimiento; y es con los cantos para los orishas
que se celebra y garantiza la recompensa, para el individuo, de esa
misma continuidad.
Para John Blacking (refiriéndose primariamente
al caso de los Venda del Transvaal) la «música para tener»
puede ser definida por aquellos cantos que «son más importantes
como marcos de episodios en rituales que como experiencia musical; mientras
«música para ser» es aquélla que intensifica
la experiencia humana» (1973: 50). La única diferencia
que veo entre el caso de los Venda y el shangó es que
en éste último las personas experimentan ambos niveles
de expresión musical dentro de la misma situación: pasan
sin interrupción de un canto para matar animales (música
para tener) a un canto al on (música para ser). Es decir, esos
dos niveles son solamente aspectos del comportamiento musical de los
adeptos y no (como Blacking pareció haber indicado para los Venda)
dos tipos distintos de comportamiento, separados incluso temporalmente.
Primer nivel de análisis:
Los tipos de rituales y los tipos de cantos
Me propongo ahora discutir la organización musical de los rituales
shangó a partir de tres niveles de análisis.
Los dos primeros utilizan parámetros que reflejan el modo en
que los propios adeptos categorizan su universo, mientras el tercer
nivel se mueve en un plano que podríamos considerar esencialmente
analítico. En un primer nivel de diferenciación interna
(que ya es también, obviamente, el primer nivel de análisis),
los adeptos hablan de cada ritual como una totalidad -es decir, el Obori,
por ejemplo, puede ser visto como una unidad musical. En un segundo
nivel, hablan de tipos de cantos rituales. Aquí se refieren a
grupos de canciones -sean funcionales o de alabanza- que acompañan
actos o secuencias de actos que demarcan momentos significativos de
un ritual como un todo o que identifican, por su repertorio específico,
cada orisha en particular. Uniendo los dos niveles, se puede
decir que la identidad de cada ritual está dada justamente por
la manera muy particular en la cual son combinados, en su realización,
diversos tipos de cantos rituales. Sí tomamos todos los rituales
del shangó y todos los tipos posibles de cantos, podemos
hacer una tabla que nos muestre nítidamente cómo son las
correlaciones entre rituales y cantos. Con ese propósito, presentaré
primero la lista de variables, teniendo el cuidado de incluir todos
los casos posibles de tipos de cantos, incluso las subdivisiones de
un único tipo que son relevantes para separar una variante de
un determinado ritual de otra (por ejemplo, los cantos para la matanza
de anímales, que admiten muchas variaciones) y cantos raros,
que pueden pasar hasta diez años sin dejarse oír (como
el canto para matar tortugas, que es un tipo raro de ofrenda animal).
Primero, la lista de todos los rituales posibles en el sistema del
culto:
- Obrigaçäo (sacrificio normal) para los santos
- Sacrificio de un carnero para shangó.
- Sacrificio de una tortuga para shangó
- Sacrificio de un pato para Yemanya.
- Obori.
- Obrigaçäo para los eguns.
- Salida del ebo.
- Amarre de las hojas.
- Etutú.
- Obrigaçäo para Orunmíla.
- Lavado de cabeza.
- Iniciación (hechura del santo con rapado de cabeza).
- Salida de iyawo.
- Ose (ofrenda de arroz para Oríshalá).
- Toque normal
- Toque con una cesta de ofrendas para Oshun.
- Toque con un pote de ofrendas para Yemanya.
Ahora, todos los tipos posibles de cantos:
- Cantos para matar animales, durante un sacrificio normal.
- Cantos para acompañar gestos rituales durante un sacrificio
normal.
- Cantos para añadir condimentos.
- Cantos a los eguns.
- Cantos a Orunmila.
- Cantos rituales de la Obrigaçäo para Orunmila.
- Cantos a Osanyin (comunes al Etutú, al Amarre de hojas
y al lavado de cabeza).
- Cantos específicos para el lavado de cabeza (incluyendo
otra canción de Osanyin).
- Cantos específicos para el amarre de las hojas (incluyendo
otras canciones de Osanyin).
- Cantos al ori.
- Cantos del Etutú.
- El canto de iyawo.
- Canto para la hechura del santo.
- Cantos en homenaje a los varios orishas (de Eshu,
Ogun, hasta orishalá).
- Cantos en homenaje a shangó que sólo se cantan
por ocasión de una fiesta pública.
- Cantos para despedirse de los orishas durante
el trance
- Cantos para dar término a una fiesta.
- Canto para presentar orishalá durante la fiesta.
- Cantos de celebración y regocijo.
- Cantos de ebo.
- Canto para matar un carnero para shangó.
- Canto para matar una tortuga para shangó.
- Canto para matar un pato para Yemanya.
- Cantos para la ofrenda de comidas cocinadas para shangó.
- Cantos de agbe, es decir, que se ejecutan después
del término ritual deuna fiesta.
- Cantos rituales de la Obrigaçäo de Eshu.
Para dar un ejemplo de cómo distintos tipos de cantos son combinados
en un único ritual, mostraré sucintamente el material
musical que aparece en un Obori, ritual de alta complejidad,
siguiendo el orden cronológico de su ejecución.
- En la primera parte del Obori, cuando sólo se ofrece
comida cruda al orí (cabeza) del adepto, se canta lo siguiente:
- Un canto de ori que acompaña la ofrenda de un pescado.
- Un canto para la inmolación de gallinas.
- Siete cantos para el ori.
- Siete cantos para condimentar la ofrenda.
- Un canto de ori.
- Cinco cantos para el orisha Orunmilá.
- Un canto de ori.
- En la segunda parte del ritual, cuando se ofrecen las carnes y
otras comidas cocinadas:
- Ocho cantos de ori.
- Cinco cantos para Orunmilá.
- Un canto de ori.
- Un canto de confraternización y cierre.
Podemos observar cómo en un Obori cinco diferentes
tipos de cantos son combinados de modo que producen un resultado bastante
complejo. Aún más, vale subrayar que la última
canción añade un elemento de sorpresa (o, si se quiere,
aumenta el grado de información del evento), en la medida en
que es introducida exclusivamente al final del ritual, cuando la segunda
parte no había sido más que una mera repetición
de la primera.

Una primera conclusión importante que podemos sacar de la tabla
de correlaciones es que cada ritual posee por lo menos un tipo de canto
que le es específico. A partir de esto, podemos decir que todo
ritual del shangó es singular, en lo que se refiere
al nivel musical de su expresión simbólica. Si otros niveles
del simbolismo ya distinguían los rituales entre sí, el
material musical viene ahora a intensificar esas diferencias.
