Componentes simbólicos de la transregionalización
del tango.
Irma Ruiz
Esta ponencia no es resultado de una investigación etnomusicológica
sobre el tango, sino un brevísimo ensayo sobre este particular
género desde una perspectiva antropológico-musical. Me
siento mínimamente habilitada para ello por una confluencia de
factores. Por un lado, conservo la vivencia del tango en mi niñez,
en los años 40, como danza plenamente vigente -lapso calificado
como su época de oro-, y vigente pero en pugna con nuevos géneros
exógenos en mi adolescencia y juventud. Por otro, en un plano
analítico, esas vivencias vienen siendo revisadas por mí
desde que participé como etnomusicóloga en la investigación
sobre el tango que se desarrolló en el Instituto Nacional de
Musicología de la Argentina entre 1972 y 1975, cuyos resultados
se publicaron en 1980, en el vol. I de la Antología del Tango
Rioplatense, estudio que abarcó hasta 1920. Es decir, me instalo,
en esta ocasión, en un "nosotros" musical, ya que como
argentina nacida en Buenos Aires en 1938, pertenezco al grupo de los
actores sociales que vivieron el último apogeo y la posterior
decadencia del tango en la Argentina. Como etnomusicóloga, abordo
el tema en una instancia paralela al estudio antropológico-musical
de culturas indígenas de la Argentina y países cercanos,
que vengo desarrollando desde 1966. La finalidad es tratar algunas cuestiones
que quizá su mayor y mejor objetivo sea servir a los fines de
la discusión final sobre la temática convocante.
La historia del tango tiene ya algo más de cien años,
pero son sumamente escasos los trabajos que superan lo anecdótico.
Por su complejidad y por su recreación geográficamente
dispersa, son innumerables las lecturas que se pueden hacer de ese proceso
histórico. Es necesario, pues, acotar el tema a lo expuesto en
el título.
Los ejes sobre los que desarrollaré esta exposición son
fundamentalmente dos: 1) las percepciones endógena y exógena
del tango, cuyas diferencias intento explicar a partir de su historicidad
en la Argentina versus su ahistoricidad en el extranjero, y 2) algunos
de los componentes simbólicos en los que se sustenta la percepción
del tango -especialmente, aunque no exclusivamente-, en su transregionalización
o desterritorialización. Dos temas conexos servirán de
hilo conductor: la percepción extranjera del tango en su doble
dimensión de música "nacional" argentina y producto
exótico, y la relación exilio (de los argentinos)-tango.
Ambos se interpenetran y comparten una base sentimental/emocional y
afectiva que trataré de reseñar, introduciendo además
la hipótesis central y otros conceptos de Marta Savigliano, una
argentina cuya tesis de doctorado en los EEUU se acaba de publicar en
ese país bajo el título Tango and the Political Economy
of Passion.
La percepción del tango como música "nacional"
y su componente exótico.
Los argentinos sabemos que en el extranjero el tango es considerado
como nuestra música nacional, muy a pesar de los uruguayos, cuya
coparticipación en su gestación y desarrollo nos llevó
a los autores de la "Antología del Tango Rioplatense"
antes mencionada, a titularla de ese modo. Pero los estereotipos no
pueden adjudicarse a dos países sin negar su propia esencia.
Así, tango/Argentina, samba/Brasil, cumbia/Colombia, tarantela/Italia,
flamenco/España, entre otros, pese al rechazo que estos pares
generen en todas las zonas de esos países que no se sienten representadas,
son algunos ejemplos de danzas o géneros danzables populares
que tuvieron origen en una porción de esos países y fueron
proyectadas a la totalidad, a partir del concepto de nación-estado.
Pasaron así a constituirse en símbolos que, en principio,
satisfacen la necesidad de aprehender de modo facilista e ingenuo los
países del mundo, reduciendo su diversidad cultural a unos pocos
rasgos asibles, seleccionados y estimados representativos fundamentalmente
desde afuera, por múltiples razones que merecerían mayor
atención de la que recibirán en esta ocasión.
