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George Yúdice: Nuevas tecnologías, música y experiencia

Reseña de Israel V. Márquez

Gedisa: Barcelona, 2007, 106 pp.
ISBN: 978-84-9784-242-6


Un ensayo sobre nuevas tecnologías, música y experiencia no podía dejar de lado las reflexiones que sobre ésta última hiciera hace ya unos cuantos años el filósofo alemán Walter Benjamin. En sus consideraciones sobre la poesía en Baudelaire, la función de la obra de arte en la era de la reproducción técnica o en sus análisis de los cambios que implicaban la novela y la información modernas con respecto a la narración tradicional, Benjamin acertó al detectar la aparición de unas nuevas modalidades de experiencia que violentan y ponen en tela de juicio nuestros modos tradicionales de percepción y cognición. Para Benjamin, las relaciones sociales en el contexto de las ciudades modernas, impuestas por el desarrollo de las nuevas formas de producción capitalista, así como la aparición de las tecnologías al servicio de la comunicación y la información, someten necesariamente a “crisis” la experiencia. Por eso George Yúdice abre este ensayo sirviéndose de una amplia gama de conceptos benjaminianos referidos a la experiencia (sensorium, recepción distraída, inconsciente óptico, shock o efecto de choque, pérdida del aura o del valor cultual  -de culto- de la obra de arte, etcétera) que guiarán gran parte de su argumentación sobre la experiencia musical y el modo en que ésta se ha visto afectada en los últimos años por las innovaciones tecnológicas.

Una de las consecuencias de estas innovaciones es la creciente ubicuidad de la música: pocos son los espacios donde no está presente. Del cine a los iPods, del hilo musical de ascensores y centros comerciales a los chips sonoros en las tarjetas navideñas pasando por la siempre agradable música a la que nos someten mientras aguardamos que nos atiendan al teléfono, nuestro paisaje sonoro tecnológicamente mediado resuena cada vez más. Hoy más que nunca, la música nos acompaña en todo momento y conforma nuestras experiencias. Esos sonidos que nos bombardean se han insertado en nuestro hábitat natural convirtiéndose, como diría Marshall McLuhan, en una especie de prótesis o extensiones de nuestros cuerpos, pues los extienden para manejarse en el entorno.

Yúdice recupera un estudio etnográfico sobre el uso del walkman que reveló que los usuarios organizan y administran parte de su experiencia cotidiana mediante la selección y reproducción de música. La usamos para acompañar labores, deportes y ejercicio, alcanzar estados de ánimo, evocar u olvidar recuerdos y ,desde luego, para disfrutar de los sonidos que lo constituyen a uno como sujeto. Hoy el walkman ha sido sustituido por  reproductores de MP3 como el iPod, pero su función sigue siendo la misma, esto es, ser un dispositivo protético que proyecta y contorna el espacio personal del sujeto, permitiéndole llevar su propia "banda sonora" y haciendo del sujeto que la porta un nuevo tipo de flâneur, que no sólo mira las mercancías en los escaparates de la ciudad, sino que lleva su propio repertorio sonoro consigo.

Pero el que los usuarios del walkman o el iPod habiten una especie de universo propio consigo mismos y su “banda sonora” no quiere decir que no formen parte de redes de socialización vinculadas a la música. Para Yúdice, las mismas tecnologías que posibilitan este tipo de experiencia privada hacen posibles nuevas formas de interactividad, nuevas formas de fortalecer los lazos de afiliación y sociabilidad que conforman un nuevo tipo de experiencia colectiva. Fenómenos como You Tube o My Space son las muestras más visibles de esta dimensión social en un momento, el actual, en el que se produce, consume, comenta y comparte más música que nunca.

Para articular esta doble dimensión entre lo subjetivo y lo colectivo, el autor divide la experiencia musical en efectos sensoriales y efectos socio-afectivosLos primeros atienden a una concepción individual y psicológica del consumo de música y sirven a Yúdice para destacar la importancia de la sonoridad en el sensorium (conjunto de procesos de sensación, percepción e interpretación de información respecto del mundo). De este modo, el autor se opone a la prioridad de lo visual,  propia de toda una ideología implícita que ha jerarquizado nuestros sentidos otorgando un mayor valor epistemológico a la mirada. Reflejando y alimentando esta postura, lo sonoro ha sufrido una desatención académica que se convierte en flagrante al ser comparada con la bibliografía consagrada al estudio de la visión y de las imágenes como conocimiento. Este aspecto se ha visto cuestionado  en los últimos años, gracias a la gran cantidad de estudios musicales que han demostrado que la sonoridad es de igual o mayor importancia que la visualidad y que, en todo caso, los dos sentidos operan conjuntamente en nuestra relación con el entorno y en la configuración mental de la realidad. De ahí lo apto del término “audiovisual”, que haría justicia a la importancia de ambos sentidos para la experiencia.