Una segunda observación muy importante es que son muy pocos
los tipos de cantos que son introducidos en cada nuevo ritual; en general;
no más que un sólo tipo marca la diferenciación.
Esto nos lleva a concluir que hay un alto nivel de redundancia en la
música del sistema ritual en discusión, y que la identidad
de un ritual está dada por la presencia de un único trazo
diacrítico. De esta forma, un adepto que recién se aproxima
al culto gana una nueva parcela de información musical en cada
nuevo ritual del que pasa a participar, al mismo tiempo que refuerza
el conocimiento del material musical que ya había experimentado
en los rituales anteriores. Desde ese punto de vista, la información
musical general está más o menos uniformemente distribuida
a través del sistema entero y es solamente por la participación
desde el primero hasta el último de los rituales como una persona
puede llegar a absorber el ámbito completo de la música
del shangó.
En tercer lugar, las tablas de rituales y tipos de cantos nos permiten
también percibir que algunos rituales son realizados con un mayor
número de tipos de cantos que otros. La obrigação
para los santos y el Obori, que son dos rituales complejos
e implican una mayor participación comunal, tienen un alto número
de tipos. Podemos también ver con claridad que los rituales más
espectaculares del shangó, aquéllos que dan el
atractivo del culto (las grandes fiestas para Oxum y para Yemanya y
las salidas de iyawo con que culmina la iniciación)
son justamente los dos rituales que presentan la mayor variedad de tipos.
En contraste, la obrigação para los eguns,
la más secreta de todas las actividades del culto es, significativamente,
la más homogénea musicalmente y la que congrega menos
tipos de cantos (dos); así, sólo comparte con otros rituales
un tipo: los cantos de regocijo.
El ritual de iniciación propiamente dicho (la hechura del
santo) sólo tiene una canción específica (repetida
a lo largo del evento). Este hecho se torna más comprensible
sí pensamos que en ese rito es el cuerpo mismo del iniciante
el que se convierte en el principal vehículo de expresión
simbólica. Además, la propia actividad ritual es extremadamente
breve, y al centrarse básicamente en la persona del neófito,
excluye casi enteramente la orientación colectiva que tienen
otros rituales.
En cuanto al lavado de cabeza, se compone de un material musical
diversificado, aun cuando, como en el caso anterior, está focalizado
primariamente en el individuo. En efecto, muchos cantos son ejecutados
durante ese ritual, pero toda la acción simbólica gira
en torno de una única canción, cantada inmediatamente
antes del lavado de la cabeza del neófito, y a la cual me referiré
más adelante.
En la Salida de iyawo hay una sola canción nueva, a
pesar de las docenas de canciones en homenaje a todos los orishas,
que son cantadas en muchos otros rituales. Finalmente, y aparte de todo
lo dicho hasta ahora, hago notar que los tres cantos principales de
los tres rituales de iniciación son los únicos cantos,
en el entero repertorio del shangó, que un adepto totalmente
iniciado habrá de oír, cantados una sola vez en su vida
especialmente para él por la comunidad. Este hecho, obviamente,
acrecienta algo su posición singular dentro del conjunto de cantos
rituales.
Segundo nivel de análisis:
Las características musicales de cada ritual
Tras pasar revista a la combinación de los tipos de cantos,
haré ahora una sucinta descripción de las principales
características musicales de cada ritual, visto como un todo.
a) La Obrigação para los santos. Es, musicalmente,
el más variado de todos los rituales: docenas de cantos de alabanza
a los santos se intercalan con los cantos funcionales que se sincronizan
con los diversos actos rituales. Por esta razón, su material
musical dependerá principalmente de qué santos específicos
reciben sacrificio durante una celebración particular. Por ejemplo,
si Xangó (un orisha extrovertido) es el último
santo para el que se sacrifican animales, la obrigaçâo
correspondiente debe terminar en un clímax, con cantos muy vivaces,
palmoteos, gritos, etc.. Por otra parte, si orishalá
(un santo tranquilo) es el último santo en recibir ofrendas,
la música probablemente terminará con un estado de ánimo
más calmado. De ahí que ningún otro ritual presente
tantos contrastes musicales directamente relacionados con la ejecución:
medida, intensidad, repetición, tensiones de la voz, etc..
b) Obori. El tempo extremadamente lento de las canciones
para el ori, sumado al unísono casi perfecto, es ya
más que suficiente para distinguir este ritual de todos los demás.
La música del Obori se parece mucho, en su estilo de
ejecución, al canto gregoriano y es todavía para mí
imposible saber si ello se debe a alguna influencia de la música
occidental. De todos modos, esa similitud le confiere una distinción
especial dentro del repertorio del shangó que, recordemos
una vez más, es cantado todo en yoruba.
c) Obrigação para los eguns. Específicamente
en este ritual, los hombres cantan desde dentro de un cuarto secreto
(el cuarto de los muertos, llamado cuarto de balé mientras
las mujeres, para quienes el balé es tabú, responden
a las canciones desde el otro lado de una pared. Dicha separación
de los sexos afecta la audición relativa de los cantos: los hombres
escuchan alto sus voces y apenas audibles las de las mujeres, mientras
que las mujeres escuchan altas las suyas y las de los hombres muy suaves.
Así, sólo en este ritual se dan desunidas las voces del
coro. Además, la mayoría de las canciones de eguns
tienen un metro muy particular: normalmente están formadas por
pies binarios y ternarios, los cuales, combinados, no obedecen a ninguna
medida particular, dando la impresión general de un recitativo.
Aparte de esto, este ritual incluye el único canto en todo el
repertorio del shangó cantado exclusivamente por hombres(2).
d) Lavado de cabeza. Tal como la Obrigação
para los santos, el carácter general de este ritual varía
conforme al santo de la persona cuya cabeza se esté lavando.
Sin embargo, mantiene grandes diferencias con respecto a los otros rituales,
como, por ejemplo, la presencia de más de una docena de cantos
para Osanyin, todos basados en la escala pentatónica anhemitónica,
la cual es prácticamente exclusiva de los cantos para ese orisha.
