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Oliver Sacks: Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro

Reseña de Israel V. Márquez

Barcelona: Anagrama, 2009, 459 pp.
ISBN: 978-84-339-6289-8


“Toda enfermedad es un problema musical;
toda cura es una solución musical”

NOVALIS

Como es sabido, la pregunta por el significado de la música es uno de los problemas más viejos y controvertidos relacionados con este misterioso arte, y muy probablemente el que más quebraderos de cabeza ha dado a todos aquellos autores que han querido acercarse a él. Compositores, filósofos, sociólogos, antropólogos, musicólogos o escritores, cada uno desde sus respectivas áreas y enfoques, se han visto arrastrados por los cantos de sirena de una pregunta (¿Qué es la música?) que sigue resistiéndose a la teorización, en busca de una respuesta que quizá no llegue nunca. Así lo expresa George Steiner, para quien uno de los modos de saldar nuestra deuda con la música, de agradecer la función que ésta desempeña en nuestras vidas, es seguir preguntando (Steiner, 1998).

Esto es precisamente lo que hace Oliver Sacks al comienzo de este libro: seguir preguntándose (y nosotros con él) cómo algo que carece de conceptos, que no elabora proposiciones, que carece del poder de la representación y que no guarda una relación lógica con el mundo, resulta tan necesario y fundamental para la vida humana. Para explicarlo, recurre a la ficción (a la ciencia-ficción, para ser más exactos), comentando el desconcierto que los Superseñores de la novela de Arthur C. Clarke El fin de la infancia sienten al ver a la especie humana interpretando y escuchando pautas tonales desprovistas de significado, ocupando gran parte de su tiempo y esfuerzo a lo que denominan “música”. Movidos por la curiosidad, estos seres alienígenas enormemente cerebrales deciden descender a la Tierra para asistir a un concierto, que escuchan educadamente, aunque lo consideran algo completamente absurdo. No entienden lo que les ocurre a los humanos cuando hacen o escuchan música, pues a ellos no les pasa nada. Ellos son, como especie, seres carentes de música, esto es, seres “amusicales”.

Para Sacks, son escasos los humanos que, al igual que los Superseñores de la novela de Clarke, carecen del aparato nervioso que les permite apreciar tonos y melodías. Para la gran mayoría de nosotros, la música ejerce un enorme poder, lo pretendamos o no y nos consideremos personas especialmente “musicales” o no. Esta propensión a la música, que Sacks denomina “musicofilia”, surge en nuestra infancia, se manifiesta en todas las culturas, y probablemente se remonta a nuestros comienzos como especie. Por eso la música no es únicamente un fenómeno estético, no es tan sólo una de las formas del sistema de las “bellas artes” que se fue constituyendo a mediados del siglo XVIII (Trías, 2007), sino algo que va más allá de todo esto y que está tan arraigado en la naturaleza humana que uno estaría tentado a considerarla como algo innato, tan innata como es la “biofilia” o nuestra afinidad con las cosas vivas. La “musicofilia” se define entonces como nuestra propensión o afinidad con la música, algo que es fundamental y central en todas las culturas. Todos nosotros (con muy pocas excepciones) podemos percibir la música, los tonos, el timbre, la melodía, la armonía y, quizá de una forma más elemental, el ritmo. Integramos todas estas cosas y “construimos” la música en nuestras mentes utilizando partes distintas de nuestro cerebro. A esta apreciación estructural y en gran medida inconsciente de la música se añade una reacción emocional muchas veces intensa y profunda. Y también una respuesta motora, porque “escuchamos música con nuestros músculos” (Nietzsche) y llevamos el ritmo de forma involuntaria, aunque no prestemos atención de manera consciente. De ahí que, para un filósofo como Vladimir Jankélévitch, la música actúe sobre nosotros, sobre nuestro sistema nervioso, e incluso sobre nuestras funciones vitales (Jankélévitch, 2005). Podemos considerarla entonces como algo vivo, como algo que nos afecta, y, como señala el propio Sacks, a lo mejor la “musicofilia” es una forma de “biofilia”, puesto que la música se percibe casi como algo vivo (p. 10).

