El Musicar:
Un ritual en el Espacio Social*
Christopher Small
Me alegro mucho de tener el honor de ser invitado a dar una charla ante
este congreso. Tengo que pedir perdón por mi español muy
malo, y pido su paciencia. En todo caso espero hacerme entender, porque
lo que tengo que decir es sencillo y poco técnico.
Es probable que la mayoría de Ustedes ni siquiera conocen mi
nombre ni saben quien soy, y por esa razón se me ocurre que debería
contar algo de mí mismo y de mi historia antes de empezar con
mi razonamiento principal. Nací en Nueva Zelanda y fui licenciado
de universidad allí en zoología y geología antes
de empezar a estudiar la música. No lamento haber pasado por
lo menos cuatro años estudiando ciencias, ni lo considero tiempo
perdido. Todo lo contrario, lo que aprendí en esos años
ha sido de gran valor para mi pensamiento, como pueden averigar los
que lean mis dos libros.
Compuse algunas partituras para películas cortas; nada de espectacular
sino buen aprendizaje; y después un ballet, de hecho, el primer
ballet creado en Nueva Zelanda por Neozelandeses. Después de
eso, me dío el Gobierno de Nueva Zelanda una beca para estudiar
la composición en el extranjero, y fuí a Londres, donde
me involucré en la música de la vanguardia, especialmente
la que es asociada con los nombres de Boulez, Berio y Stockhausen.
No soy musicólogo, ni etnomusicólogo. En primer lugar,
no tengo formación profesional en ninguna de esas disciplinas,
y, en segundo lugar, no tengo ganas de limitarme así. Prefiero
pensar en mí solamente como músico que piensa en su arte.
Desde joven he creido que el don de la música es tan universal
como el don del habla, y que todo ser humano nació con ese don.
La vanguardia musical de esa época; los años cincuenta
y sesenta; pretendía que hacían un replanteamiento
radical de las bases de la música, y yo, cuando era profesor
de música en enseñanza secundaria y, después, en
la formación pedagógica, trataba de poner en práctica
lo que había aprendido, y de involucrar a mis alumnos en la cultura
de la vanguardia. En esos años también conocí la
nueva música popular de los años sesenta y después,
y el resultado de esta combinación fue un serie de artículos
en revistas de educación musical, unos programas experimentales
de enseñaza, y dos libros. El primero se llamaba Music, Society,
Education; Música, Sociedad, Educación;
que se publicó en 1.977, y el segundo fue Music of the Common
Tongue; Música de la Lengua Común; de
1.987.
En esos dos libros traté de llegar a entender cuál era
la naturaleza de la música y cuál su función en
la vida humana. Aunque el primer libro es el más apreciado;
acaba de reaparacer con una editorial universitaria norteamicana y ha
sido publicado en italiano y griego además de español; a mí me parece que Música de la Lengua Común
es el libro mio más importante. Empecé por pensar en la
fusión asombrosa de culturas con todas sus riquezas, que ha tenido
lugar en las Américas entre la cultura de Africa con los esclavos
y la de Europa, y llegé a la conclusión que la música
que ha salido de esta fusión es, por cualquier cálculo
razonable de la función de la música en la vida humana,
la música occidental más importante del Siglo XX.
Esta idea por supuesto no iba a gustar al establishment musical, y
yo sabía que iba a tener que defenderla muy cuidadosamente. Se
necesitaba tener muy claro lo que quería decir no sólo
la frase 'la música más importante' sino la frase 'por
cualquier cálculo razonable de la función de la música
en la vida humana'. Tendría que dejar totalmente claro lo que
pensaba sobre esos asuntos. Y eso iba a necesitar más que una
sencilla historia de la música Afro-Americana.
Llegué a una forma del libro que; pienso yo en todo
caso; logró hacer las dos cosas a la vez. Alterné
capítulos históricos con capítulos que contenían
discusiones más generales sobre la naturaleza y la función
de la música; por ejemplo, la relación entre la
música y el ritual, o la naturaleza de las culturas y cómo
puede ser que se unen, o la cuestión de valores, cómo
puede ser que una cultura musical sea valorada altamente y otra bajamente,
y quien se considera tener derecho a valorarlos así, o el efecto
de alfabetismo sobre la música, o la naturaleza de la improvisación
musical, o la decadencia de la música clásica en el Siglo
XX, o los efectos de la grabación de la música sobre una
cultura musical como la nuestra.
Durante los seis años que tardé en escribir el libro
llegué a varias conclusiones, y estoy de momento tratando de
organizarlas en un tercer libro, llamado, sencillamente, Musicking;
El Musicar. Está terminado, y quisiera compartir hoy con Ustedes
algunas de estas conclusiones. No pido disculpas por meterme en grandes
cuestiones que parecen haber vencido a algunas de los mejores mentes
del pensamiento europeo desde la época de Platón. Creo
que tengo algo que contribuir en la formulación de las cuestiones
e incluso quizás en respuestas.
En busca de estas respuestas he leido extensamente filosofía,
estética, historia, y sociología de la música,
y he tratado de entender a Kant y Hegel y Schopenhauer, y he leido a
Adorno, y Lukács y Meyer y Langer y Dahlhaus, y no he encontrado
mucha ayuda en ningún de ellos. En primer lugar, todos eran tan
complicados y tan abstractos. Para mí es difícil creer
que una actividad humana que es tan universal y tan concreta como la
música requiera explicaciones tan abstractas y tan complicadas.
Todo parecía apartado de mi propia experiencia musical, sea como
compositor, o como intérprete, o como oyente, o como enseñante,
y más apartado aún de la experiencia de la mayoría
de mis alumnos.
En segundo lugar, estos escritores, y otros parecidos, tratan más
o menos exclusivamente de lo que hoy podemos llamar la tradición
occidental de la música 'culta', o, más común,
la música clásica occidental, y aceptan sin preguntas
ni dudas los supuestos de esta tradición, sin demostrar ninguna
conciencia de si son solamente supuestos. Es poco común encontrar
en sus obras incluso un vistazo dado afuera hacia la experiencia de
otras culturas, ni siquiera las de tan cerca como las tradiciones populares
del occidente.
Y en tercer lugar, tengo un problema con su uso de la palabra 'música'.
Creo que la música no es cosa sino actividad, es algo que hace
la gente. La cosa aparente llamada música desaparece en el momento
que uno la mira un poco más cuidadosamente. Entonces, hacer la
pregunta '¿qué es la música?' es hacer una pregunta
que no tiene ningúna respuesta posible. Los eruditos de la música
occidental, por lo menos, parecen haber intuido que las cosas son así,
pero en lugar de dirigir su atención sobre la actividad que es
la música, han mantenido un proceso de elisión mediante
el cual la palabra 'música' se identifica con 'obras de música',
así que la pregunta '¿cuál es el significado de la
música?' se transforma en '¿cuál es el significado
de esta obra, o estas obras, de música?', la cual es mucho más
manejable, aunque no es la misma pregunta.