Más aún, los cantos de Osanyin a menudo usan anticipaciones
y síncopas rítmicas, dentro de la forma de compás
binario, lo que no ocurre en ningún otro tipo de música
del shangó. Por último (y quizás lo más
importante, conforme me propongo demostrar más adelante), la
canción clave de este ritual está rodeada de una atmósfera
de expectativa y emoción contenida que hace de su interpretación
un acto ritual con un significado muy singular.
e) Salida de iyawo. Por tratarse de una clase especial de
celebración pública, hay una larguísima presentación
de docenas de cantos de alabanza para todos los santos. Aparte de eso,
incluye un canto muy especial, llamado «canto de iyawo»,
el cual se interpreta siempre de la manera más dramática,
con el líder haciendo su mejor esfuerzo para enfatizar musicalmente
el carácter único de cada
salida de iyawo.
Hemos podido, hasta aquí, detectar que de hecho hay singularidades,
desde el punto de vista musical, en cada uno de los rituales mencionados.
Es también verdad que los parámetros musicales que muestran
esa singularidad cambian mucho de un caso para otro; en algunos rituales,
es el uso de una determinada escala; en otro, la presencia de un cierto
tipo de efecto de recitativo en el ritmo de las canciones; en otros,
parámetros relacionados más directamente con la ejecución
musical entre los cuales dinámica, intensidad, producción
e integración vocal, o hasta la mera presencia o ausencia de
determinados instrumentos musicales, parecen ser cruciales.
Tercer nivel de análisis:
Dividido por el ritual, unido por la música
Lo que hasta aquí he hecho ha sido básicamente aplicar
el método etnomusicológico, desarrollado a partir de los
años sesenta por autores como Alan Merriam (1964) o Mantle Hood
(1963), y ejemplificado principalmente por los magistrales estudios
de John Blacking sobre la música de los Venda del Africa del
Sur. Una de las más convincentes aplicaciones de la interrelación
entre antropología y musicología sigue siendo, a mi ver,
su libro Venda Children's Songs (1967), donde plasmó
lo que pasó a denominar el análisis cultural de la música.
Repito aquí algunos puntos básicos de su acercamiento:
a) una suposición, de orden estructuralista, sobre la integración
y coherencia interna de una tradición musical; b) una creencia,
igualmente fundamental (y novedosa, además, en términos
de musicología) de que las categorías nativas son, en
sí mismas, otra manera de manifestación de lo que definimos
como categorías analíticas. Es decir, no sólo hay
que partir de las categorías nativas (que es lo que hace el antropólogo
en general), sino también dar crédito a la capacidad de
los practicantes de cualquier tradición musical de ser analistas
de su propia música. Para ello debemos seleccionar, de entre
los instrumentos puramente técnicos de que disponemos para un
análisis musicológico clásico (como estadística
de intervalos, descomposición de estructuras armónicas,
identificación de modos, escalas, células rítmicas
y melódicas, etc..) aquéllos que más se ajusten
a las distinciones musicales hechas por los adeptos del culto, aún
cuando su vocabulario nativo utilice expresiones tomadas de dominios
de su cultura aparentemente apartados de la música. El presupuesto
de fondo es el de que dichas distinciones, así estén formuladas
en términos religiosos, políticos, económicos,
de parentesco, etcétera, son perfectamente traducibles a algún
dominio de la teoría musical occidental, siendo tarea del analista
hallar ese dominio musical metaforizado o encubierto en otros campos
simbólicos. Así, los criterios para la utilización
de sistemas de análisis musical deben redefinirse contextualmente.
No siempre el análisis técnicamente más complejo
o difícil es necesariamente el más sensible al contexto
de la música que deseamos comprender. Aún más,
la supuesta complejidad de algunos métodos (como los de Kolinski
y de Schenker, por ejemplo) es casi siempre parcial, pues suelen privilegiar
aspectos de la música (como la estructura armónica) que
fueron históricamente relevantes en Occidente, en detrimento
de otros parámetros igualmente relevantes, como aquéllos
relacionados más directamente con el proceso de organización
musical y la ejecución. La novedad del acercamiento etnomusicológico
(y aquí la contribución de Blacking ha sido fundamental)
es argumentar en favor de la utilidad de seleccionar los parámetros
analíticos sugeridos por la misma sociedad cuya tradición
musical estamos estudiando. Como Blacking sostiene en el libro arriba
mencionado, el propósito del análisis cultural «no
es sencillamente describir el background cultural de la música
como comportamiento humano, y entonces pasar a analizar peculiaridades
de estilo en términos de ritmo, tonalidad, timbre, instrumentación,
frecuencia de intervalos ascendentes y descendentes, y otras terminologías
esencialmente musicales, sino describir ambos, la música y su
base cultural, como partes interrelacionadas de un sistema total»
(Blacking 1971: 93) (3).
En consonancia con ese acercamiento, creo que uno de los objetivos
centrales de un análisis musical sensible al contexto ritual
podría haberse satisfecho con la descripción que he presentado
hasta ahora: los rituales del shangó hacen un recorte
del universo sobrenatural, especializando las funciones de las diversas
entidades y sus efectos mágicos, y el material musical es organizado
de cara a confirmar y reforzar esas divisiones simbólicas. Esto
se logra manipulando, a través de un juego muy equilibrado entre
repetición e innovación (como se puede ver en la tabla
de correlaciones puesta arriba) un vasto repertorio de cantos ejecutados
a capella.
Sin embargo, algún tiempo después de haber prácticamente
concluido mi análisis de la música ritual del shangó,
pude darme cuenta de que una canción (y sólo una) se repetía,
con texto cambiado, en más de un ritual. Dicha canción,
que he descrito en mi tesis doctoral (Carvalho, 1984) como un símbolo
clave del sistema ritual shangó, es aquélla cantada
en el momento crucial del lavado de cabeza. Está también
presente, exactamente del mismo modo, como la primera canción
de la Salida del ebó. Luego, con un mínimo de variación,
es también idéntica a una de las canciones para los condimentos
de las comidas ofrendadas, que está presente en la Obrigaçäo
para Orunmilá y en el Obori. Finalmente, aparece también,
con algunos cambios, en el amarre de las hojas. La califiqué
de símbolo clave porque transpasa todas las divisiones internas
del entero complejo de rituales que expresa la relación de los
adeptos con los santos. Si contemplamos la secuencia de iniciación
en el culto como la absorción progresiva de un gran plan simbólico,
podemos ver que dicha canción es presentada al neófito
ya en el Obori, al comienzo de ese proceso iniciático.