Al no ser únicamente un fenómeno estético, la música se convierte en una forma de gnosis sensorial, esto es, un conocimiento (sensible, emotivo) con capacidad de proporcionar salud (Trías, 2007). La música nos acompaña en la travesía de nuestras vidas y muchas veces nos “salva”, nos cura, teniendo efectos determinantes en nuestro carácter y destino. Pero durante esta travesía el ser humano es susceptible de sufrir diversas distorsiones, excesos y averías musicales, y aquí es donde Sacks incorpora su experiencia como neurólogo y como escritor de “anécdotas clínicas” sobre las experiencias de sus pacientes (y la suya propia). Siguiendo la línea de sus anteriores trabajos, el autor relata un gran número de casos clínicos en los que describe diversas dolencias neurológicas relacionadas esta vez con la música.

Si bien no es la primera vez que Sacks habla sobre el fenómeno musical (ya lo había hecho en libros como Despertares, Con una sola pierna, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Un antropólogo en Marte), sí que estamos ante el primer libro que el autor dedica enteramente a los efectos de la música en el cerebro, y por tanto, en la vida.  En este sentido, el libro se enmarca claramente dentro de la corriente de estudios relacionados con neurociencia, psicología cognitiva y música que tanto interés están suscitando en los últimos años, sobre todo a raíz de los trabajos e investigaciones de gente como Sandra Trehub, Robert Zatorre, Isabelle Peretz, David Huron, Anthony Storr, Carol Krumhansl, Aniruddh Patel o Daniel J. Levitin (cuyo último libro, El cerebro y la música, se ha traducido recientemente al español). Gracias al trabajo de estos autores, un gran número de avances y descubrimientos en musicología cognitiva que quedaban confinados  en el laboratorio o en el mundo académico están siendo accesibles al gran público, que es ahora capaz de acceder y comprender el verdadero alcance de la música y su papel fundamental en nuestras mentes, vidas y sociedades (de ahí el éxito comercial de este tipo de publicaciones en la actualidad). En esta labor por democratizar las complejas relaciones entre música y cerebro, el libro de Sacks resulta verdaderamente ejemplar pues ofrece una visión unificada de este tipo de experiencias de fácil lectura y de modo coherente, permitiendo con ello su comprensión por parte del lector común, que verá enriquecida su aproximación o profundización en estos fenómenos con el humor, la erudición y la amplia cultura científica y humanista del autor.

A través de fenómenos como la amusia (o incapacidad para sentir la música), la imaginería musical excesiva e incontrolable, las alucinaciones musicales, las melodías pegadizas que se repiten incesantemente en nuestra cabeza, o los “trastornos de destreza” que afectan a los músicos profesionales, Sacks elabora un extenso análisis de la identidad humana y de cómo la música, en un mundo donde resulta prácticamente imposible escapar de ella, es un factor clave para la creación de esa identidad, ya sea de una manera patógena o como un agente sumamente positivo a la hora de tratar enfermedades como el Parkinson, el síndrome de Tourette, el síndrome de Williams, la demencia, la afasia, la amnesia o el autismo. Para Sacks, todos los pacientes de estas enfermedades y muchas otras podrían reaccionar de manera intensa y específica a la música (y en ocasiones a poco más), por lo que ésta se revela como algo especialmente poderoso y con un gran valor terapéutico.