Así que mientras los eruditos no están de acuerdo entre
ellos sobre muchos asuntos, hay una cosa en la que están de acuerdo
casi total: es que la esencia de la música, y cualesquiera significados
que puede llevar, y cualquier función que puede cumplir en la
vida humana, se encuentran dentro de esas cosas llamadas obras musicales.
Eso, por supuesto, es sólo una parte de la filosofía
moderna del arte en general. Lo que es valorado no es la acción
del arte, la acción de crear, o de exhibir, o de percibir, o
de responder, sino el mismo objeto creado de arte. Cualquier significado
que tenga el arte se cree residir en el objeto de arte, siendo independiente
de lo que traiga al asunto el receptor. Sencillamente está ahí,
flotando por la historia, no tocado por el tiempo ni el cambio, esperando
al receptor ideal que lo capte. Walter Benjamin lo dijo en una frase
memorable: 'La suma realidad del arte es la obra aislada e independiente.'
La idea de que el significado del arte reside en objetos aislados e
independientes llega con varios corolarios. El primero es que la actuación
musical no tiene papel en el proceso creativo, siendo solamente el medio
por el que tiene que pasar la obra musical para alcanzar a su destino,
el oyente. Leemos poco en la literatura de la música sobre la
actuación musical, y casi nunca sobre cualesquiera significados
suyos que pueda tener aparte de la obra que se toca.
Oimos poco sobre intérpretes, y nada sobre ellos como creadores
de significado musical por derecho propio. Parece que pueden aclarar
o ocultar los significados de una obra pero no tienen nada que aportar
a los significados mismos. El compositor ya ha determinado esos significados
mucho antes de que el intérprete vea la partitura. Muchos compositores,
especialmente en el Siglo XX, han clamado contra las dichas libertades
que se toman los intérpretes; Stravinsky era especialmente
vehemente sobre este asunto.
El segundo corolario es que se piensa en una actuación musical
como systema de sentido único de communicación desde el
compositor hasta el oyente individual, por medio del intérprete.
La tarea del oyente es contemplar la obra tal como la ha presentado
el intérprete, tratar de entenderla y responder a ella, pero
no tiene ninguna contribución que hacer a su significado, que
es completo antes de que se toque. Leonard Meyer ha dicho hasta que,
y lo repito textualmente, en mi propia traducción: 'Es cierto
que el oyente tiene que responder a la obra de arte como deseaba el
compositor, y la respuesta del oyente tiene que parecerse a lo que previó
el compositor para él.' Esto sugiere también que la música
es un asunto individual, tomando lugar dentro de un vacío social.
La presencia de otros oyentes, en el mejor de los casos, no viene al
caso, y en el peor es una molestia para el placer del individuo en la
obra. Cada oyente, en otras palabras, está a solas con la música,
sentado callado y quieto en su asiento mientras dura la actuación.
Un tercer corolario es que cada obra musical es autónoma, es
decir, existe sin relación a ningún acontecimiento, ni
conjunto de creencias religiosas, sociales o políticas. Está
por encima de todos estos asuntos, y existe sólo para lo que
Emmanuel Kant llamó la 'contemplación desinteresada' de
sus calidades intrínsecas. Hasta una obra que empezó su
vida tan apasionamente vinculada a un conjunto de creencias como la
Pasión Según San Mateo de Johann Sebastian Bach, destinada
a las ceremonias del Viernes Santo en la Iglesia Luterana, hoy en día
está interpretada en salas de concierto como obra de arte en
sí misma, cuyas calidades y significadados se supone que dependen
solamente en sus calidades como música pura y que no tienen nada
que ver con las creencias que plasmó Bach en la obra. Mis amigos
musicales se burlan de mí cuando digo que apenas puedo soportar
escuchar la obra, porque poderosa y contundentamente plasma creencias
que para mí son profundamente antipáticas. Dicen, 'Sólo
escucha la música maravillosa'. Si, es música maravillosa,
no cabe duda, pero la pregunta '¿Maravillosa para qué?'
nunca se hace. Para otras culturas musicales, incluida la de nuestro
propio pasado, esta actitud les resultaría extraña. Y
es probable que el mismo Bach pensaría que quitaban importancia
a su gran obra.
Bueno, no tengo que decirle a un congreso de etnomusicólogos
que ninguna de estas ideas se parece mucho a la práctica de la
música como de hecho tiene lugar entre la mayoría de las
culturas humanas. La mayoría de los músicos del mundo
no hacen uso de partituras musicales o en todo caso las usan de manera
muy limitada. Sólo tocan y cantan, recurriendo a melodías
y ritmos recordados y a sus propios poderes de invención, siempre
dentro del orden de su tradición. Puede ser que incluso no haya
ninguna obra musical fija o estable, así que el músico
crea mientras actúa, y los oyentes, si hay algunos aparte de
los músicos, tienen un papel creativo que es importante y reconocido,
por la energía que devuelven a los músicos.
Pero incluso en una cultura totalmente alfabetizada como la tradición
occidental clásica de hoy, el concentrar la atención en
el significado de las obras de música y relegar la actuación
a categoría subordinada causa un malentendido de lo que de verdad
tiene lugar durante una actuación musical. Porque no es que la
actuación tiene lugar para presentar una obra musical, sino que
las obras musicales existen para dar a los músicos algo que tocar.
Sin embargo, los filósofos y los musicólogos, y a veces
hasta los compositores, que deberían saberlo mejor, meten las
cabezas en sus partituras, donde creen que reside la esencia de la música,
sin dar ni un vistazo hacia este mundo real donde la gente en realidad
hace música. Como Emmanuel Kant, sentado año tras año
en su estudio en Königsberg; me pregunto a veces que habría
pasado con su idea de 'la contemplación desinteresada' si hubiera
salido tan lejos como a la taberna más cercana. O como Johannes
Brahms, que rechazó una invitación a una representación
de Don Giovanni, diciendo que prefería quedarse en casa y leer
la partitura. Solo puedo imaginarme lo que hubiera dicho Mozart sobre
eso. Un bocado sabroso de escatología vienesa, es lo que apuesto
yo.
La naturaleza básica de la música no reside en objetos,
obras musicales, sino en la acción, en lo que hace la gente.
Sólo entiendo lo que hace la gente cuando toma parte en un acto
musical podemos empezar a comprender la naturaleza de la música
y su función en la vida humana. Pero, cualquiera que sea esa
función, cierto es que, primero, tomar parte en actos musicales
es central para nuestra humanidad misma, tan importante como tomar parte
en actos del habla.
Y segundo, estoy seguro de que todo ser humano normalmente dotado,
nace con el don de la música. Si es así, entonces nuestra
vida actual de conciertos, y no digamos ya la industria discográfica,
en la que la minoría talentosa tiene el poder de producir música
para la mayoría poco talentosa, se base sobre una falsedad. Significa
que nuestros poderes de hacer música para nosotros mismos han
sido apropriados, y que a la mayoría de la gente le han robado
la musicalidad que es suya por derecho de nacimiento, mientras unas
pocas estrellas, y sus cuidadores, se hacen ricos y famosos por vendernos
lo que nos han dado a entender que nos falta.