En el caso de la Argentina, el estereotipo se construyó básicamente
sobre una danza "ciudadana": el tango, y un tipo humano de
la zona rural adyacente: el gaucho, figura que hasta hace poco era ingenuamente
buscada en las calles de la cosmopolita Buenos Aires por turistas poco
informados.
Buenos Aires vivía una situación particular en 1880, cuando
fue instituida como Capital Federal y apenas comenzaba a gestarse el
tango. Desde entonces y por largo tiempo, fue una ciudad portuaria que
miraba hacia Europa, dándole las espaldas al resto del país.
La presión ejercida por los líderes políticos en
alianza con los intereses económicos británicos, dio lugar
a una intrincada relación urbana-rural en torno de la exportación
de carnes, situación que produjo como resultante una mezcla de
seres de variada extracción racial y social y de diversas formas
de vida, que dio surgimiento a nuevos tipos humanos muy ligados a los
orígenes del tango. Posteriormente, el tango y el prototipo del
gaucho se reunieron, anacrónicamente, en las performances
de esa danza fuera del país -especialmente en los EEUU-. Allí
el bailarín de tango debió adoptar la vestimenta del gaucho,
completamente inadecuada y ridícula, para satisfacer el estereotipo.
Incluso llevaba espuelas, un arma peligrosa para la integridad de las
piernas de su pareja. La famosa figura de Valentino en el film Los
cuatro jinetes del apocalipsis, de 1921, es la perfecta imagen de
ese anacronismo. Y así debieron vestirse también los músicos
de tango.
La percepción del tango como el símbolo dominante de la
Argentina en el exterior, lo consagró allí como la música
"nacional". En cambio dentro de la Argentina, esa calificación,
si nos propusiéramos constatarla, sería aceptada sólo
por un sector de los porteños -es decir, de nacidos en la ciudad
de Buenos Aires-, de unas cuatro o cinco generaciones atrás.
Y aunque ésta sea una ciudad populosa, es por lo menos cuestionable
adjudicarle a ese grupo de argentinos representatividad plena. En primer
lugar, el tango es una música porteña. Y este es un dato
nada desdeñable, pues debido al carácter fuertemente centralista
de Buenos Aires, todo lo porteño comporta un rechazo visceral
en la mayoría de los que no lo son. Pero incluso para miles de
jóvenes porteños de las últimas décadas,
el tango no fue ni es vivido como música nacional, por estar
enraizado en el pasado, tiempo histórico que no concita precisamente
el interés de la juventud. Un pasado, además, que sus
letras se empeñan en recordar con nostalgia, describiendo o aludiendo
a valores en gran parte perimidos, y brindando un retrato de espacios
vivenciales y relaciones humanas, si bien muchas veces de gran profundidad,
demasiado ajeno a las experiencias juveniles contemporáneas y
a la configuración actual de la ciudad. ¿Cómo podría
darse entonces la posibilidad de identificación? Al parecer,
fundamentalmente a través del exilio de los argentinos.
La relación exilio (de los argentinos)-tango.
Esta relación es un hecho notable. A pesar de todas los razonamientos
e interpretaciones antedichas, muchos de esos jóvenes -y no sólo
porteños-, que le negaron representatividad al tango en su país
y/o no hallaron interés en su música, cuando por cualquier
razón se exilian transitoria o definitivamente de la Argentina,
se aferran al tango como símbolo de identidad. Savigliano la
confirma cuando dice: "... es más que común para
cualquier argentino que vive en el extranjero, conectar la añoranza
y la nostalgia con el tango. Es un patrón recurrente, aun para
aquellos de nosotros que no nos consideramos conocedores o fanáticos
del tango, ser afectados por el síndrome del tango después
de estar privados por algún tiempo de nuestro "medio ambiente"
argentino" (Ibíd.:xiii). Esa relación añoranza/nostalgia-tango
no sorprende, si aceptamos una idea muy difundida, que también
incluye la autora: "la historia del tango es una historia de exilios"
(Ibíd.). Mi aceptación de la misma, sin embargo, excluye
la cuota de exilio de los negros, pues el aporte negro en el tango hasta
ahora no ha sido probado y en este libro se introduce de manera poco
convincente-. Pero sí comparto y hay pruebas, en cuanto al aporte
de los españoles e italianos inmigrantes, que en la época
de origen del tango poblaban los suburbios y barriadas de Buenos Aires.