Es importante detenernos en esta idea de la música como agente terapéutico. Como nos recuerda Sacks, si bien el poder de la música se conoce desde hace miles de años, la idea de una terapia musical formal no surge hasta finales de los años cuarenta, sobre todo en respuesta a la gran cantidad de soldados que regresaban de los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial con heridas en la cabeza y lesiones cerebrales traumáticas o lo que clínicamente se denomina ”fatiga de combate” o “neurosis de guerra” (el equivalente a lo que ahora denominaríamos “estrés postraumático”). En muchos de estos soldados se descubrió que su dolor y sufrimiento, e incluso algunas de sus reacciones físicas (velocidad del pulso, presión sanguínea, etc.) podían mejorar con la ayuda de la música. A partir de entonces, el empleo de música para el tratamiento de pacientes con enfermedades neurológicas  ha ido en aumento, logrando incluso institucionalizarse en diversos hospitales, universidades y asociaciones. Sacks relata cómo la terapia musical afecta  especialmente a pacientes con la enfermedad de Parkinson. Ésta se define como un “trastorno del movimiento” que, cuando es grave, afecta también al flujo de la percepción, el pensamiento y la sensibilidad. Los movimientos y percepciones de la gente con Parkinson a menudo son demasiado rápidos o demasiado lentos, aunque a veces ellos no se den cuenta. Pero si la música está presente, su tiempo y velocidad tienen prioridad sobre el parkinsonismo y permite a los pacientes que lo padecen regresar, mientras dura la música, a la velocidad de movimiento que les era natural antes de la enfermedad (p. 304).

También la terapia musical se revela como un “fármaco” enormemente útil para las personas que sufren la enfermedad de Alzheimer. La pérdida de ciertas formas de memoria es a menudo uno de los indicadores precoces del Alzheimer, y éste puede acabar produciendo una profunda amnesia. El papel terapéutico de la música en este caso es muy distinto del que juega en los pacientes parkinsonianos, por seguir con el ejemplo anterior. La música que ayuda a los pacientes con Parkinson posee un fuerte carácter rítmico, pero no tiene por qué resultar familiar o evocativa. El objetivo de la terapia musical en los individuos con Alzheimer es mucho más amplio que todo esto, pues su objetivo son las emociones, las capacidades cognitivas, los pensamientos y los recuerdos (es decir, el “yo” que sobrevive del paciente), a fin de estimularlos y llevarlos a un primer plano. De acuerdo con las investigaciones de Sacks y otros neurólogos, si bien este objetivo podría parecer demasiado complejo y casi imposible (sobre todo en pacientes con un Alzheimer avanzado), la terapia musical es posible porque la percepción musical, la sensibilidad, la emoción y la memoria musicales pueden sobrevivir mucho después de que otras formas de memoria hayan desaparecido. Una música adecuada puede servir para orientar y anclar a un paciente cuando casi nada más lo consigue. En este sentido, como señala Sacks, “Oír una música conocida actúa como una especie de mnemotecnia proustiana, suscitando emociones y asociaciones olvidadas desde hace mucho tiempo, lo que permite a los pacientes acceder a estados de ánimo y recuerdos, pensamientos y mundos que parecían haberse perdido del todo” (p. 412); estimular, aunque sólo sea durante el tiempo que dura la música, ese “yo” que sobrevive en alguna parte de sus cerebros.

Al margen de estos casos clínicos, que abundan a lo largo del libro, Sacks no olvida los efectos que la música produce en la gente corriente, explicando fenómenos que seguramente resultaran familiares a más de uno. Ahí está por ejemplo el caso de los llamados “gusanos auditivos” o “cerebrales”, esos fragmentos musicales que se repiten de forma incesante en nuestra cabeza y que se perpetúan durante horas o días, dando vueltas por nuestra mente antes de diluirse (p. 61). En muchas ocasiones, esto ocurre incluso con música que no es de nuestro gusto, música que consideramos irrelevante o trivial pero que se queda “grabada” en nuestro cerebro sin que sepamos muy bien por qué. Si lo pensamos en términos de la industria musical, ciertas melodías comerciales (de grupos de música, películas, programas de televisión, anuncios, etc.), están pensadas para “enganchar” al oyente, para ser “pegadizas”, es decir, para abrirse camino hacia el oído o la mente y moverse en su interior cual gusano.