Una actuación musical es una cosa mucho más rica y más
compleja que lo que permiten quienes se concentran sólo en la
obra musical y en su efecto sobre un oyente individual. Si ampliamos
nuestra atención hasta el conjunto de relaciones que constituyen
una actuación vamos a ver que los significados primarios de la
música no son nada individuales sino sociales. Además,
estos significados no deben estar escindidos en algo que se llama una
sociología de la música, apartada de los sonidos y de
sus significados, porque son centrales para entender la actividad llamada
música.
En ese mundo real donde la gente en realidad toca y canta y escucha
la música, en salas de concierto y salones aburguesados y cuartos
de baño y en mítines políticos, y en supermercados
e iglesias, en tiendas de discos y templos, y prados y clubes noctrurnos,
discotecas y palacios, estadios y ascensores, es la actuación
que es central para la experiencia de la música. No hay música
aparte de la actuación, sea en vivo o grabada. No hace falta
ninguna obra de música; en muchas de las grandes culturas
musicales del mundo no hay tal cosa; y no hace falta oyente; por lo menos aparte de los mismos músicos. Pero no hay
música si nadie está actuando; tocando o cantando.
Y cuando hablo de actuar no sólo me refiero a un acontecimiento
público y formal. Me refiero a cualqier acontecimiento donde
alguien canta o toca, sea para sí mismo o para un pequeño
grupo de familia o amigos, o para un público de miles. Entonces,
me parece evidente que el punto para empezar a pensar sobre el significado
de la música no son las obras musicales sino la acción
de actuar.
Bueno, si algo es claro sobre el actuar es que es acción, es
algo que hace la gente. Se lo puede llamar un encuentro entre seres
humanos por medio de sonidos organizados no verbales. Todos los asistentes,
oyentes y músicos, estan tomando parte en el encuentro por las
relaciones que crean juntos entre ellos durante la actuación.
Mientras pensaba en esto, me dí cuenta de que, si la música
no es sino acción, entonces la palabra 'música' no debe
ser sustantivo sino verbo. El verbo 'musicar'. No sólo para expresar
la idea de actuar, tocar or cantar; ya tenemos palabras para
eso; sino expresar la idea de tomar parte en una actuación
musical. Si algunos han leido mi libro Music of the Common Tongue sabrán
que me he tomado la libertad de redefinir este verbo. En inglés
el verbo 'to music' ya tiene una existencia, aunque poco conocida, pero
significa solamente más o menos lo mismo que 'actuar' o 'interpretar',
y yo tengo ambiciones más grandes para este verbo. En español
no encuentro el verbo equivalente, 'musicar', en ningún diccionario,
y entonces tengo que pedir perdón por tomarme libertades de esta
manera con su idioma. En todo caso, les ofrezco ahora, el verbo 'musicar'
como aparece en el título de esta charla, como instrumento para
la interpretación de la acción, música, y de su
función en la vida humana.
La defino así. Es bastante sencillo. Musicar es tomar parte,
de cualquiera manera, en una actuación musical. Eso significa
no sólo tocar o cantar, sino también escuchar, proporcionar
material para tocar o cantar; lo que llamamos componer;
prepararse para actuar; practicar y ensayar; o cualqiera
otra actividad que pueda afectar la naturaleza de ese encuentro humano
que llamamos una actuación musical. Desde luego podemos incluir
el bailar, si alguien está bailando, y podemos incluso ampliar
el significado hasta incluir lo que hace la persona que recoge las entradas
a la puerta, o los 'roadies' que arman los instrumentos y chequean el
equipo de sonido, o incluso los limpiadores que limpian la sala después
de la actuación. Porque ellos; y ellas; también
estan contribuyendo a la naturaleza del acontecimiento que es una actuación
musical.
Se verá, pues, cuán util es este verbo. Ya tiene cierta
difusión en inglés, y espero que en español también
se mostrará útil.
Hay que entender una cosa. El significado del verbo incluye prestarle
atención de cualquiera manera a una actuación musical,
incluido una actuación grabada, incluso el muzak en un ascensor.
El verbo 'musicar', en otras palabras, no trata de valoración.
Es descriptivo, no preceptivo. Trata de toda participación en
una actuación musical, sea activa o pasiva, si nos gusta o no,
si la encontramos interesante o aburrida, constructiva o destructiva,
simpática o antipática. El término será
útil, a condición de que desactivemos nuestros juicios
de valor. He oido a gente entusiasta decir cosas como 'todo el mundo
debe musicar', o 'escuchar un Walkman no es musicar', pero tales usos,
que dan a entender juicios de valor, distorsionan su significado y debilitan
su utilidad como instrumento, y también nos devuelven a discusiones
vanas sobre qué es la música, o el musicar. Hay sitio
para juicios de valor, por supuesto, pero después.
Además de favorecer la idea útiles. Visto que no hace
distinción entre lo que hacen los músicos que tocan y
lo que hacen el resto de los asistentes, nos recuerda que el musicar
es una actividad en la que estan involucrados todos los asistentes,
y que todos los asistentes tienen responsibilidad en su naturaleza y
su calidad, en el éxito o fracaso del acontecimiento. No sólo
se trata de un compositor, o incluso intérprete, que activamente
hace algo algo para los oyentes pasivos. Cualquier cosa que haagamos,
lo hacemos juntos.
Es claro que lo que hacen los músicos no es lo mismo que lo
que hacen las limpiadores. Cuando deseamos distinguir entre sus actividades
tenemos palabras con las que podemos hacer eso. Pero cuando usamos la
palabra 'musicar', todas estas actividades se suman para totalizar un
solo acontecimiento, y que la naturaleza del acontecimiento está
afectada por las maneras cómo todos lo hacen, y tenemos un instrumento
para explorar los significados que genera el acontecimiento en su totalidad.
Tenemos en cuenta no sólo lo que hacen los músicos, y
no sólo la obra que se toca, o lo que ha hecho el compositor,
si hubiera uno. Empezamos a ver una actuación musical como un
encuentro entre seres humanos que tiene lugar por medio de sonidos organizados.
Como todo encuentro humano tiene lugar dentro de un entorno físico
y social, y tenemos que tener en cuenta esos entornos también
cuando preguntamos cuáles son los significados que genera una
actuación musical.
Siendo así, no basta preguntar, ¿cuál es la naturaleza,
o el significado, de esta obra de música? Hacer esto nos deja
atrapados en los supuestos de la tradición occidental clásica,
e incluso dentro de esos límites, tan estrechos cuando uno piensa
en el campo total de la música humana, dará respuestas
que son en el mejor caso parciales y contradictorias. Y cuando no hay
obra fijada o estable de música, como es el caso en muchas culturas,
ni siquiera podemos hacer la pregunta. Pero, cuando usamos el concepto
'musicar' como encuentro humano, entonces podemos hacer una pregunta
que es más amplia y más interesante, a saber: ¿Que
significación posee cuando esta actuación tiene lugar
en esta fecha y hora, en este lugar, con estos participantes? O, digámoslo
más simplemente, podemos preguntar a la actuación, cualquier
actuación a cualquier hora y fecha, en cualquier lugar, ¿qué
pasa de verdad aquí? Es en ese momento, y no antes, cuando podemos
permitirnos el lujo de hacer juicios de valor.