Más tarde, después de que la persona ha preparado su on
y hecho ofrendas también para su orisha, es ejecutada
en su forma más dramática, un momento antes de que su
cabeza sea bafiada en el líquido sagrado, impregnado de las plantas
que cargan el poder de los varios orishas. Su presencia
aquí es un claro signo de que, a partir de ese momento, ya no
puede haber marcha atrás en el compromiso que la persona hace
con los santos, el cual es visto como vitalicio. Mucho más tarde,
la canción aparecerá de nuevo, por tres veces, durante
el amarre de las hojas, cuando se cierra el ciclo de ofrendas
y sacrificios relacionados con su iniciación. Finalmente, regresa
aún una última vez, como la primera canción de
la Salida del ebó, como una especie de recordatorio de que
la fuerza ritual, que ella misma ayudó a generar y concentrar
en los momentos anteriores del ciclo, no puede durar siempre y debe
ser eliminada, al cabo de un tiempo, so pena de que su efecto pase a
ser negativo.
Como se trata de una canción tan importante, también
ella presenta, significativamente, algunas características musicales
únicas. Si tomamos la versión n° 6 como referencia
(ver infra), podemos observar que, a pesar de estar construida con cinco
notas, sin semitonos, sus largos intervalos ascendentes y descendentes
disfrazan muy sutilmente el efecto más obvio de una melodía
pentatónica (que identifica, por otra parte, las canciones de
Osanyin). Además, la progresión que la melodía
presenta en la segunda parte, con una modulación que permite
una impresión momentánea de bitonalidad, no tiene paralelo
en el repertorio del shangó. Se debe notar también
que es siempre cantada en un registro bajo (cuando el que lidera el
canto es una mujer, la tesitura escogida es baja, aún en relación
al ámbito normal de la voz femenina), de manera que la nota más
baja de la melodía (una cuarta abajo de la nota inicial) suena
más hablada que cantada. Debido a ello, esa canción y
sus réplicas o variantes forman un grupo dentro del repertorio
entero, por ser las únicas que introducen ese efecto de parlato
sobre una sola nota. En fin, esa canción admirable parece funcionar
como un leitmotiv, produciendo un sentido subliminal de unidad
musical para un repertorio que se muestra de hecho bastante seccionado
internamente, exhibiendo procesos compositivos extremamente distintos
unos de otros (basta contrastar los cantos de ori, de egun
y de Osanyín transcritos al final para darse cuenta de las diferencias).
Muchos son los factores que contribuyen a disfrazar u ocultar esa identidad
melódica al interior del repertorio como un todo. Primero, hay
que observar que sólo una minoría de los adeptos más
importantes del culto conocen el ritual del amarre de las hojas
y muy pocos son, por tanto, los que saben de memoria las tres canciones
que se basan en esa melodía. Así, para un miembro común
del culto, son solamente tres canciones, cada una ejecutada en rituales
muy distintos y desplazados temporalmente, que se parecen entre sí.
En un repertorio de 182 cantos, se puede argumentar que el grado de
redundancia de solamente tres repeticiones es muy bajo. Además
de eso, hay otros mecanismos rituales que ayudan a encubrir la semejanza,
como los que menciono a continuación.
Por un lado, sabemos que se trata de un repertorio musical congelado
(no se componen nuevas canciones en Yoruba en Recife desde hace quizás
ya medio siglo) y que corre un peligro constante de descaracterización,
debido a la pérdida de la memoria, tanto individual como colectiva.
Se pone mucho énfasis, entonces, en cantar los textos de las
canciones correctamente, especialmente porque pertenecen a un idioma
que hoy día es únicamente ritual (más o menos como
antiguamente lo fuera el latín de la misa para un católico
común). Con tal importancia dada al texto, el propio proceso
mnemónico trabaja ya contra una asociación musical a nivel
puramente notacional. Es decir, a la tradición musical del shangó
se le puede aplicar enteramente la afirmación de Suzanne Langer
de que en el canto, las palabras no son más que elementos de
la música (Langer, 1953). En segundo lugar, nadie del shangó
silba melodías, por el hecho de que los silbidos son tabú
para el orisha Osanyin. Y silbar una canción es desarrollar
un tipo de actividad que justamente puede ser analítica, en la
medida en que permite a uno independizarse del texto y considerar el
puro movimiento de las notas; es decir, nos permite producir melodías,
las cuales son comparables más fácilmente entre sí.
Desde luego, el acto de tararear es asimismo ajeno al comportamiento
musical de los adeptos del culto.
Como si no bastaran esos factores, hay todavía otras formas
de inhibición, ligadas a la organización ritual. Los únicos
cantos que a veces son cantados fuera de contexto son algunos cantos
de celebración y de loas a los orishas, nadie
canta los cantos puramente rituales por mero juego o placer fuera de
su contexto específico. Podemos unir a todo eso otros factores,
ligados más directamente a la utilización del lenguaje
musical: los cantos están presos en los contextos de los rituales
donde aparecen, ejecutados con todos los ingredientes idiosincráticos
-emocionales, sobrenaturales, de finalidad, de significado, etc..- de
estos rituales; y el significado puramente musical también es
variado, pues la misma melodía va a ser cantada, escuchada y
recordada en función de la canción que inmediatamente
la precedió y de aquélla que le sigue en el orden ritual.
Pienso que todos esos factores contribuyen a ocultar la única
repetición melódica en un repertorio mínimo de
ciento ochenta cantos, pero que puede pasar de trescientos, si incluimos
en nuestra cuenta diversos cantos a los orishas, que
también están presentes en los rituales privados. Sin
embargo, el factor quizá más importante en todo eso sea,
sencillamente, que, desde el punto de vista nativo, las canciones son
distintas porque sus textos son distintos. Lo que hay de .igual, para
nosotros, es la melodía, pero aquí introducimos
un nivel de análisis que no tiene equivalente en el discurso
nativo.
De la canción a la melodía
Utilizando el postulado etnomusicológico básico que discutí
arriba de atenerse a la musicalidad del adepto del culto, pude aprender,
con los miembros del shangó, a cantar y acompañar
rítmicamente en el tambor el repertorio del culto entero. Sin
embargo, sólo fui capaz de descubrir esa melodía
justamente cuando dejé de guiarme por los criterios nativos de
musicalidad y pasé a desarrollar un nivel de búsqueda
puramente formal, que me llevó a descontextualizar los cantos
rituales en función de analizarlos intrínsecamente, en
términos de construcción tonal, melódica, rítmica,
etc.. Al descubrir la identidad melódica de esos cantos, los
consideré un «símbolo clave» del sistema ritual,
en la medida en que expresaban una unidad profunda, por sobre la diversidad
de las actividades rituales específicas del culto, y a pesar
de la aparente inconsciencia de los miembros del culto respecto del
significado de este símbolo. En realidad, debo aclarar ahora
que solamente es símbolo-clave la canción n° 6 («Osunbaoro»),
por tener un peso expresivo especial desde el punto de vista nativo;
las otras canciones tienen un peso simbólico mucho menor y no
son más que versiones semióticas, en una dimensión
críptica, de la canción n° 6 en cuanto símbolo.