Este costado de su historia explica en gran parte el componente nostálgico
y de añoranzas que le dio su impronta al tango, y que llevó
a Enrique Santos Discépolo, un famoso poeta del género,
a definirlo como "un sentimiento triste que se baila". Ligar
una danza a un sentimiento, sería una manera noble de entender
la atracción que ejerce sobre los extranjeros, si esa atracción
no estuviera tan ligada con una visión espuria: su exoticidad.
Pero en la actitud hacia el tango en el exilio, no se pueden ignorar
las presiones externas. A cualquier argentino que no oculte su nacionalidad,
el entorno, basándose en el estereotipo del que no escapan ni
los intelectuales en las universidades, le exige conocer sobre el tema
y hasta saber bailar el tango, lo cual entraña en aquellos que
hasta entonces no se interesaron por el género, un cierto sentimiento
de haber "traicionado" su nacionalidad. Es bastante razonable,
pues, que esta colisión dé por resultado una adhesión
al tango que sorprende hasta a los propios actores.
La "representatividad étnica" del tango en el exterior,
y por ende en el entorno del exilio, conduce a los argentinos a la apropiación
del símbolo, al que necesitan como medio inefable para preservar
su identidad. Fuera de su espacio geográfico y cultural, resemantizan
sus contenidos y viven el símbolo como lazo genuino con su pasado
histórico nacional. La idealización y resemantización
de los símbolos es diferente a la distancia; esos mismos símbolos
tiene otros significata en la vida diaria del país de
origen, porque ya no se trata de la historia individual del exiliado,
sino de la historia social, comunitaria, cuyo significado no se puede
forjar a voluntad.
Al respecto Savigliano, desde su propia experiencia, expresa: "El
tango es un símbolo fuerte de la identidad nacional argentina;
un representante patriarcal y hegemónico... que privilegia la
cultura popular de Buenos Aires sobre el resto de las provincias y el
papel protagónico de los hombres sobre el de las mujeres. Cuestiones
de clase, raciales y generacionales se entretejen con estos aspectos
para complicar más aún la legitimidad del tango para representar
a la Argentina como pueblo. Esta controversia sobre la representación
nacional no puede abordarse de la misma manera 'en casa' y 'afuera'...
El tango representa a un sector particular de los argentinos en casa,
pero asume representación nacional afuera" (Ibid.:4). Y
dentro de la confrontación colonizador-colonizado, afirma que
así como "el colonizador construye su identidad 'progresiva'...
sobre la base de esta confrontación con los Otros colonizados-exóticos...",
a éstos, la "propia distribución de la pasionalidad
les provee un locus de identidad" que lleva "a prácticas
de autoexotismo que se desarrollan conflictivamente como un medio de
adaptarse a, y a la vez de confrontar con, el neocolonialismo".
Pues "lo exótico... es a su vez exportado, en su nuevo envoltorio
colonizado... al Resto", incluido el país de origen..."
Y es "a través de estas complejas actividades de autoexotización...,
[que] las representaciones exóticas-exotizadas acaban convirtiéndose
en símbolos de identidad nacional. Tal es el caso del tango
argentino" (Ibíd.:2; el énfasis es mío).
En suma: desde la perspectiva externa, es decir, desde su residencia
en el exterior, el tango adquiere "representatividad étnica"
para los argentinos, por la provisión de ese Componentes simbólicos
de la transregionalización del tango.
Historicidad del tango en la Argentina versus ahistoricidad del
tango en el extranjero.