Entonces se plantea la pregunta ¿en qué consiste el significado
de este encuentro humano que es una actuación musical? La respuesta
que voy a proponer es ésta. El acto de musicar crea entre los
asistentes un conjunto de relaciones, y es en estas relaciones donde
se encuentra el significado del acto de musicar. Se encuentra no sólo
en las relaciones entre los sonidos organizados que generalmente creemos
ser lo esencial de la música, sino también en las relaciones
que se hacen entre persona y persona en el espacio de la actuación.
Esas relaciones a su vez significan unas relaciones en el mundo más
amplio fuera del espacio de la actuación, relaciones entre persona
y persona, entre individuo y sociedad, entre la humanidad y el mundo
natural e incluso el mundo sobrenatural, como las imaginan ser los que
toman parte en la actuación. Esos son asuntos importantes, quizás
los más importantes de la vida humana.
Quisiera que quede en claro lo que quiero decir. Quiero decir que cuando
musicamos, cuando tomamos parte en una actuación musical, sea
como músico, sea como oyente, las relaciones que creamos modelan
las del cosmos como creemos que son y que deben ser. No sólo
es que aprendemos sobre esas relaciones, sino que las experimentamos
en toda su hermosa complejidad. El musicar nos otorga los poderes para
experimentar la estructura de nuestro universo, y al experimentarla
aprendemos, no sólo intelectualmente sino en las profundidades
de nuestra vida, cuál es nuestro sitio dentro de él, y
cómo nos relacionamos, y debemos relacionarnos, con él.
Cada vez que tomamos parte en una actuación musical, exploramos
esas relaciones, las afirmamos, y las celebramos.
No hay nada de metafísico o de sobrenatural en este poceso,
nada de místico. Es parte de ese proceso natural y biológico
de dar y recibir información que vincula a todas las criaturas
vivas en una red immensa que llamó el gran antropólogo
inglés Gregory Bateson 'la pauta que relaciona'; 'the
pattern which connects.'
Toda criatura viva, desde las bacterias hasta seres humanos, hasta
los árboles secuoyas, tiene que poder dar y recibir información;
es una condición del estar vivo. Los medios de comunicación
son sumamente diversos. Puede ser un color o combinación de colores,
un bulto, una postura, una manera de moverse, una secreción química,
un sonido o pauta de sonidos. Pero siempre la información trata
de relaciones. ¿Cómo me relaciono con esta entidad?;
por ejemplo, ¿Es predador, o presa, o cría, o pareja potencial?
Y así ¿debo darme a la fuga, o comerla, o criarla, o apareame
con ella? Notamos que las respuestas a estas preguntas no son absolutas.
Lo que es predador para uno puede ser presa para otro; los términos
'predador' y 'presa' y los otros no significan calidades esenciales
sino calidades en relación con otros. O sobre el medio ambiente
inanimado también; ¿Se calienta, o enfría,
o se hace más salado o más seco? Esa información
sobre relaciones es esencial para toda criatura, y puede ser un asunto
de vida o muerte.
Hasta las criaturas más sencillas tienen alguna flexibilidad
en su manera de reaccionar a la información. Y cuando aumentamos
la escala de complejidad, los gestos y las posibilidades de respuesta
se hacen más diversos y más complejos. En los animales
más complejos la postura y el movimiento del cuerpo, la expresión
facial y calidad y entonación de voz proporcionan un repertorio
amplio de gestos y de respuestas. Esos gestos, sin embargo, todavía
tratan de relaciones, y en animales tan complejos y contradictorios
como los seres humanos, los gestos y las respuestas pueden ser complejos
y también contradictorios. Gestos desde mí hacia tí
pueden señalar, todo a la vez, que te quiero, y te odio, y te
temo, y quisiera matarte, pero pienso cuidarte. Tales complejidades
no son fuera de la común en el campo de las relaciones humanas.
Cualquiera que sea la forma que asumen los gestos de relaciones, tienen
en común una cosa. No dicen quienes o qué son las entidades
que están relacionando. Esas se dan por sentado. Así que
si yo hago un gesto que señala que domino, o me someto, a tí,
el 'yo' y el 'tí' no son señalados, y no pueden ser señalados.
Sólo la relación que nos une se señala. Se puede
decir que no hay sustantivos, o incluso pronombres, en el lenguaje de
comunicación biológica. No se puede decir 'él se
somete a ella', o 'ella le dominará.' Tampoco se puede tratar
de acontecimientos en el pasado o el futuro. El lenguaje de comunicación
biológica no puede tratar de entidades que no están presentes
ni con cosas que no están teniendo lugar aquí y ahora.
Por contraste, la comunicación verbal como se ha desarrollado
unicamente entre seres humanos, nos permite tratar con entidades que
están ausentes, y con acontecimientos en el pasado y el futuro,
con abstracciones y con los contextos en los que suceden. Pero, a diferencia
del lenguaje gestual, puede tratar con las cosas sólo una a la
vez.
Esto es tanto un punto fuerte como un punto débil. Punto fuerte
porque ha hecho posible esas capacidades analíticas, esa lógica
paso a paso, y esa capacidad de computar sobre las cosas, que nos ha
otorgado tal maestría como tenemos sobre el mundo material. Pero
es también un punto débil por el hecho de que las palabras
en general no han resultado tan adecuadas para tratar con las complejidades
de nuestras relaciones recíprocas y con el resto del cosmos.
Una cosa a la vez es demasiado lento y torpe para tratar con la naturaleza
múltiple y cambiante de las relaciones.
Así es que el lenguaje gestual sigue cumpliendo funciones en
la vida humana que no pueden realizar las palabras. Esas funciones estriban
específicamente en la exploración y la afirmación
de relaciones, y en esta función son tan precisas como son las
palabras en su campo. También hemos aprendido a jugar con este
lenguaje, de la misma manera que lo hacemos con palabras. Jugar es cambiar
del contexto de la communicación, sacarla desde el contexto de
la realidad cotidiana, para que podamos explorar sus consecuencias sin
tener que comprometernos con ellas.
Bajo las condiciones privilegiadas del juego, el gesto comunicativo
se libera de la situación inmediata, posiblemente de vida o muerte,
y adquiere una función que puede ser menos urgente pero no menos
importante, como modo de explorar y afirmar relaciones, no sólo
entre los seres humanos sino también entre los humanos y la pauta
más amplia del cosmos, la pauta que relaciona. Los gestos antiguos
se han elaborado durante los milenios de la raza humana en estas pautas
complejas de gesto que llamamos ritual.
El significado del ritual puede interpretarse de dos maneras a la vez.