Un fenómeno relacionado con el anterior y que observamos en mayor o menor medida en todos nosotros es el de la imaginación musical. Nuestro exclusivismo escópico, visual, ha hecho que cuando hablamos de imaginación nos refiramos únicamente a la imaginación visual y no a la musical. Pero la imaginación musical es tan rica y variada como la visual, como demuestra el hecho de que casi todos seamos capaces de imaginar, interpretar y canturrear melodías en nuestras cabezas. Esto es así porque no sólo escuchamos la música externa, la que oímos con los oídos, sino también la música interna, la que suena en nuestras cabezas. En el caso de los músicos profesionales la imaginación musical resulta tanto más evidente. Muchos compositores, de hecho, inicialmente no componen en un instrumento, sino mentalmente, con el instrumento (o instrumentos) de su imaginación. No existe ejemplo más extraordinario de ello que el de Beethoven, quien siguió componiendo años después de haberse quedado sordo. También en el caso de los intérpretes la imaginación musical resulta fundamental, pues repasar algunos pasajes mentalmente y “tocar” de manera imaginaria, virtual, puede ser tan eficaz como hacerlo de forma real. Pero, como decíamos antes, no hace falta ser compositor o intérprete para desarrollar las facultades de una vívida imaginación musical puesto que todos, en mayor o menor grado, tenemos música dentro de nuestras cabezas, y podemos imaginar, escuchar y (re)producirla mentalmente de diversas maneras. Como nos recuerda Sacks, si los Superseñores de la novela de Arthur C. Clarke se quedaron atónitos cuando aterrizaron en la Tierra y observaron la cantidad de tiempo y energía que dedica nuestra especie a crear y escuchar música, se habrían quedado estupefactos al comprender que, aún en ausencia de fuentes externas, todos tenemos música sonando sin parar dentro de nuestras cabezas (p. 60).

En definitiva, el libro de Sacks ofrece una vasta panorámica de las complejas relaciones entre la música y el cerebro, ya sea a través de casos clínicos, de anécdotas de músicos profesionales o de ejemplos extraídos de la vida cotidiana. La música está presente en numerosos aspectos de nuestra vida y forma parte de nosotros mismos: de ahí esa “musicofilia” inherente a la especie humana y que tanto intrigaba a los Superseñores de Clarke. El auge de las nuevas tecnologías ha hecho que la ubicuidad de la música sea cada vez más evidente ya que pocos son los espacios donde no está presente. Aunque su misma ubicuidad pueda llevarnos a trivializarla y a no darle toda la importancia que se merece, la música forma parte del ser humano y no existe ninguna cultura en la que no esté enormemente desarrollada y valorada. Asimismo, no hace falta tener estudios musicales ni ser una persona especialmente “musical” para disfrutar de la música o responder a ella en los niveles más profundos. Sin duda existen zonas específicas del cerebro que están al servicio de la inteligencia y la sensibilidad musicales pero se diría que las respuesta emocional a la música está muy extendida, de manera que incluso en una enfermedad como el Alzheimer la música aún puede percibirse, disfrutarse y provocar una respuesta. Para los pacientes de Alzheimer y de otro tipo de enfermedades la música no es un lujo sino una necesidad, y tiene un poder que está por encima de cualquier otra cosa para recuperarlos para sí mismos, y para los demás, al menos durante un tiempo. De ahí que Sacks insista en la necesidad de no trivializar la música, de que su creciente ubicuidad, el hecho de que podamos oírla en cualquier sitio y momento, no nos haga olvidar la suerte que tenemos al poder disfrutarla, sentirla y vivirla de forma natural.


Referencias

  • Jankélévitch, Vladimir (2005): La música y lo inefable. Barcelona. Alpha Decay.
  • Steiner, George (1998): Errata. El examen de una vida. Madrid. Siruela.
  • Trías, Eugenio (2007): El canto de las sirenas. Argumentos musicales. Barcelona. Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores.

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