Considero que las diferentes percepciones del tango en su país
de origen y fuera de él tienen mucho que ver con su historicidad
y su ahistoricidad, respectivamente, lo cual no se contrapone con, ni
niega el manejo imperialista de exotización de las culturas de
la periferia -que describe muy bien Savigliano-, sino que se complementa.
Para que un género musical popular, y especialmente una danza,
tenga fuerza y vitalidad en un país, necesita que una fuerte
mayoría de los jóvenes la impulsen, la usufructúen
y la sientan suya de alguna manera. Si no se genera ese sentimiento
por el tango en la Argentina, es por el peso de su historia -como quedó
expresado-; de allí su decadencia. Los brotes discontinuos que
surgen periódicamente y que se canalizan en las academias de
danza, han sido insuficientes para su revitalización. Y los que
se producen en circuitos underground se basan en el mismo rasgo
que le otorga existencia en su transregionalización o desterritorialización:
su exoticidad.
Que prime -siguiendo a Victor Turner-, el polo sensorial en la simbolización
del tango en su transregionalización, es comprensible, pues la
ausencia del polo ideológico, sustentado en normas y valores
compartidos de una sociedad, no es carencia, sino consecuencia de su
ahistoricidad en esas sociedades. Los cultores extranjeros del tango
componen un grupo que no tiene porqué compartir valores y normas
sociales ajenas. Pero que ese mismo polo prime en la sociedad que le
dio origen, deja en descubierto la falta de sustento sociocultural del
tango en la Argentina de hoy. La perseverancia de algunos conductores
de programas de radio y televisión para insistir en el carácter
nacional del tango en la Argentina, es vista por la mayoría como
un angustioso y nostálgico llamado a preservar un pasado que
los propios textos literarios del tango -algunos bellísimos y
de alto valor poético-, no consiguen redimir ni actualizar.
Es mucho más fácil y menos comprometido socialmente, por
cierto, basar la atracción por una danza en una lejana historia
asentada en burdeles. Un danza, además, lejana geográfica
y socialmente. También lo es asirse a esa visión antigua,
sea como observadores de diestros bailarines de escenarios for export,
producto de la promoción del autoexotismo, o como activos bailarines
de un producto ajeno a sus vivencias. Pero esa persistente, obcecada
y cristalizada visión del tango como danza lasciva, lujuriosa
y machista es muy distante de la realidad actual, y aun de la realidad
de la danza socializada de los años 40 y 50.
Si bien en esas décadas no era una danza más, sino una
danza vital primero y controvertida después, tanto por su fuerza
expresiva como por la dificultad de bailarla y por la puja tradición/innovación,
para los jóvenes de clase media de entonces no era lasciva, ni
lujuriosa, ni machista. Era sí una danza erótica, en cuanto
de ejercicio erótico pueda haber en una confrontación
de fuerzas de una pareja heterosexual, dirimiendo habilidades para "marcar"
(el hombre) y responder (la mujer), buscando resolver positivamente
una buena performance; fuertemente abrazada en público
-legitimando así una proximidad de sus cuerpos que les estaba
permitida sólo en la intimidad-; conmovida y consustanciada con
la música de esa danza que exigía silencio y concentración
para adecuar sus movimientos a los requerimientos musicales; comunicándose
y desafiándose en cuerpo y espíritu durante su ejecución.
Tal mi descripción vivencial del tango.
Es por todo ello que el tema de la historicidad versus la ahistoricidad
del tango me parece relevante, ya que marca notorias diferencias perceptivas.