Podemos llamarlas la sagrada y la secular. Ambas interpretaciones son
válidas. La interpretación secular es que tomar parte
en un ritual es explorar, afirmar y celebrar el concepto de los participantes
de las relaciones del mundo, o una porción de él, sea
esta porción física, social, política, religiosa
o algunas de éstas en conjunción. Los gestos de los ritualistas
crean relaciones entre ellos que modelan las relaciones del mundo real
como imaginan que son.
La interpretación sagrada es que tomar parte en un ritual es
hacer una representación dramática de un mito. Un mito
es una historia que cuenta cómo en cierto tiempo pasado las cosas
se llegaron a relacionar entre ellas como lo hacen, y entonces cuenta
cómo deben relacionarse en el presente. Su veracidad como historia
no importa nada; lo que importa es su funcionamiento como paradigma,
como modelo para hacer relaciones y para vivir y actuar en el mundo.
De cualquier manera que optemos interpretarlo, es posible decir que,
durante el tiempo concentrado y agudizado del ritual, se crean relaciones
entre los participantes que modelan las relaciones ejemplares de cuyo
origen cuenta el mito. De esta manera los participantes no sólo
aprenden acerca de las relaciones sino hasta las experimentan en acción.
Las exploran, las afirman y las celebran sin tener que articularlas
en palabras. Como hemos visto, las palabras en todo caso no son adecuadas
para la complejidad de las relaciones. En la frase memorable de Clifford
Geertz, 'en el ritual, el orden en el que vivimos se une con el orden
del que soñamos'; 'in ritual the lived-in order merges
with the dreamed-of order'.
El ritual, como sabemos, puede unir y orquestrar una amplia diversidad
de lo que hoy en día llamamos géneros artísticos:
habla, baile, vestuario, arquitectura, escultura, decoración
del cuerpo, disfraces y máscaras, gastronomía, y decorado,
y por supuesto el musicar. Puede incluir a la vez todas esas actividades
que llamamos las artes. Pero, creo que es mejor decirlo al revés.
No es que el ritual une todas las artes, sino que todas las actividades
que hoy llamamos las artes son en realidad unos fragmentos de la gran
arte interpretativa unitaria y universal que llamamos el ritual. Cada
una de las que llamamos las artes es una manera de usar el lenguaje
del gesto para explorar, afirmar y celebrar nuestros conceptos de la
manera en la que nos relacionamos, y debemos relacionarnos, con nosotros
mismos, con otros seres humanos, y con el mundo. Yo hasta afirmaría
que, últimamente, todo arte es arte interpretativo, es actuación.
Puede ser que tengamos lo que llamamos 'el arte' o 'las artes' sólo
cuando dejamos de tener en cuenta la función ritual de la actividad,
y cuando tratamos de divorciarla de su función ritual. Digo tratamos
de divorciarla porque creo que nunca podamos hacerlo. No importa cuán
secular o hasta frívola parezca, la función ritual del
arte siempre está presente para quienes saben percibirla. Todo
arte es arte en serio.
Notamos tambén que el modo en el que las artes surgen de, y
vuelven al ritual como acción, como actuación. En el ritual,
lo que se valora es el hacer, el llevar, el exhibir, el bailar, el musicar,
en una palabra el actuar, no los objetos mismos que son hechos, o llevados,
o exhibidos. Esas cosas tienen valor sólo en la medida en la
que sirven para el propósito ritual. Y pues vimos que lo que
hay que valorar en las artes es la acción, más que ningún
objeto creado. Y vimos, además, que si es verdad que cada criatura
viva es capaz, y tiene que ser capaz, de dar, y de responder a la información
sobre las relaciones, entonces, la capacidad de tomar parte en esas
actividades que llamamos las artes no está limitada a unas pocas
personas talentosas sino es parte de la herencia evolutiva de todos
los miembros de la raza humana.
¿Dónde se encuentra el musicar en todo esto? Es de esperar
que como fragmento del gran arte interpretativo que es el ritual, el
musicar cree una red compleja de relaciones que existe mientras dura
la actuación. En el centro de la red están las relaciones
que crean los músicos entre los sonidos. Alrededor, y alimentando
a, y alimentado por las relaciones sónicas, están las
relaciones entre los músicos, entre los músicos y los
oyentes, si hay algunos, entre los oyentes, así como con el compositor,
si hay alguno aparte de los músicos que tocan, y con cualesquiera
otras personas que estén presentes; o incluso con otras
de importancia que estén ausentes, los antepasados quizás,
o los que todavía no han nacido, o la deidad que es la personificación
de las relaciones ideales.
Es probable que en este momento Ustedes se estén preguntando,
¿cuáles son estas relaciones de que habla? Están
todas alrededor de nosotros cuandoquiera tomamos parte en una actuación
musical. Como ejemplo, pensemos un poco en las relaciones que se crean
cuando una orquestra sinfónica actúa en una sala de conciertos.
La sala misma, el espacio físico donde tiene lugar el acontecimiento,
es en primer lugar diseñada y construida sobre ciertos conceptos
de las relaciones humanas. Una vez construido, el edificio, como todo
edificio, tiene el poder de imponer esos conceptos de las relaciones
sobre lo que pasa adentro. Una escuela convencional, por ejemplo, con
sus aulas que parecen cajas conectadas por pasillos, con su gimnasio,
su salón, su sala de profesores, etc., está construida
sobre ciertos conceptos de lo que deben aprender los jóvenes
y también sobre conceptos de cómo deben aprenderlo, y
pone obstáculos a los que tienen ganas de cambiarlo. Hasta una
casa o piso de tres habitaciones está construido sobre ciertos
conceptos de la vida familiar, privacidad, y sexo. El espacio físico
crea el espacio social. En cuanto a la sala de conciertos, su tamaño
grande y su opulencia nos tiene mucho que decir de la importancia social
de lo que pasa aquí, mientras las filas de asientos, todos orientados
en la misma dirección, pone límites a los tipos de relación
que pueden crearse entre los miembros del público y también
entre el público y los músicos. Cada grupo tiene su propio
terreno y ninguno entra en el del otro. La forma del auditorio con su
escenario alto también permite que un grupo domine al otro, y
aisla todos que están adentro del mundo de su vida cotidiana.
Ahora podemos considerar las relaciones entre el público. Están
sentados, quietos y callados, durante la actuación, no se comunican
entre ellos de ninguna manera. Cada individuo está sólo
con los sonidos en medio de esta gran muchedumbre. Su relación
con los músicos es muy distante, visto que los músicos
y el público nunca se hablan y que entran en el edificio, y salen,
por puertas separadas. El borde del escenario forma una barrera tan
infranqueable como si fuese un muro de ladrillos. Los oyentes no pueden
afectar de ninguna manera el transcurso de la actuación, porque
hay otro conjunto de relaciones que dicta eso: las relaciones entre
los intérpretes y el compositor, quien, en todo caso, probablemente
está muerto. Esta relación está mediada por las
notas de la partitura, que forman un texto sagrado del que no se puede
cambiar ni una corchea. En cuanto a los músicos de la orquesta,
pueden relacionarse sólo por las notaciones que tienen delante
de ellos y por los gestos del director. Ni siquiera tienen la imagen
completa de la obra que tocan, sólo cada uno su propia parte,
y dependen del director para coordinar sus esfuerzos.