Haciendo aquí una síntesis de un vasto número
de teorías sobre el campo simbólico más o menos
emparentadas entre sí, defino «símbolo» -una
flor, un color, una palabra, un imagen, una canción- como un
tipo de signo que posee siempre por lo menos una dimensión de
significado que es conocida por el adepto y por lo menos una dimensión
incógnita; es de esa dimensión conocida de donde se desprenden
otros niveles de asociación y significación (de ahí
el carácter esencialmente polisémico del símbolo),
muchos de los cuales son desconocidos (aunque cognoscibles) para los
seguidores del culto . De lo conocido a lo aún por conocer, es
lo simbólico lo que integra, lo que condensa y lo que nos permite
llegar a la sorpresa -por lo menos, a lo que estaba apenas implícito-,
cuando no a la propia revelación. En este contexto, es interesante
y adecuada la formulación de Eudoro de Souza según la
cual lo simbólico es lo que une e integra, mientras que lo diabólico
es lo que separa y desune (Souza, 1980: 8384). Coincide en esencia con
la formulación de Gadamer, tomada de Platón, del símbolo
como «pedazos de recuerdo»: algo por medio de lo cual se
reconoce lo que antes estaba unido y que se separó después
por el olvido (que no deja de ser una forma de inconsciencia). Curiosamente,
esas concepciones, derivadas de la práctica puramente especulativa
de esos dos filósofos, confirman perfectamente la formulación
de Victor Turner, extraída de su experiencia como etnógrafo,
de la capacidad del símbolo ritual de integrar significados opuestos
o hasta contradictorios. Daré más adelante un ejemplo
concreto de esa actividad integradora de la imaginación simbólica.
Volviendo a nuestro caso, la melodía común a aquellas
canciones no es un símbolo, desde el punto de vista nativo, sino
un mero signo reiterativo, que ciertamente se articula con otros signos
para componer la estructura de los rituales, pero no hace parte del
juego de significado que esos rituales establecen. Si se quiere un paralelo
semiótico para la situación, podemos decir que esa melodía
está para las canciones del mismo modo que los fonemas de una
lengua están para un hablante que los combina de modo idéntico
para formar palabras homónimas, sin que sea permanentemente consciente
de que el mismo material linguístico genera profundas diferencias
de significado.
Esa utilización de un tema melódico que regresa, transformado,
en momentos distintos de una trama compleja, hace recordar, inevitablemente,
los famosos leitmotiv wagnerianos. Tomemos, entonces, como
ejemplo comparativo, el análisis que hace Lévi-Strauss
del tema de la renuncia al amor, presente en El Oro del Rin
y en La Walquiria, que son las dos primeras partes de la tetralogía
El Anillo de los Nibelungos. El método de Lévi-Strauss
consistió en juntar los tres eventos míticos donde se
oye ese tema, los cuales son muy distintos y separados cronológicamente
en la trama, y apilarlos uno sobre otro, con vistas a entenderlos como
si fueran estructuralmente un único y mismo evento. Su conclusión
es la de que cada vez que se oye el tema de la renuncia, hay un tesoro
que debe ser apartado o desviado. Está por una parte el oro,
que se encuentra enterrado en el fondo del Rin y que Alberich conquista
después de renunciar al amor; está la espada, que fue
enterrada en el árbol por Wotan y que Siegmund finalmente retira;
y está la mujer, Brunhilde, a quien Wotan, su padre, encerró
dentro de un circulo de fuego y que es sacada de él por Siegfried
disfrazado de Hagen. A través de un análisis de la trama
de la historia, y utilizando la repetición del tema como conductor
de su lectura, Lévi-Strauss concluye que el oro, la espada y
la mujer son la misma cosa, si bien considerada bajo diversos puntos
de vista.
No es éste el lugar adecuado para entablar una discusión
exhaustiva sobre los méritos o equívocos de la interpretación
de Lévi-Strauss. Es importante, sin embargo, enfatizar que lo
que él reveló fue una relación lógica
entre los tres tesoros desviados; si hay una relación también
emocional o significativa entre oro, espada y mujer (es decir, si la
relación revelada por Lévi-Strauss es también simbólica
y no meramente semiótica), es algo que sólo podría
demostrar una investigación más especifica sobre el simbolismo
medieval o entre las audiencias de Wagner. En principio, podemos aceptar
esa equivalencia como plausible, en la medida en que se refiere a un
campo simbólico del cual el propio LéviStrauss participa
como nativo(7).
Volviendo a la melodía del shangó, podemos proceder
de forma idéntica y superponer las tres situaciones rituales
en las cuales se canta la melodía y establecer un nivel de equivalencia
de significado que no había quedado transparente hasta entonces
en mi análisis. Así, podemos organizar las apariciones
de la canción del siguiente modo:
a) Ebatolá ebatô -añadiendo miel a la
ofrenda (en los rituales de Obori y Obrigação)-
y Emixalokê emixalokun -mezclando agua con azúcar
en la ofrenda (en el Amarre de hojas). En ambas actividades
se prepara lo que podríamos llamar la poción mágica
(que es una traducción plausible del término ashé,
la fuerza que el ritual concentra y que los orishas
traen), que actuará positivamente en la vida del adepto.
b) Osunbaoro -bañando la cabeza del neófito
(ritual de lavado de cabeza). En esta actividad, el ashé,
que había sido reunido anteriormente, es ahora activado en la
cabeza del adepto.
c) Edimô edimecé -Salida del ebó. Todo
el liquido utilizado, una vez extraído su poder, se convierte
en desecho polucionante y debe ser eliminado.
Sintetizo el abanico de asociaciones simbólicas condensado por
la melodía en el siguiente cuadro(8).