Para el joven -y no tan joven- argentino, la pertenencia del tango a
una etapa histórica superada está ratificada por sus performances
con fines artísticos. Así lo demuestra la indumentaria
de los bailarines: los tacones altos y afinados de las mujeres, el uso
riguroso y necesario, a los fines coreográficos, de faldas -cuando
hoy en día un alto porcentaje de mujeres jóvenes usan
pantalones-, y el hombre trajeado, con corbata y con sus cabellos cortos
y alisados artificialmente. Esa imagen que el tango cultiva a partir
del tráfico de influencias externas/internas, es idealizada por
su exoticidad afuera, pero la rechaza el devenir histórico de
la Argentina. Las imágenes estereotipadas son siempre cristalizaciones
que remiten a un momento histórico en particular, pues una de
las características del esterotipo es la estaticidad. Pero la
realidad histórico-sociocultural no la acepta, pues se contradice
con la condición dinámica de la cultura. Los elementos
que desde adentro se viven como decadentes, refuerzan desde afuera la
imaginación de un país exótico al que no se quiere
pertenecer, pero con el que se quiere compartir una experiencia efímera,
inédita y particular de vida.
En otras palabras: en su ahistoricidad, el atractivo externo por el
tango como danza se sustenta en una visualización de una tensión
entre los sexos, una puja entre el hombre que quiere ejercer poder sobre
la mujer y la mujer que, alternativamente, responde en forma altiva
o sumisa a esa presión, dejando esa tensión irresuelta
flotando en el ambiente. Nostalgias, protestas y reivindicaciones impresas
en la lírica del tango, han sido y son virtualmente inaccesibles
para el extranjero, sea por incomprensión lingüística
o por las vallas que imponen los códigos culturales, aún
dentro de la misma lengua. Pero todo esto se revierte en su contexto
original, porque ya no se trata del otro exótico brindando una
visión erótica de un juego coreográfico-sexual
atractivo, sino de la posibilidad de ser yo y mi pareja, tratando de
expresar un lenguaje corporal-gestual de otra época. Los textos
literarios tienen significación para mí y son ajenos a
mi lenguaje generacional. Allí reside la diferencia.
Ernesto Sabato -importante escritor argentino- dijo que el tango es
"el producto cultural más auténtico del país
de los argentinos". Auténtico en su ámbito originario,
exótico en el imaginario de sus dispersos cultores transregionales,
son calificativos que remiten también al par historicidad/ahistoricidad.
El tango como símbolo y los símbolos en el tango.
El carácter simbológico del tango se sustenta a su vez
en símbolos. Es decir -recurriendo nuevamente a Turner-, el tango
es un símbolo dominante, y como tal, tiene por característica
sustancial la de condensación, pues unifica varias y diferentes
significata. Y como dice Geertz, aunque desde otra postura: "...
las significaciones sólo pueden 'almacenarse' en símbolos..."
(1989:118).
Pero el tango como símbolo dominante, forma parte de ciertos
ritos, sus performances, que tienen a su vez símbolos
instrumentales que Turner define "como los medios para lograr metas
explícitas" (1973:30). Y aquí cabe mencionar, por
un lado, el componente exótico de la percepción extranjera,
que los espectáculos argentinos en el exterior se encargan de
enfatizar porque les va en ello su propia existencia y permanencia.
Es decir, cultivan y venden el autoexotismo. Por otro, y valga la redundancia
del carácter instrumental con un instrumento musical, el bandoneón,
cuyo origen alemán fue subsumido por la "reinvención"
del mismo en un contexto ajeno, en el que su idoneidad para expresar
melódicamente la nostalgia del tango y propiciar la conjunción
de la pareja en la fuerte caracterización rítmica de la
danza, lo constituyó en un medio inefable para su consagración.
Como testigo de la época en que comenzó a perder vigencia
el tango como danza, que es el perfil que le dio nacimiento y que lo
mantiene vivo fuera de la Argentina, debo mencionar también un
componente pragmático en su contra, ajeno a las simbolizaciones:
la dificultad de lucimiento del grueso de los jóvenes participantes
en los bailes, e incluso la dificultad de ponerlo simplemente en práctica.