El director parece ser el centro de poder, el dictador si se quiere,
de la actuación. Todas las relaciones entre los músicos
pasan por él porque él es el único que tiene la
imagen completa de la obra que tocan. Pero incluso él no está
totalmente libre, porque lo que hace, se decide por la partitura del
compositor. Así es que los músicos dominan al público
y el director domina a los músicos. El compositor domina al director
y el patrocinador domina al compositor, incluso si, hoy en día,
el patrocinador es la faculdad de música de una universidad o
una burocracia de radio. ¿Y quién les domina a ellos? El
acontecimiento es un modelo de la manera en la que funcionan las relaciones
de poder en la sociedad contemporánea. La jerarquía no
tiene cumbre.
No ha sido siempre así. Aquí tienen un fragmento de una
carta que escibió el joven Mozart a su padre cuando tenía
veintiún años. Estaba en París, en julio de 1.778,
y la carta cuenta cómo su nueva sinfonía había
cautivado a los parisienses; quienes tenían fama de ser
difíciles de contentar. La sinfonía fue la que hoy llamamos
la Sinfonía París, en re, K297. Es mi propia traducción,
y si parece poco elegante la culpa es mía, no de Mozart; en todo
caso no se puede dudar su tono de alegría. Escribió:
"En la mitad del primer allegro había una parte que sabía
yo que iba a complacer. El público estaba transportado, y hubo
una salva enorme de aplausos. Pero, como sabía al escribirlo
que ése iba a ser el efecto, había introducido esa parte
una segunda vez hacia el final; cuando hubo gritos de 'Da capo!'.
El andante también encontró favor, pero especialmente
el último allegro. Visto que me había dado cuenta de que
aquí todos los primeros allegros, además de los últimos,
empiezan con todos los intrumentos tocando al unísono, empecé
yo con sólo dos violines para los ocho primeros compases, seguido
directamente por un forte. El público, como había esperado,
dijo 'chitón!' al principio blando, y cuando oyeron el forte
empezaron a dar palmadas. Estaba tan alegre que en cuanto terminó
la sinfonía fui al Palais Royal, donde tomé un helado
grande, recé el rosario como había jurado, y volví
a casa."
Es posible que Mozart hubiera encontrado un poco desalentadoras las
buenas formas calladas del público de hoy.
La costumbre de respuesta inmediata del público duró
hasta el Siglo XX. La historia del clamoroso estreno en París
en 1913 de La Consagración de la Primavera es bien conocida y
no hace falta contarla de nuevo, pero hay también en la novela
de E.M Forster Where Angels Fear to Tread; Donde los ángeles
temen pisar; una descripción muy divertida pero cariñosa
de una representación en una pequeña cuidad italiana de
Lucia di Lammermoor, en los primeros años de este siglo. Dice
que el público zumbada durante la representación como
una colmena de abejas contentas. Y entonces está el chiste antiguo
del tenor en un teatro de ópera italiana que cantó su
gran aria y el público le pidió una repetición,
y la repitió, y una vez más pidió una repetición,
y la repitió, y una vez más la pidió y él
les suplicó dejarle ir y seguir con la ópera, cuando gritó
una voz desde la galería 'Y vas a volver a hacerlo, chico, y
otra vez también, hasta que lo hagas debidamente!'
Relaciones distintas, de hecho, entre músicos y público!
Pero parece que el público moderno de la música clásica
está contento con las relaciones actuales, y yo nunca he oído
quejarse a nadie. Y el hecho mismo que no se quejan, que parece que
no tienen ganas de influir en el transcurso de la actuación,
puede señalar un estado de ánimo, que quizás es
no sólo estético sino político también,
en el sentido más general de la palabra.
También hay los sonidos mismos. No tengo tiempo para entrar
en consideración de los muchísimos sonidos, y relaciones
entre sonidos, en toda su complejidad, que componen una obra sinfónica.
En esencia son tanto racionales como a la vez dramáticas. Son
racionales en el sentido de que funcionan dentro del círculo
de quintas matemáticamente afinadas y de la escala universal
de la que no es posible escaparse, además de ritmos sencillos
racionalmente arreglados de tal manera que se puede anotar dividiendo
los valores por dos. Y son dramáticos en el sentido de que crean
en las mentes de los oyentes tensiones y relajaciones, conflictos y
resoluciones, sorpresas y paradojas, que últimamente se demuestran
racionales en su naturaleza tonal y harmónica. Interpretar una
obra sinfónica es representar una obra dramática que sube
hasta un clímax de tensión, seguido por una conclusión
final y decisiva, de una vez por todas. Podemos pensar en las relaciones
entre los sonidos como metáforas de relaciones humanas, y podemos
pensar también en la obra en su totalidad como drama mítico
del progreso de un alma humana por oposición, lucha y triunfo.
El hecho de que podemos usar tales palabras al hablar de la manera de
musicar la más prestigiosa del occidente sugiere que hay en esta
cultura una parcialidad cultural, que los filósofos desde Kant
hasta Langer no han tenido en cuenta.
El languaje en el que estos dramas mitológicos se expresan no
es el de las palabras, sino el lenguaje antiguo del gesto, de la comunicación
biológica, sumamente elaborado y refinado. Esto significa, como
hemos visto, que el protagonista del drama, la persona que está
luchando y venciendo,la que está relacionando, no está
indentificada ni tiene nombre ni ubicación. Eso a su vez significa
que el nivel de generalidad de los acontecimientos míticos y
paradigmáticos del conflicto es mucho más elevado que
en esa otra forma narrativa que es casi exactamente contemporánea
de la sinfonía, concretamente la novela, en la que los personajes
tienen nombres y ubicaciones muy específicos.
Pero no debemos dudarlo: tanto la novela como la sinfonía son
formas narrativas. Cuando escuchamos una interpretación de una
obra sinfónica, lo experimentamos, no como estructura ni como
forma significativa que contemplamos desinteresadamente, sino como una
secuencia dramática de acontecimientos en orden temporal en la
que nos involucramos, y hasta nos identificamos con protagonistas, de
la misma manera que lo hacemos al leer una novela o al mirar un obra
de teatro o una película. La estructura o la forma son conceptos
impuestos después, por críticos y eruditos, tal como cuando
hablan de la estructura o forma de una novela. Ni el lector medio de
una novela ni el oyente medio de una obra sinfónica tiene que
preocuparse por tales cosas. Ni, apuesto yo, lo hizo Mozart, como demuestra
la carta de la que acabo de leer un fragmento. El, como cualquier compositocapaz
que ha trabajado en el estilo sinfónico, pensaba en los acontecimientos
de su obra dramática como en una secuencia relacionada de tensiones
y relajaciones, y los ubicaba en el tiempo tan cuidosamente como un
novelista o dramaturgo o guionista de cine. Se lo juro; hablo de mi
propia experiencia. He trabajado en ambos medios y sé que es
verdad.