Fuerza ritual y misterio musical
He expuesto hasta aquí los tres niveles de análisis del
material musical del shangó. Sin embargo, quedan aún
por explorar algunas cuestiones de carácter más puramente
teórico. Que una canción tan central e importante se oculte
tan elegantemente, a punto de que su repetición no sea notada
sino después de un gran esfuerzo analítico, es más
que un mero azar: según entiendo, es un modo propio de esa tradición
cultural de tratar cuestiones como creatividad, innovación y
eficacia en el campo de la música. Quizás se pueda aclarar
más esa estética musical del shangó si
la contrastamos con la estética de la música occidental
moderna, principalmente porque la musicología como ciencia (y
por ende la etnomusicología, que nos permitió investigar
esa tradición afro-brasileña) se desarrolló junto
y paralelamente al desarrollo de las técnicas composicionales
del final del siglo XIX y sobre todo del siglo XX. Klaus Wachsmann,
por ejemplo, muestra cómo el interés por las músicas
de otras partes del mundo (que condujo al surgimiento de la etnomusicología
como disciplina) surgió paralelamente a una ampliación
del interés de los músicos occidentales por formas y procesos
composicionales no ortodoxos (el Sprechgesang de Schönberg,
la experimentación rítmica de Stravinski y Varése,
etc.). Según él, «el pensamiento interno occidental
sobre composición y las intuiciones musicales no occidentales
convergieron, en vez alimentarse mutuamente» (Wachsmann, 1973:
77); más aún, «la nueva disposición para
oír y estudiar una música ajena en sus propios términos
apareció al mismo tiempo que en Europa la música experimentaba
cambios profundos» (ibid.: 8).
Si recordamos el famoso estudio de Max Weber sobre la música
occidental (Weber 1953), podemos reconocer que dicha tradición
musical, desarrollada en el seno de la cultura que impulsó el
espíritu científico, se encuentra en un grado de racionalización
y autoconciencia mucho más intenso que la tradición del
shangó (o, si se quiere, que otras muchas tradiciones
musicales). Complementando el razonamiento weberiano, se puede decir
que la discusión occidental sobre música termina siempre
en una discusión de fundamentos: la racionalidad analítica,
común a compositores, instrumentistas, directores de orquesta
y musicólogos, permite desritualizar un repertorio, sea cual
sea y venga de donde venga, y analizarlo estrictamente desde un punto
de vista formal, como si esa operación fuera un tipo más
de actividad musical. Tanto el modo de componer como de recibir
una nueva composición, sobre todo en la música del siglo
veinte, pasa por esa operación racional que denomino «revisión
de fundamentos». Intentaré explicarlo mejor.
En ese universo de valores musicales occidentales, se entiende que
cada nueva pieza musical carga siempre en sí una dosis de creación,
así sea pequeña, y el impacto estético de la obra
está relacionado con el misterio (o secreto) de cómo fue
compuesta. La reacción del receptor de la obra (sea quien sea)
es buscar entender cómo fue compuesta desde el punto de vista
formal y técnico, convencido de que es ésta comprensión
lo que permite el goce estético (o, por lo menos, intensificarlo).
Eso sería sencillo y trivial si no interfiriera con otros valores
de la misma cultura. Pues el descubrir el «secreto», por
así decir, de la obra musical (pongamos por caso una determinada
concepción de forma, una determinada disposición de masas
sonoras, un complejo armónico raro, un trabajo especial de series,
etc..), debilita la eficacia de su mensaje como obra artística,
al hacer accesible al público su ley interna; es decir, la revelación
de la estructura técnico-formal de la obra amenaza con banalizar
(banal tomado aquí en el sentido de previsible, de opuesto a
información nueva) sus principales pretensiones de originalidad.
Como afirma Fredric Jameson (creativo exégeta de las ideas musicales
de Theodor Adorno) la novedad pasa a ser considerada, sobre todo a partir
del Romanticismo, «no como un subproducto relativamente secundario
y natural, sino como un fin a ser alcanzado en sí mismo»
(1985:23). Los efectos musicales pasan a envejecer y tornarse obsoletos
a un ritmo cada vez más acelerado y cualquier intento de repetición
o copia es mal recibido. La contraparte de esa vertiginosa pérdida
de eficacia es la necesidad de inventar estructuras y procesos compositivos
cada vez más insólitos, para garantizar un nuevo reclamo
estético a través de la novedad. Es decir, el compositor
decodifica la obra nueva producida por su antecesor y ofrece a cambio
su propia estructura, supuestamente renovada ahora de originalidad técnico-formal.
La segunda consecuencia de esa lucha contra la banalización
es hacer crecer vertiginosamente el número de discursos y explicaciones
sobre las nuevas composiciones. Una vez que las estructuras generadas
por oposición a las existentes se tornan por demás originales
(es decir, técnicamente difíciles, oscuras, insospechadas,
con muy baja redundancia, etc..) se hace necesario hablar sobre ellas,
aclararlas para que el receptor las pueda asimilar. Pero aquí
el discurso analítico entra en la música de un modo absolutamente
paradójico y casi estéticamente suicida: es imprescindible
para que la obra llegue al público y al mismo tiempo es el mismo
discurso que contribuye a tornarla obsoleta, en la medida en que expone
parte de su secreto composicional.
Es así que, sobre todo a partir de Wagner, cuyos escritos teóricos
son vastísimos, ya no se puede separar la música occidental
de los escritos sobre la música. Para tomar ejemplos recientes,
pensemos en el volumen de escritos de Karlheinz Stockhausen y John Cage,
por ejemplo, de apoyo exegético y técnico a sus composiciones.
Los límites entre el compositor y el analista se tornan cada
vez más sutiles. Y se unen así todos -compositor, director,
oyente y musicólogo- en un sólo afán explicativo-receptivo
de la nueva música (si es que es posible seguir hablando de la
existencia de un agente en el sentido tradicional). Es decir, la música
moderna se ha convertido en uno de los principales ejemplos de cómo
funciona el arte en una «sociedad del discurso», para utilizar
la caracterización de Michel Foucault (1973). Más aún,
en esa música lo desconocido cognoscible es lo que tiene
poder estético: la música envía al oyente un reto
interpretativo, racionalizante, tan o hasta más poderoso que
el reto de la sensibilidad o de la emoción.
He tocado aquí, inevitablemente, un tema por demás complejo
y sobre el cual no hay acuerdo fácil. Henri Pousseur, por ejemplo,
argumenta en el sentido contrario a lo que afirmo: según él,
el arte del siglo veinte fue capaz de poner en discusión la hegemonía
absoluta de la razón (1984: 102-3). Podría aceptar sus
argumentos en la medida en que se refiere al origen o a la naturaleza
del material utilizado por el artista moderno (por ejemplo, la dimensión
onírica en el surrealismo, la espontaneidad extremada en el dadaísmo,
etc.). Sin embargo, la operación racionalizadora está
presente, hasta con relación al material onírico o inconsciente,
que es analizado tan pronto como se presenta, causa su primer impacto
y es identificado como tal (es decir, es neutralizado racionalmente
en una operación casi instantánea).