Bailar bien el tango -cuando éste era una danza con cierta vigencia-,
era un desafío del que sólo salían airosos aquellos
especialmente dotados. Para la mayoría significaba un esfuerzo
difícil de superar, porque además faltaban los incentivos
para superarlo. De allí la aparición temprana del llamado
"tango liso" -un tango sin cortes y quebradas- y la posterior
renuencia de los jóvenes a perseverar para alcanzar el éxito,
en especial los varones, en quienes recaía la conducción
de la danza. Si a ello le sumamos el cambio sustancial que significó
la aparición del rock'n roll, con el alejamiento contundente
de la pareja, el hálito de renovación y el prestigio de
lo importado del primer mundo, la conclusión de la historia de
esos tiempos se adivina con suma facilidad.
A modo de colofón.
Resta considerar una contracara del tango-danza que constituye un capítulo
aparte: el tango instrumental, una de cuyas manifestaciones ha sido
el éxito de Astor Piazzolla en el exterior. Su música
innovadora fue estigmatizada por un amplio sector de los porteños
por su ajenidad al prototipo original, pero esa misma ajenidad, reivindica
la visión espuria antes mencionada. Aunque también pueda
estar contaminada de un sabor exótico en su percepción,
esta adhesión -¿quizá promovida por las rupturas
intrigantes de síncopas y silencios?-, demuestra que ya no sólo
la danza sino la música tiene valores apreciables. Se puede interpretar
que en esa adhesión el bandoneón de Piazzolla impuso su
fuerte simbolismo, pero es probable también que haya provisto
la fuerza y la emoción que el sabor amargo de los eternos exilios
imprimieron desde siempre al tango, a los que debe sumarse el periódico
exilio del propio Piazzolla.
Lo expuesto hasta aquí no es más que una lectura objetiva/subjetiva,
o intelectual/vivencial de algunos puntos de la compleja problemática
del tango, y en esa misma tónica concluyo con la siguiente reflexión.
Si bien el tango parece carecer de condiciones históricas como
para ser aceptado como danza por las generaciones actuales, su permanencia
accidentada -pero permanencia, al fin-, y sus periódicos resurgimientos
de diversa intensidad durante un siglo, autorizan a inferir que debe
tener condiciones para merecer un reconocimiento argentino más
amplio. Aunque este proceso no se ha operado aún, es posible
que las distancias históricas serenen los ánimos y permitan
una lectura "indulgente" del arraigo al pasado que estigmatizó
al tango en su país. Esto y la necesidad de identidad nacional
que, a su pesar, incentiva el proceso de globalización, podrían
confluir en su revalorización en un plazo no demasiado lejano,
pues ya hay indicios de ello, lo que constituiría una verdadera
revolución en un país como la Argentina, que ha negado
sistemáticamente su historia y sus tradiciones.
Termino este bosquejo, consciente -como creo que siempre lo estamos
los etnomusicólogos- de que ningún discurso reemplaza
la vivencia de las músicas que estudiamos; en este caso, la de
bailar, o ver bailar, o escuchar, o tocar un tango. Y aunque estemos
formados y entrenados para salvar distancias, la que existe entre instalarse
en el "nosotros" musical y el "otro" musical, especialmente
cuando ese "nosotros" no es meramente enunciativo sino que
incluye vivencias de nuestra juventud, es una distancia considerable.
BIBLIOGRAFIA CITADA
- Ceñal, Néstor; Cuello, Inés; Novati, Jorge;
Ruiz, Irma. 1980. Antología del Tango Rioplatense. Desde
sus comienzos hasta 1920. vol. I. Buenos Aires: Instituto Nacional
de Musicología "Carlos Vega".
- Geertz, Clifford. 1989. La interpretación de las
culturas. Barcelona, España: Gedisa.
- Grenier, Line y Jocelyne Guilbault. 1990. "Authority"
Revisited: The "Other" in Anthropology and Popular Music
Studies", ETHOMUSICOLOGY, 34 (3):381-397.
- Turner, Victor. 1973. Simbolismo y ritual. Lima: Pontificia
Universidad Católica del Perú, Dpto. de Ciencias Sociales.
- Savigliano, Marta E. 1995. Tango and the Political Economy
of Passion. Boulder-San Francisco-Oxford: Westview Press.
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