Tomar parte en la interpretación de una obra de música
sinfónica, como intérprete o como oyente, es experimentar
un caso especial de la narración ritual, en la que unos paradigmas
específicos de cambio y de desarrollo de relaciones se expresan.
Digo 'caso especial' porque no todas las maneras humanas de musicar
son dinámicas en esta manera, y muy pocas culturas musicales
propugnan ese concepto de cambio y desarrollo por oposición,
lucha y vencimiento que caracteriza las obras musicales de la tradición
sinfónica occidental. Esa tradición es de hecho una especie
de fenómeno entre las tradiciones musicales del mundo, y incluso
dentro de la historia de la tradicón occidental es relativamente
reciente, datando sólo de los principios del Siglo XVII. Sólo
por eso, estos filósofos y teóricos, y educadores musicales
también, que toman la tradición sinfónica occidental
como modelo de cómo debe ser todo el musicar humano, pueden encontrase
encallados en los bajíos de una pequeña laguna mientras
el gran océano del musicar humano se hincha inadvertido lejos
de ellos.
Tomar parte en una actuación musical es tomar parte en un ritual
cuyas relaciones reflejan, y nos permiten explorar y celebrar, las relaciones
de nuestro mundo como imaginamos que son y que deben ser. Si esta idea
tiene cualquier valor, entonces la idea corriente de la música
como algún tipo de código para la communicación,
o la expresión, o la representación, de las emociones,
o hasta, Dios mío! la representación de la morfología
de las emociónes, que es la frase que usa Suzanne Langer, emanando
de un compositor y destinada a cada oyente individual, simplemente no
es válida.
Ya he tratado demostrar que la actuación musical no es nada
neutral sino que está teñida de un conjunto rico de significados
en sí misma. Y además, para mí la idea de la música,
o del musicar, como comunicación de emociones no cuadra bien
con mi propia experiencia de la música. Si alguien puede decirme
cuáles son las emociones que se comunican cuando tocan la Sinfonía
nº 41 de Mozart, la llamada Júpiter, comeré mi copia
de la partitura. O, si quieren, cuál es la morfología
de las emociones que se representan cuando uno canta Rudolf the Rednosed
Reindeer, porque eso es musicar también y también hay
que explicarla.
Pero al mismo tiempo hay un problema con esta idea de las emociones.
No cabe duda de que las actuaciones musicales pueden despertar en nosotros
emociones, a veces muy fuertes, y este hecho sí necesita explicación.
Otra vez Gregory Bateson tiene una idea que puede ser útil. Sugiere
que las emociones no son estados de ánimo autonómos o
flotantes sino son modos por medio de los que nuestras computaciones; y esa es la palabra que usa; computaciones sobre relaciones
resuenan en nuestra conciencia. Si a todas las criaturas, desde las
amebas hasta los árboles secuoya, necesitan algun medio para
conseguir una respuesta a la pregunta ¿cómo estoy relacionado
con esta entidad?, entonces necesitan también algún medio
para representarse esta relación. Y, por lo menos, para estas
criaturas que han alcanzado la conciencia, la relación se representa
por el estado emocional que se despierta.
Así que cuando musicamos, no es cualquier contenido emocional
que resida dentro una obra de música; en la obra aislada
y independiente; que despierta nuestra respuesta. Nuestra respuesta
es a la actuación misma. Incluso tomar parte en varias interpretaciones
de la misma obra puede despertar buenos o malos sentimientos en distintas
ocasiones, y no sólo es cómo tocan los músicos,
bien o mal, lo que hace distintas las cosas; eso es sólo una
parte del asunto. Es cómo escuchan los oyentes, cómo bailan
los bailarines, cómo resuena el sitio y cómo resueno yo
mismo con mis con-musicantes (si Ustedes me permiten que destroce más
aún el español). Cuando las cosas cuajan debidamente,
sea cuando tocan ótros, sea en esas ocasiones poco comunes, pero
doblemente afortunadas, cuando toco yo, reconozco la fuente de esos
sentimientos de elación y alegría a tal punto que pueden
hacerme llorar. Es el conocimiento de que así es como es el mundo,
y así es como me relaciono yo con él. La emoción
que se despierta, de hecho, no es el motivo de la actuación sino
la señal de que la actuación funciona debidamente, la
señal de que para la duración de la actuación,
el orden en el que vivimos se ha unido con el orden en el que soñamos.
Sin embargo, no nos bastará cualquier actuación. Sólo
bastan actuaciones en las que nosotros, los participantes, podemos explorar,
afirmar y celebrar las relaciones de nuestro mundo. Eso significa que
los músicos tienen que explorar las relaciones de los sonidos
tan sutilmente, tan exhaustivamente, y de manera tan imaginativa como
son capaces, y también que los oyentes tienen que responder igualmente.
Nuestra participación emocional en la actuación, la medida
en la que nos conmueve, depende de la medida en la que nos sentimos
mientras dure la actuación, y forma parte de la pauta que relaciona
según la modelen las relaciones del acontecimiento. Una vez más,
no es que observamos estas relaciones desde afuera sino que estamos
involucrados activamente, cada uno de nosotros, en su creación
y en su mantenimiento.
La experiencia de musicar es mucho más rica y más compleja
de lo que nos permite la estética convencional occidental, ya
que al experimentar las relaciones de la actuación estamos experimentando
las relaciones del mundo más ancho, cómo imaginamos que
son y cómo imaginamos que deben ser.
La frase 'cómo imaginamos' es una modificación esencial,
ya que no todos perciben las relaciones del mundo de la misma manera.
Los miembros de grupos sociales distintos, como sabemos demasiado bien,
tienen distintas ideas sobre la naturaleza de la pauta que relaciona,
distintos conceptos de la manera en la que nos relacionamos y debemos
relacionarnos, unos con otros, y con el mundo, distintos sentidos, de
hecho, de quienes son. Es verdad incluso dentro de un estado-nación
individual; en esas diferencias consiste la política, y entonces
no es de extrañar que los miembros de distintos grupos sociales
dentro de esa sociedad musiquen en distintas maneras para crear conjuntos
de relaciones que modelen su ideal. Eso significa no sólo el
estilo de las relaciones sónicas que crean y escuchan sino también
la manera entera de arreglar sus actuaciones.
Y en consecuencia encontramos que dentro de una socieded compleja como
la nuestra, con muchos grupos sociales, hay no sólo una manera
de musicar, sino una multitud. Como es de esperar, hay muchos elementos
en commún entre estilos puramente musicales y también
entre los estilos de arreglar las actuaciones en su totalidad; los amantes
de la música clásica tienen más en común
con los de punk rock de lo que quieren creer, visto que todos los miembros
de un estado-nación tienen en común muchas experiencias
sociales y muchos supuestos sobre relaciones. Es eso lo que los hace
una sociedad en primer lugar.
Pero hay también muchas diferencias, a veces diferencias intencionadas,
cuando un grupo social se propone diferenciarse de otros, o afirmar
su resistencia a estar definido por otros grupos más poderosos.