En contraste con esa concepción de estética y eficacia,
hay otras tradiciones musicales (como la india, la turca y la persa,
para citar tres que son, en un cierto sentido, comparables entre sí,
a partir de su estructura eminentemente modal) donde la nueva composición
viene a ponerse al lado de las que ya existen, y no contra
ellas. Es así que ciertos repertorios de géneros musicales
de dichas tradiciones pueden crecer hasta miles de piezas distintas
sin amenazar la tradición fundamental o abandonarla. Además,
sí existe una actividad de análisis musical bien presente
en esas tradiciones, pero no con el mismo ardor dialéctico; es
decir, no se destruye la creación anterior en el acto de analizarla
y de afirmar la nueva creación.
Sí tomamos esa estética oriental como un punto intermedio,
podemos considerar el caso del shangó como el extremo
opuesto de la situación de la música occidental. Se trata
de una tradición en la que la composición de nuevas piezas
musicales fue prácticamente abolida por razones históricas
ligadas a la creación misma del culto en Recife. El esfuerzo,
entonces, no se concentra en la generación de estructuras nuevas,
sino en asegurar que las piezas musicales existentes sigan impactando
al público, es decir, preserven su misterio. Para evitar llegar
a un punto de desgaste o saturación, en la estrategia de la tradición
del shangó no se producen estructuras nuevas; no se
destruyen las ya existentes; ni se analiza, musicalmente, aquello que
estéticamente funciona(9).
Sí la música moderna ejemplifica las sociedades del discurso,
la música del shangó es emblemática de
lo que propongo llamar «sociedades de acción ritual».
Aquí, disiento también de la posición de Jean
Jacques Nattiez, en su búsqueda de una semiología general
del discurso sobre la música. Según Nattiez, Henri Pousseur,
por ejemplo, logró revelar la contradicción entre lo que
Alban Berg dijo de su propia música y «lo que observamos»
(1981: 51). De ahí concluye no haber razón para que, en
las sociedades de tradición oral, el discurso del nativo sea
capaz de presentar una imagen «exacta» de su música.
Cree por tanto posible nivelar todas las llamadas etnoteorías
sobre música, desde los comentarios de un pigmeo a los escritos
de Wagner (ibid.: 48). Aparte de esto, el tono positivista
del autor (la idea de que «observamos», unívocamente,
algo «exacto» en la música), es cuanto menos discutible.
El punto fundamental para mí no es que Berg y Pousseur tengan
visiones distintas de la música del primero, sino el hecho de
que ambas visiones estén expresadas en el mismo modo discursivo
-es decir, intencionalmente técnico, analítico, casi «científico»,
sí ello fuera posible.
Esa identidad de modos de discurso entre el creador y el analista es
característica exclusiva, hasta donde yo sé, del arte
occidental. Los otros ejemplos etnográficos harto conocidos en
la literatura etnomusícológíca -las metáforas
sobre bambúes para hablar de la música entre los Are `are
(Zemp, 1979); las metáforas sobre saltos de agua entre los Kalulí
(Feld, 1982); o mismamente el lenguaje mítico para hablar de
la música de los orishas entre los adeptos
del shangó (Segato, 1993)-, todos muestran una discontinuidad
mucho mayor (tanto simbólica como semiológica) entre el
discurso sobre la música y la técnica de creación
o de reproducción del material musical. El papel de la razón,
su hegemonía en la construcción del mundo significativo,
no puede ser tan fácilmente igualado entre todas esas sociedades,
aún cuando el discurso metafórico sobre la música
sea extremamente elaborado, como en los tres ejemplos mencionados.
Empezamos este estudio utilizando el ritual como una guía para
la comprensión de la música. Podemos hacer ahora el camino
exactamente inverso: es la música la que nos hace ver algo de
la naturaleza del ritual que no se nos mostraba muy claramente. En ese
juego entre creación y repetición, misterio y revelación,
información y banalidad, destrucción y creación,
el ritual sobresale justamente por ser la garantía de presencia
de la forma en la medida en que deja su fundamento desconocido. Cuando
este fundamento es investigado y expuesto enteramente, declina el ritual.
Ritualizar una forma es ocultar una parte de su significado, revestirla
de convenciones que hacen preservar su fuerza expresiva. El ritual es
el reino de la opacidad por excelencia. Todo sucede como si fuera competencia
del ritual el controlar la memoria, facilitando lo que debe ser constantemente
recordado y vigilando lo que debe permanecer en sombras, inaccesible
a la conciencia común.
En el caso que analizamos, el sistema ritual preservó el misterio
de la canción, impidiendo que surgiera la dimensión de
la melodía -si no la ocultó enteramente, hubo por lo menos
un consenso colectivo en el sentido de dificultar o retardar su aprehensión.
No se enseña a un neófito del shangó a
analizar su música, sino a ejecutarla correctamente;
lo que es enfatizado es la creencia de que ésta es eficaz, estética
y sobrenaturalmente. Se busca, en fin, mantener una tensión entre
la conciencia y la inconsciencia con respecto al significado y la constitución
de los signos manipulados. Es obvio que, con el paso del tiempo, está
abierta la posibilidad de que el adepto descubra equivalencias e identidades
semióticas en la vida del culto; sin embargo, el mensaje de fondo
es que no vale la pena investigarlas, porque una parte de su magia puede
desaparecer con la revelación de sus mecanismos y contenidos.
Por ejemplo, una vez descubierto que la dramática canción
Osunbaoro tiene la misma melodía que la rutinaria Ejimô
ejimecé, ¿cómo seguir escuchándola
semana tras semana, año tras año, sin disminuir la emoción
por el misterio que traía su pretendida singularidad, ahora parcialmente
deshecha?
Hemos caído aquí, por un camino quizás insospechado,
en un dilema análogo a aquél formulado por Heinrich von
Kleist en su bellísimo ensayo sobre el teatro de marionetas (Kleist,
1987): ¿cómo volver, en el arte, a la unidad original,
espontánea, que se rompió cuando comimos del árbol
de la ciencia ?(10) La solución
que propone de ensanchar hasta el límite la misma conciencia
que provocó la ruptura es un tanto problemática, pues
posterga sine die el momento de la reintegración y espera además
una reposición definitiva de la inocencia perdida. Mas la tradición
del shangó parece optar por un retorno, si no constante,
por lo menos temporal o intermitente al origen, propiciado por la práctica
ritual, con su alternancia dialéctica entre reflexión
y experiencia sensorial. O sea, al mismo tiempo que detectamos en la
actitud occidental moderna hacia la música una actualización
del mito de la desintegración, postulamos también que
todavía hay tradiciones culturales, como la del shangó,
que siguen encarnando la posibilidad de la integración.