Los segundos, los efectos socio-afectivos, atañen a lo social, rebasando la dimensión psicológica individual para atender a lo colectivo. Las nuevas tecnologías han cambiado la manera en que la música incide en la organización social y de la experiencia, desde los blogs hasta los chats, pasando por los portales y los sitios de socialización [social networking] como You Tube o My Space, esos nuevos espacios de “música paralela” son lugares de encuentro que conectan y crean redes de individuos. Se sitúan además fuera del ámbito de las majors lo que augura un cambio radical del modelo de negocio.

Para Yúdice, este cambio supone el paso del modelo empresarial o “modelo Music 1.0”, basado en una obsesión omnímoda por el lucro, al “modelo Music 2.0”, el cual entiende que la explosión de actividad en Internet, inclusive la descarga gratuita de música, como un fenómeno positivo. Si la gente intercambia archivos gratuitamente es simplemente porque les gusta la música y los artistas, porque disfrutan intercambiando y compartiendo sus experiencias, y no porque quieran causar daño. Son nocivos para los intereses económicos empresariales, pero en gran medida esto se debe a la falta de previsión de la industria musical, que no ha dado suficientes opciones a los usuarios para que se comporten de otra manera. Yúdice señala que el modelo Music 2.0 busca precisamente ofrecer esas opciones, al hacer partícipes y no meros consumidores a los usuarios, posibilitando otros modelos de negocio a los artistas. Unos modelos que reduzcan precios, que recurran a la sindicación como vehículo de promoción, marketing y distribución, y se diversifiquen a negocios no limitados a la venta o descarga de fonogramas. Ahí está el caso bien documentado por el autor del ex-Beatle Paul McCartney, que lanzó su último álbum, “Memory Almost Full” (2007), al margen de su antiguo sello EMI pues le pareció que las majors ya no entienden el mercado (“parecen dinosaurios discutiendo acerca del asteroide”), dando lugar a una de las innovaciones comerciales y de marketing gratuito más ingeniosas de los últimos tiempos.

Estas consideraciones llevan a Yúdice a hablar de una nueva ética surgida a raíz de las nuevas tecnologías y que vincula a la ética de los hackers, en especial al acceso libre a la información y a los insumos de la creatividad, que no se agotan, sino que generan más invenciones (software) y más capacidad de disfrute (o consumo, en el marco de las industrias culturales) de esas creaciones. Los antecedentes de esta nueva ética hay que buscarlos en las prácticas del “hazlo tú mismo” [do it yourself] y del “cortar y pegar” [cut ‘n paste] características del punk y de los movimientos artísticos previos que usaron el bricolaje y el collage como formas de composición, de cuyas prácticas dejó constancia el inglés Dick Hebdige en su importante obra Subculture: The Meaning of Style (1979).  Las nuevas tecnologías han facilitado este tipo de prácticas centradas en la descomposición, mezcla y recomposición musical, dando lugar a fenómenos como el sampling, los mashups (esas recombinaciones de elementos heterogéneos para crear algo completamente nuevo) y la música tracker (la cual se sintetiza en el ordenador con un secuenciador que permite añadir samples o muestreos digitales en listas de tiempos que se reparten en canales). Estas nuevas prácticas musicales buscan una amplia diseminación, por lo general en las redes de un sinnúmero de sitios de Internet, conformando esta nueva ética basada en la popularización y en la participación, evidente en el auge de sitios como You Tube o My Space.

Así pues, para Yúdice, las nuevas tecnologías y ese potencial expansivo en el disfrute/consumo de la cultura nos permiten liberarnos de la oferta limitada a que nos tenían condenados las industrias del entretenimiento para acceder libremente a aquellas músicas o sonidos que satisfacen nuestros deseos y/o necesidades. Esta interactividad sonora ha hecho posible desterrar a los árbitros del gusto, o “purificadores”, en beneficio de la enorme diversidad de temporalidades, espacios y sonoridades adonde Internet nos lleva y que configuran el actual fenómeno de la ubicuidad de la música en nuestras vidas, ya sea en su vertiente individual o colectiva.


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