Hasta hay antagonismos y oposiciones entre maneras de musicar, cuando
miembros de grupos opuestos usan su manera de musicar para explorar,
afirmar y celebrar sus sentidos opuestos de quienes son.
En toda actuación musical hay maneras correctas y maneras incorrectas
de comportarse, maneras correctas e incorrectas de vestirse, de hablar
uno a otro y de responder a los músicos y a su actuación.
Comportarse en un concierto de punk-rock en la manera en la que uno
se comporta en la sala de concierto sería buscar burlas o hasta
hostilidad; y viceversa, desde luego. En todo caso tenemos que
entender que los que toman parte en distintos tipos de actuación
musical están buscando distintos tipos de relaciones, y que no
debemos proyectar las relaciones ideales de un tipo de actuación
sobre otro tipo. Debemos juzgar cualquier actuación por su eficacia
en explorar, afirmar y celebrar esas relaciones que los que toman parte
consideran ideales. Sólo el mejor musicar de que todos que toman
parte son capaces va a hacer eso, y sólo los que toman parte
sabrán con seguridad cuales son esas relaciones ideales. Y creo
que el mejor musicar siempre lo hacen los que hacen lo mejor que pueden
con lo que tienen, por modesto que sea lo que pueden. Y cuando digo
'el mejor musicar', tenemos que tener en cuenta que hay muchas maneras
de musicar bien, y la destreza técnica que nuestra cultura tiene
en gran estima es sólo una de esas.
También, el significado de interpretar una obra musical específica
puede cambiarse a medida que pasa el tiempo. Por ejemplo, cuando fue
interpretado las primeras veces ese gran drama de la victoria de un
alma que llamamos la Quinta Sinfonía de Beethoven, esas interpretaciones
eran, como fue la intención, unos acontecimientos revolucionarios
poderosos cuyas relaciones sónicas formaban una metáfora
para la transformación de las relaciones sociales. A algunos
les entusiasmaron y a otros les dieron un susto padre. Hoy en día
tales interpretaciones no dan susto a nadie, y no pueden hacerlo. Al
contrario, el ritual de interpretar la obra hoy en día en una
sala de conciertos tranquiliza; dice que las relaciones de la sociedad
y del mundo son como han sido y que van a seguir así. Hagamos
lo que hagamos, no podemos devolver a la obra su vida revolucionaria.
Pertenece, si quieren, a los autoridades, ya no a los que quieren cambiar
la sociedad. Eso les puede parecer bien a Ustedes, y a mí también,
pero tenemos que entender lo qué le ha pasado a la obra, sin
esperar de ella ningún poderliberador. Si tenemos ganas de explorar
y afirmar esas relaciones sociales cambiadas que algunos llaman liberación; y no todo el mundo hace así; entonces tenemos
que encontrar, o crear, nuestros propios rituales, nuestras propias
maneras de musicar.
Debe haber una conexión entre la naturaleza de la obra musical
que se toca y se escucha y la naturaleza del acontecimiento que es la
actuación musical, y aunque la conexión puede ser flexible,
como vimos con el ejemplo de la Quinta Sinfonía de Beethoven,
no es infinitamente flexible. Ese gran drama de Beethoven apenas ha
cambiado sus sonidos durante los casi doscientos años de su carrera,
pero las relaciones del acontecimiento en el que se interpreta han cambiado
profundamente. La obra es una structura fuertísima que hasta
ahora ha podido soportar el peso de esas relaciones cambiadas, pero
no podemos suponer que va a seguir haciéndolo para siempre. Pronto
o tarde la conexión entre la naturaleza de la obra y los propósitos
rituales de la actuación van a romperse, y cuando pase eso, la
obra no tendrá más que un interés anticuario y
va a caer del repertorio. Ese momento puede estar más cerca de
lo que creemos.
De todos modos, lo que trato de decir es ésto: si tenemos ganas
de entender la naturaleza del musicar, entonces hay dos preguntas básicas
sobre una actuación. La primera es: ¿de quiénes son
las relaciones ideales, de quiénes es el concepto de la pauta
que relaciona, que se explora, se afirma y se celebra aqui? Y la segunda
es: ¿cuál es la naturaleza de esas relaciones y cómo
se representan en la actuación?
Y podemos hacer estas preguntas, no sólo a los que toman parte
en conciertos formales sino también a los que están en
cualquier situación musical: el hombre en el tren con su Walkman
sobre las orejas,; puede estar escuchando a cualquiera, desde
Ice Cube hasta Wagner, pero el gesto de la exclusión del mundo
es el mismo; o la limpiadora que canta mientras pasa la fregona
sobre el suelo, o la asemblea que canta canciones patrióticas
en un mítin político, o los antiguos amigos que cantan
canciones verdes en una fiesta de borrachos, o los fieles que cantan
himnos en una iglesia; o, si lo queremos, los que toman parte
en la danza adzida de Ghana, o los músicos y oyentes de un gamelan
de Java, o los que toman parte en cualquiera de los miles de tipos distintos
de musicar a través del mundo.
Cualquier intento de explicar el significado del musicar, y su función
en la vida humana, que por lo menos no trata de tomar en cuenta toda
manera de musicar, por extraña o hasta antipática que
pazca a nuestras percepciones, no vale el papel en el que se escribe.
No podemos aceptar cualquier teoría del musicar que supone que
alguna tradición es intrínsecamente mejor que otra. Todo
el musicar es en serio, sí, hasta cantar canciones verdes en
una fiesta de borrachos, y tenemos que juzgar cada acontecimiento musical
por su eficacia ritual, en la sutileza y la exhaustividad con las que
otorga los poderes de explorar, afirmar y celebrar sus conceptos de
relaciones. Dentro de cada tradición, cada estilo, va a haber
algunas actuaciones donde éstas se hacen bien y ótras
donde se hacen mal. Sólo los que se han molestado en meterse
en la cultura, lo que significa la comunidad, van a saber cuál
es cuál. Puede ser, sin embargo, que sintamos &emdash; y tenemos
el derecho de sentirlo &emdash; que hay maneras de musicar que concuerdan
bien con nuestros propios conceptos de relaciones ideales y que hay
ótras que no lo hacen. La elección de maneras de musicar
puede ser no consciente o intencionada, y de hecho probablemente no
lo será, pero es un asunto nunca trivial.
Puede ser que Ustedes hayan deducido que yo no encuentro que el musicar
como se practica hoy en día en las salas de concierto y en los
teatros de ópera occidentales, concuerde con mi propio sentimiento
de cómo debemos relacionarnos unos con otros y con el mundo.
Ustedes, por supuesto, tendrán sus propias opiniones sobre eso.
Sólo espero que lo que he dicho va a ayudarles a formular esas
preguntas que son los más provechosas para reflexionar sobre
el significado de la acción de musicar. Como solía decir
a mis estudiantes, no me importa si Ustedes no están de acuerdo
con mis repuestas. Lo importante es ver que hay preguntas que hacer.
Sitges 21.5.97
*Conferencia pronunciada en el III Congreso de la Sociedad Ibérica
de Etnomusicología, (Benicàssim, 25 de mayo de 1997).

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