Sin embargo, no se trata aquí de reaccionar de un modo antihistórico
contra ese movimiento de auto-conciencia que ya es parte esencial de
la cultura occidental y que no puede ser cambiado por medio de copias
o emulaciones superficiales y externas de otras tradiciones estéticas.
Ni se trata, tampoco, de proponer traer la música del shangó
a la arena racionalista y auto-reflexiva de la música occidental,
ya que ello sería debilitar voluntariamente su poder mágico.
Una de las razones para haber intentado comprender esos principios más
abstractos' que subyacen a la dimensión musical de nuestra cultura
ha sido utilizarlos para establecer una comparación relativizadora
y poder proponer una nueva postura para el análisis musical en
general, sea de sistemas musicales más conservadores, como el
del shangó, o de idiomas musicales siempre cambiantes,
como el de la música contemporánea. Una vez desvelados
los enigmas de la estructura y la forma, habría que deshacer,
en la medida de lo posible, en la audición y en la participación
del evento musical, el camino recorrido. Es decir, lograr prescindir
de la actitud analítica (que hace la música apenas intelectualmente
presente) inmediatamente después de ejercitarla, para que la
música pueda retroceder de nuevo hasta aquel umbral donde lo
conocido se hunde en lo ignoto, y desde allí pueda seguir impactando
nuestro espíritu con sus verdades y misterios.
Proponiendo una alternativa a la idea de von Kleist (que tiene tanto
de pesimista como de moderna), quizás no sea necesario esperar
al último capítulo de la Historia del mundo para lograr
(sin echar mano de la conciencia reflexiva) un momento de inocencia
y plenitud estética. En fin, me parece significativo que hasta
un músico y teórico occidental tan racionalista y analítico
como Pierre Boulez reconozca que «sigue siendo primordial salvaguardar
el potencial de lo desconocido encerrado en una obra maestra»
(Boulez, 1963: 13). Mi intento aquí ha sido mostrar que eso es
justamente el núcleo de la experiencia estética del shangó,
y quizá sea allí donde se encuentran, no sólo esas
dos, sino posiblemente todas las tradiciones musicales.
Ejemplos Musicales
He aquí la transcripción de los seis cantos rituales
discutidos arriba. Para ilustrar, aunque precariamente, en qué
medida esa melodía-clave del sistema ritual es idiosincrática
desde el punto de vista musical, doy también algunos ejemplos
de cantos típicos del repertorio del ori, de los eguns,
de Osanyin y de los actos rituales relacionados con la obrigação
para los santos. Cada uno de esos ejemplos está emparentado directamente
con varios otros cantos de su mismo tipo.
La notación es aproximada, en la medida en que la duración
de las notas cambia considerablemente de una ejecución a otra.
He intentado una solución de compromiso entre una transcripción
descriptiva y una transcripción prescriptiva (según la
clasificación de Charles Seeger) (11).
Notas
- El fenómeno del sincretismo
no se restringe solamente al caso brasileño y constituye un
rasgo bastante peculiar de este patrón religioso afroamericano
(ver Bastide, 1972 y Carvalho, 1994).[§]
- También en el caso del candomblé
de Bahia, Gérard Béhague subraya las diferencias musicales
entre el ritual para los eguns y los rituales para los orishas
(Béhague, 1984: 222-246).[§]
- Cito Venda Children's Songs
por su carácter de verdadero clásico de la etnomusicología.
Empero Blacking pudo elaborar con mucho más detalle las ideas
de ese libro en varios otros trabajos (ver Blacking, 1967, 1973, 1982,
1987 y 1994).[§]
- En otro trabajo, analizo específicamente
el drama de la pérdida de la memoria colectiva del culto y
sus intentos de recuperación y continuidad de la tradición
cultural africana (Carvalho, 1988).[§]
- No es éste el lugar para una
elaboración conceptual exhaustiva sobre el campo simbólico.
Sin embargo, me he basado sobre todo en Peírce (1955) y Burks
(1949) para la distinción fundamental entre si gnoy símbolo;
Jung (1976) y Durand (1964) para la dimensión críptica
u oculta del símbolo; Turner (1967) por su énfasis en
la polarización de significado del símbolo ritual; y
Todorov (1984), Gadamer (1986) y Souza (1980) por sus análisis
del papel intelectivo y filosófico del símbolo.[§]
- El tema de la renuncia aparece, por
primera y segunda vez, como dos canciones, cantadas respectivamente
por Woglínde y por Siegmund; ya en la tercera aparece como
melodía, ejecutada por la orquesta. Baste para mostrar la identidad
estipulada por la música occidental entre canción y
melodía.[§]
- Es decir, Léví-Strauss
no se basa en ninguna visión nativa exterior a la sur propia.
Se trata sencillamente de un antropólogo europeo que se siente
capaz, basándose exclusivamente en su condición de nativo,
de interpretar mitos de su propia cultura.[§]
- La elaboración de ese cuadro
se inspira en dos estudios clásicos de Victor Turner sobre
el simbolismo Ndembu: el del Chishing'a, símbolo de
los rituales de caza (1967: 296-7) y el del Nkula, símbolo
presente en los rituales de fertilidad (1968: 86).[§]
- Fredríc Jameson discute muy
bien el proceso de desgaste del impacto estético y psicológico
de la séptima disminuida, desde su utilización inicial
en las piezas de Wagner: «en el inicio, expresaba el dolor sin
solución y el deseo sexual, el anhelo por la liberación
final así como el rechazo a ser absorbido por el orden blando;
al volverse con el paso de los años familiar y tolerable, representa
ahora sin embargo un mero signo dotado de sentimiento y emotividad,
más un amaneramiento que una experiencia concreta de negación»
(1985: 24).[§]
- Recordemos que su ensayo fue escrito
en 1810, y por lo tanto es ya coetáneo del momento en que empieza
el llamado «desencantamiento del mundo» que tanto define
la cultura occidental moderna[§]
- La transposición de las partituras
al ordenador fue realizada por Víctor Nieto [N. del E.] [§]
Referencias Bibliográficas
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